Costumbres

Desde el colegio, nunca me he sentido juzgada por mi apariencia. Me ha tocado, como a todas, empujar contra la resistencia de hombres mayores cuando les digo qué hacer en cuestiones profesionales. Pero mi experiencia ha sido muy benévola y me he llenado de historias divertidas, no de terror. He tenido el privilegio de sentirme cómoda entre una diversidad de personas de todas clases. O sea, vivo en una burbuja.

Lo cual hace tanto más shoqueante encontrarme con un grupo de personas que pretendan verme de menos por el idioma que hablo. Recientemente, en ocasión de unas vacaciones, me vi rodeada de gente con el prejuicio grabado en la cara. Más que indignarme, me dio risa.

Juzgarse mejor que otro por cosas externas que no se sostienen luego de la menor y más superficial investigación es absurdo. No lo entiendo. Es cerrarse a conocer cosas nuevas. No pasar de comer lo mismo. Dejar el mundo en pequeñito.

Pobres. En serio. Y no hablo de no querer interactuar con extraños. Pocas personas tan hurañas como yo. Pero soy democrática. Me pasa con todo el mundo. Y cuando quiero hablo con todo el mundo. Hasta con grupos de ignorantes pretenciosos que ponen cara de asombro cuando descubren que hablo mejor que ellos su idioma. Y tres más.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.