Generalmente, no doy mi opinión en redes sociales. Tampoco en grupos de conversación. No es que no la tenga, ¡vaya si no las tengo! Pero me pasa frecuentemente que, por lo segura de mí misma, o engreída si lo prefieren, digo lo que pienso de forma tan contundente que dejo poco espacio para que alguien más me comparta lo suyo. Y como no siempre expreso todo lo todo que tengo en la mente, sino que doy la versión abreviada de mi proceso mental, suelo meter la pata. Unan eso con que yo necesito hablar para pensar y se podrán dar una buena idea de por qué me amordazo en situaciones cotidianas.
Vivimos en una época en la que todos tienen una opinión y un estrado desde el cuál emitirla, para eso existen los medios masivos Tuiter, FB, los blogs… Pero nuestra tolerancia y empatía hacia los demás no ha crecido con estas plataformas, al contrario, cada vez paracemos más delicadas flores de invernadero a las que el más mínimo cambio de clima las marchita. Tenemos todo el respeto y consideración por nuestras propias intenciones, pero ¡ay de aquél que diga una palabra ligeramente negativa! Cero tolerancia para ideas que no se alinien con las nuestras.
Imposible construir buena voluntad en una sociedad en la que nadie está dispuesto a darle el beneficio de la duda al vecino. Todos tenemos puntos de vista que son válidos para nosotros, pues nacen de nuestras propias circunstancias. Puede que estén errados, pues no se tiene siempre toda la información. Pero el camino para compartir hechos que otros desconocen no es con el mazo del trolleo. Mientras más atacamos, más se defienden. No es así como se dialoga, hasta donde yo me acuerdo.
Vigilar lo que uno dice es parte de vivir en sociedad, porque no se puede ir por la vida hablando sin filtros. Pero tampoco se puede subsistir caminando como una llaga abierta a la que todo le lastima.
De mi parte, sabiendo que meto la pata a cada rato, seguiré procurando mantener mis votos de silencio.
