En cuestión de modas, a las mujeres nos suele llevar la trampa. Es muy rara la chava promedio en la calle que parece modelo de pasarela. Muy rara. Y, ni de pasarela, ni de vallas, ni de revistas… O sea, es como las hojuelas de las portadas de los cereales, que resulta que escogen de entre 100 cajas. Obvio que no van a poner en la foto el pozolito que queda al final de la bolsa, ese que rápido se hace una masa con la leche. Entonces, una llega a la tienda, ve la blusa llena de vuelitos que a la tipa de la vitrina se le ve preciosa, se la compra ilusionada porque le quedó y ¡zas! Que parece piñata con flequitos.
Nuestras peores compras siempre suelen ser las que hacemos cuando nos dejamos convencer que somos alguien diferente. Y no necesariamente las pagamos con dinero. Les damos nuestra forma de ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos. Sin ánimo de victimizar, pero a las mujeres en especial se les encasilla en roles estrechos y dificilísimos. Termina uno teniendo que ser una especie de súper Martha Stewart, con niños perfectos, maridos complacidos, carreras exitosas y cuerpos sin grasa y con curvas. ¡Joder! (Ah sí, eso también, porque ahora hay que cojer como si fuera uno porn.star.)
Compramos nuestra cosmovisión con nuestras ilusiones y la pagamos con esfuerzo, trabajo y entrega. Si lo que obtenemos a cambio es una vida satisfactoria, que nos llena según nuestras propias expectativas, que nos permite crecer dentro de nuestra realidad y que nos da agencia sobre nuestro propio futuro, la adquisición es excelente. Pero si sólo nos dan más traumas, complejos y sentimientos de inferioridad, ¿para qué la queremos?
Eso de tragarme que no puedo ser una mujer adulta seria con tatuajes ya me lo quité hace ocho (o nueve). Que tengo que estar arreglada de salón porque qué facha, sobre todo a mi edad, me lo tomo con un par de Keds. Que tengo que gastarme una fortuna en comprarme lo último de una moda que probablemente no me quede bien, ya lo superé desde hace ratos. Las cosas materiales son fáciles de identificar. Los complejos, esos que me susurran que estoy gorda, que las arrugas ya me están quitando lo bonito, que estoy metiendo la pata con los niños, ésos son perniciosos. Tengo qué escoger cuáles son menos caros. Y recordarme de no comprar esa cochina blusa con vuelos en el escote.
