Los sábados me arreglo menos de lo usual (que es mínimo en el mejor de los casos). Cuando hace calor es peor aún, porque saco shorts que ya no tengo la edad de ponerme en la ciudad. «Estoy en mi casa», es mi excusa. Y resulta que un sábado cercano, salimos a comprar un helado al bendito autoservicio y me tuve que bajar en las fachas más tristes con las que he salido de mi casa. No me topé a nadie conocido, menos mal, pero eso no me quita el malestar.
La época esa de pasar horas probándose uno «outfits» para salir a la tienda de la esquina se vive bien con toda la angustia de la adolescencia. Nada peor que navegar esa fina línea entre encajar y estar a la moda, pero no estar igual a todos los demás, que se fijen en uno, pero no demasiado, en sacar cosas nuevas, pero no muy diferentes. Es una especie de tortura psicológica. De algo tienen que comer los profesionales de la salud mental. Luego viene la época de arreglarse para un trabajo. Aunque uno no lo crea, todas las ocupaciones tienen una especie de uniforme que las distingue. No tienen idea de la inversión en trajes sastres negros que tengo colgada de mi clóset. Es un disfraz, una especie de escudo con que uno se «enviste» para poder jugar el papel que le corresponde. Luego pasan los años y resulta que también cada década tiene su vestimenta. Que si las faldas muy cortas, o el pelo muy largo, o los colores muy claros, o los zapatos muy llamativos, ya no se miran bien a «cierta edad».
Total que está uno jodido, navegando entre reglas no escritas de comportamiento que ni siquiera son constantes, sino plásticas. Porque no es lo mismo ponerse uno ropa juvenil cuando se está menos cuidada que la vecina. Y pocas veces nos detenemos a pensar ¿para quién demonios hacemos todo eso? Porque puedo apostar que los botox, implantes, colágenos, ácidos, fajas, maquillaje, tintes, alisados, colochos, tacones y cuanta vaina más, incómoda, dolorosa y cara, NO es siempre para nosotras mismas.
Soy tan vanidosa, o más, que cualquier otra persona, pero también tengo la ventaja de sentirme lo suficientemente cómoda en mi propio pellejo como para mandar al carajo muchas convenciones sociales que me parecen estúpidas. Tengo muy claro que me visto para mí misma, que tengo la suerte que así le gusto, y mucho, a mi marido y, que la próxima vez que salga sin planes de bajarme del carro, mejor no me voy en shorts.
