No quiero poner árbol, pero quiero que quede como me gusta

Es lo mismo todos los años. No quiero poner el árbol. Ya no como galletas, ya no tomo egg nog, ya no como Stolen. Los últimos dos años me han dejado buscando la salida de emergencia, el botón de pausa, la pócima del olvido, algo. Y, para ajuste de males, hago mazapán y ya no tengo hámster qué engordar. Las fiestas son complicadas.

Yo no quiero decorar la casa. Pero no es sólo mi casa, tengo hijos y a ellos sí que les gusta. Más a la niña. La hice completamente feliz diciéndole que puede poner ella el árbol. Pero… las luces tienen que quedar de cierta forma y los adornos de otra y no todos en la misma rama por favor y… Mejor me fui de la casa a dar vueltas.

Recuerdo cuando mis papás decían que “hiciera lo que quería”, con desastrosos resultados. Porque lo que yo quería hacer definitivamente no era lo que ellos querían que hiciera. ¿Por qué, contra toda evidencia, seguimos creyendo que nuestros interlocutores son adivinos y/o que nos podemos dar el lujo de ser ambiguos porque a puro tubo nos tienen que entender? Agregando injuria a deshonra, decimos que pueden hacer las cosas sin nuestra opinión, pero tienen que quedar como nos gusta.

No. Así no funciona la cosa. Porque nadie tiene la obligación de leernos el pensamiento. Y, si decimos que no queremos hacer algo y alguien más lo hace, renunciamos a nuestro derecho de abrir la boca para opinar.

Así que, ahora que regrese a casa, diré que el árbol es la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Si no me gusta, tal vez lo pongo yo el año entrante. O no.

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