Hoy es el octavo domingo consecutivo, según mis cálculos, de este fin de año y me siento perdida. No hay clases, no hay karate, no hay radio. Aunque sí sigue habiendo ropa qué lavar y comidas qué hacer. La vida tiene una manera de seguir, aún en medio del más profundo de los descansos. Eso es bueno cuando hay una pérdida porque nos hace salirnos del encierro. Pero, en ocasiones como ésta, la rutina sólo me recuerda que este estado beatífico de mañanas tardías y días lentos, es temporal.
Perder el tiempo es un pecado en contra de nuestra existencia misma. No hay nada que lo recupere. Pero descansar… Me cuesta separarlos. No he aprendido bien a darme un momento de no hacer nada.
Todos necesitamos este tipo de disrupciones voluntarias. Porque la vida tiene unas maneras muy particulares de obligarnos a parar. Prefiero sentirme haragana a enferma. Y me gusta cocinar, aún en este enésimo domingo consecutivo.
