El hoyo en las canastas

Del cuento de la Caperucita, lo que siempre me llamó la atención fue lo que llevaba en la canasta para la abuelita. Todo lo que describían y que variaba de versión en versión, sonaba delicioso. Además, que la imagen de una canasta de mimbre, de esas que tienen tapadera firme y que se llevan en el brazo es tan romántica. Siempre quise hacer picnic, aunque fuera en mi jardín. Ante las objeciones firmes y categóricas de mi mamá y su argumento de hormigas y demás bichos, jamás realicé mis fantasías del mantel a cuadros rojos y blancos y golosinas maravillosas saliendo como tesoros de un cofre.

Todos llevamos una canasta con maravillas dentro de nosotros. De ésas que nos hacen sentir bien, como la autoconfianza y la valentía y el amor propio y la resilencia y la empatía. Sentirnos amables (dignos de ser amados), protegidos, apreciados. Todas esas cosas van dentro de un lugar que, primero, llenan nuestros papás. Y, como los papás distamos muchísimo de ser perfectos, no llegamos con todo eso lleno a ser adultos. Es más. muchas veces no sólo nos hacen falta cosas, sino que la mentada canasta tiene un hoyo y se nos caen las que logramos acumular.

Buscar en alguien más lo que nos hace falta a nosotros mismos es la receta de todas las relaciones disfuncionales. Porque el hoyo sigue allí y, no importa que la pareja sea tan generoso como queramos, siempre nos va a hacer falta algo. Lo difícil es que cuesta reconocer en dónde fallamos. En dónde está nuestro agujero emocional. Y, por alguna extraña razón, duele repararlo y da hueva y da miedo depender de nosotros mismos. Porque nuestro compañero de espejo, ese que se nos asoma en el reflejo, es un dictadorcito de pacotilla que se goza haciéndonos sentir mal cuando no lo hemos educado.

Yo quiero reparar mi canasta para que no se me caigan las cosas bonitas que logro encontrar para mí. Y quiero estar con alguien que me acompañe a llenarla, no que me oiga pedirle que la llene él. A ver qué tal me va de tejedora de mimbre.

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