Siempre he dicho que mi corazón es como uno de esos hotelitos pequeños que están de moda ahora en los que cabe muy poca gente. Pero en realidad me he dado cuenta que es como esas butacas de las óperas que tienen asientos reservados casi de por vida. Se necesita un evento catastrófico para que otra persona ocupe el lugar ya previamente abonado.
Hacemos vínculos con las personas a quienes nos entregamos y nos enganchamos emocionalmente. Para algunos, esos vínculos son más fáciles de cortar que para otros. No es ni malo ni bueno, sólo es. Lo malo es no saber en qué lado del espectro se encuentra uno. El autoconocimiento es la llave de, tal vez no la felicidad, pero sí de un mejor sentido de navegación por la vida. Lamentablemente, este es el tipo de cosas que uno sólo conoce después de un par de trancazos en el camino. Al final, para eso es la vida, para enseñarnos aunque duela.
Me gustaría pensar que la gente recibe lo que uno da, sabiendo hasta qué medida lo está entregando uno. Que lo apreciaran en la misma medida en que para uno es valioso. Pero no es así y lo único que uno puede hacer es saber que la falta no está en uno. Que, no ser apreciado no quiere decir no ser apreciable. Y seguir. Porque yo no voy a dejar de ser binaria. Pero sí puedo ser mucho más cautelosa.
