Pintar con Palabras

Durante el almuerzo me balanceo entre el deseo de escuchar aventuras de colegio y la necesidad de apurar a los niños para que terminen rápido. Mientras uno habla, el otro come, cuando me va bien. Y, entre recordatorios del uso correcto de cubiertos, respeto de espacios personales y ¡por favor no hables con la boca llena!, también se dan lecciones de comunicación. Los niños parecieran venir con un stock de efectos especiales auditivos. La mitad de las descripciones son «Bum, crash, piuj, piuj…», acompañadas de dedos que dan vueltas, palmas que chocan, puños que somantan.

Yo soy fanática del lenguaje. Creo que es la herramienta que verdaderamente nos distingue de los demás seres vivientes. Nos permite hacer tangibles cosas que sólo existen en el éter de nuestros cerebros. Les damos forma a los sentimientos, color a las emociones, sustancia a las ideas. Quitarle la voz (en sentido esotérico) a una persona, su capacidad de expresarse, es quitarle mucha de su pertenencia al mundo. Enseñarle a alguien a traducir su mundo interior a un medio de expresión que pueda compartir con los demás es abrirle paso para cumplir con sus sueños.

La manipulación del lenguaje, torcer conceptos comunes para que signifiquen algo diferente de lo usual, es casi un crimen. Es un engaño solapado que causa más conflictos que muchos insultos. Tratar de dialogar con alguien que le da un sentido distinto a la misma palabra es correr cuesta arriba en el lodo bajo la lluvia arrastrando una tonelada. Descalzo.

Por eso los pobres y sufridos menores de edad de esta casa saben bien qué contestar cuando se les pregunta ¿para qué sirve el lenguaje?: «Para comunicarse.» Y guardan los efectos especiales para cuando trabajen en el cine.

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