Los gustos adquiridos

Cualquiera que ha tenido que alimentar un niño de dos años conoce el: “no puedes saber que no te gusta, si no lo has probado”. Poco a poco, pasa uno de darles lo más básico hasta cosas más aventadas. Termina uno cenando con una niña de 7 años que quiere comer rana.

Hay muchas cosas que me hace falta probar. Me pasa un poco con las montañas rusas. Sufro antes de subir y luego no me quiero bajar. O las personas, que me hago una idea de cómo son y tengo que cambiarla cuando las conozco.

Todos tenemos ideas preconcebidas de lo que aguantamos, queremos, nos gusta. Luego viene una pérdida y la sobrepasamos. Conocemos a alguien y se nos mueve el mundo. Comemos un buen plato de callos a la madrileña y nos encanta.

Vivir nos debería abrir la mente, ampliar los gustos, dar sed de experiencias. Pero, lamentablemente, a veces vamos cerrándonos. Porque nos da miedo o pereza. Miedo de no conocernos. Pereza de movernos.

Para alguien como yo que florece en la rutina, el cambio parece una pista de obstáculos. Pero así he aprendido a cocinar, a hacer karate, a escribir. Todas cosas que me gustan. Y le he agarrado el gusto a comer casi todo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.