Hoy pasé enfrente de una tienda de zapatos, de esos que parecen edificios y de los que uno fácilmente se puede desnucar si se cae. De todos colores. Preciosos. Podría decir que estaban feos y exagerados y que las uvas verdeaban. Pero no. Diciendo lo que es, estaban divinos. Además, para agregar insulto a herida, en oferta. Ni me los probé. Me duelen los pies. Todo el tiempo. Si no estoy descalza, cualquier cosa medio formal es como que me estuvieran quemando.
Camino rápido, hago karate, ando en el súper. Uso vestidos cortos, faldas, shorts, jeans. Trabajo frente a esta computadora. Tengo flexibilidad de horarios. No me tropiezo en las piedras de los centros comerciales que no fueron diseñados para mujeres coquetas. Además, mido 1.70, así que, sin ayuda, ya soy alta para este país.
No es excusa para mi facha usual. O sea, sí, lo es, pero no es que esté tratando de justificarme. Las cosas son como son, la vida ya no es la que pasaba en una sala de sesiones o haciendo contratos y ahora tengo otras habilidades. Me gusta todo lo que puedo hacer con los pies en esta etapa. Muero en las fiestas y ya llevo un par de flats bonitos para no querer hacerme una mutilación como de hermanastra de la Cenicienta.
Para todo hay un momento. Además, parece que vienen de moda los zapatos sin tacón. Me pregunto si mis Keds viejos y desteñidos entran en ella.
