Tengo el impulso de regresar a ver las mismas series que me han gustado. Las películas que me sé de memoria. De leer los libros que ya sé cómo terminan. Es como comer la comida favorita. Ir al restaurante de siempre y pedir lo de siempre. La continuidad, la ilusión de permanencia, nos mantiene enraizados en un sentimiento de pertenencia. Si las cosas no cambian y ya sabemos cómo son, podemos controlar en alguna medida lo que no conocemos.
Pero ni lo que no cambia queda igual. Creemos que el pasado no tiene mutaciones y vamos por la vida agregándole o quitándole cosas a la memoria. No hay un libro de Historia que cuente lo mismo. Jamás vamos a volver a comer la comida de nuestra mamá. Aunque la haga ella.
Lo que buscamos, bueno, lo que busco yo, es la posibilidad de descansar un momento y no tener que fijarme en cada detalle. Estar en un lugar en donde sé que si camino a oscuras, no me voy a lastimar. Que no tengo que escudriñar las intenciones de las personas con las que me relaciono, porque me son familiares. Y que, aunque llore siempre, D’Artagnan va a morir al final del Visconde de Bragellone porque Dumas fue un patán siempre con sus personajes.
