Hace 15/20 años, yo tenía una obsesión con Stephen King. Dejé pocos libros de él sin leer. Novelas, cuentos, ensayos, lo que fuera. Me parece que es uno de los mejores narradores de nuestra literatura moderna. No he leído a otro que mueva la acción de la misma forma. Su capacidad de describir situaciones completamente fantásticas y que el lector sienta que está allí, matando vampiros, huyendo de fantasmas, cazando payasos asesinos, es formidable. Yo lograba sumergirme por completo en los horrores que describía y pocas veces me pareció que era mucha la sangre o el terror.
Hasta ahora. Hace dos años leí dos de sus nuevas novelas y, a pesar de no ser de «miedo» como tal, el tono pesado y agobiante me dejaron perturbada. Me parecieron igual de bien escritos que antes, mejores si es posible, pero me costó sacudirme la angustia que me hicieron sentir. Ahora, por macha, cuando me pidieron que recomendara el libro de octubre para el programa (La Ciudad de los Libros), propuse «It» sin titubear. Arrepentida estoy. Esa vaina me va a reiterar que no hay payaso bueno, que la infancia está llena de terrores y que mejor si duermo con la luz encendida.
El libro sigue encantándome. Es fantástico, está escrito magistralmente, los personajes son accesibles y uno se involucra emocionalmente. Y ese es el problema.
Hace 20 años, yo necesitaba escaparme de mi realidad y algo así de fascinante como las historias de King eran el túnel perfecto por dónde huir. Mientras más perturbadora la existencia alterna, mejor. Porque me daba un poco de comparación favorable a lo que me tocaba hacer todos los días, tal vez.
Ahora, mi vida es diferente. No necesito irme a otro lado para estar feliz. Y todo comenzó cuando aprendí a estar feliz conmigo misma. Mi realidad interior está lo suficientemente bien como para no querer cambiarla por una ficticia y menos por una ideada por don Stephen.
Pero ni modo. Ahora tengo que terminar el mentado libro. Ya sé cómo termina y aún así me está estresando. Creo que hoy duermo con una linterna.
