”¿Qué harías si…” comienzan muchas conversaciones que terminan en listas de viajes, deseos reprimidos, ambiciones lejanas. Nos paseamos por castillos construidos por nuestros anhelos. Alimentamos las fantasías de cosas imposibles o al menos inalcanzables.
He comprado las casas vecinas tantas veces como números de lotería. No me la he sacado aún. O veo vientres marcados de mujeres que me llevan diez años y yo sigo teniendo que apretar la panza para subirme los jeans. Me imagino viajando en un velero por el Mediterráneo mientras llevo la enésima hora en el tráfico.
Vivimos en tantas dimensiones como le permitamos a nuestro cerebro, pero sólo una realidad. Cuando hay una diferencia demasiado grande entre ambas y ésta causa dolor, podemos hasta enfermarnos.
Aunque el mundo se mueve gracias a la imaginación y el trabajo de personas que se vieron en un mundo mejor que en que están, no hay que desestimar la felicidad de gozar la realidad.
Tal vez lo más difícil de hacer es ser feliz con lo que se tiene, pero probar tener/ser/hacer más. El hecho de no tenerlo todo ahora mismo no desmerece de lo que sí hay y sólo debería impulsarnos a seguir.
Igual cuesta. Mucho. Por eso sigo comprando números de lotería.
