Los fines de semana, siempre invadía el ambiente el olor a churrasco. Pero nunca venía de mi casa. Resulta que “juntar fuego” es una actividad que no se le daba a mi mamá y pues, comíamos otras cosas ricas.
Ni hablar que lo hiciera mi papá. Eso no estaba entre sus atribuciones ni atributos, a pesar de ser él quien me enseñó a encender la chimenea.
Y aquí estoy, estrenando churrasquera con una parte para gas y otra para carbón. Por supuesto usé la de carbón para asar unas costillas en las que he dejado más de tres horas de mi tiempo. Porque, ¿quién quiere hacer las cosas simples cuando se pueden hacer complicadas?
Juntar fuego, hacer carne, cocinar, pasar tiempo juntos. Tal vez lo más bonito de todo eso es lo último, aunque los bichos estén cada uno por su lado. No somos una familia de estar haciéndolo todo juntos, todo el tiempo. Pero sí sabemos que estamos.
El fuego que juntamos para nuestras vidas enciende hacia dónde las llevamos. El mío es más bien frío, pero es constante y me lleva a no dejarme vencer por algo tan elemental como una churrasquera. Luego de un par de llamas, humazón, llanto y tos, el calor es constante, la carne huele a gloria y ya sólo les falta una hora.
Espero que queden tan ricas las costillas como yo me imaginaba que sabía la carne del vecino.
