Todos anhelamos cosas que no poseemos en este preciso instante: un pedazo de pastel, un viaje futuro, un par de zapatos. No todo lo que queremos tener es beneficioso, pero el impulso por obtener lo que se desea es bueno, nos hace levantarnos. Y tampoco es malo movernos por tener cosas materiales, al fin y al cabo, es mejor estar vestido, comido y techado, que no estarlo. Sin embargo, conforme voy avanzando en el calendario, he dejado de querer cosas tangibles y me encuentro necesitando más de todo eso que no se puede medir.
No se me ha vuelto más fácil la vida por eso. Al contrario. El querer un carro específico y obtenerlo es muy sencillo de cuantificar: lo busqué, lo encontré, lo obtuve. Ponerle sustancia a las cosas que uno ambiciona es la forma más clara de saber si uno tiene éxito. El problema viene cuando lo que uno quiere es real, pero abstracto. Yo quiero criar a mis hijos de manera que tengan las herramientas para tomar buenas decisiones. Quiero hacer una diferencia en las personas a mi alrededor. Quiero cultivar mis amistades y rodearme de gente que me haga ser mejor. Quiero descubrir y desarrollar más talentos.
Mi vida sería mucho más tranquila si lo único que deseara fueran cosas. Y no es que no me hagan ilusión un buen par de pantalones nuevos. Es que eso ya no es lo que me mueve.
