Tomar vino, el suficiente para saber que uno tomó hoy y no tanto para recordarlo al día siguiente. Comer hasta llenarse, no hasta no poder volverlo a hacer en la siguiente comida. Nadar hasta sentir cansancio, sin ahogarme. Regañar para llamar la atención, no parar demoler autoestimas. Escribir hasta expresar lo que quiero, sin palabras que no correspondan.
Todo tiene una línea a dónde llegar y que se sienta rico. Es rascarse para quitar la picazón, sin romper la piel. O dormir los quince minutos de siesta que se necesitan para no terminar más cansado al despertar. Hay pocas cosas que no se devalúan cuando se hacen/consumen sin medida. Pero las que sí las hay, son indispensables.
No hay besos buenos demasiado largos. Amores demasiado apasionados. Piedad que deba ser templada. Si se va a pecar de exageración, que sea en las cosas buenas que se entregan. Nada nos debemos quedar cuando queremos, aunque nos lo devuelvan malusado. Está bien, tenemos más de donde lo sacamos. Y si uno comió demasiado, pues a tomar té de jengibre.
