He tratado muchas veces de quitarme el vicio del color negro. De verdad. Hasta al punto de pedirles a mis amigas que me lleven a comprar ropa para que no todo lo que agarre sea de ese color. Pero me gusta mucho y regreso a él en la menor ocasión.
En general, tenemos estilos de ropa, lugares de paseo, comidas, música, olores que nos hacen sentir una medida de comodidad y de seguridad. Por eso regresamos muchas veces a pedir que nos hagan el «plato de la abuelita» para nuestro cumpleaños. O añoramos con regresar a ese puente de esa ciudad en donde nos sentimos libres, jóvenes, felices. Agarramos «el» traje especial para sentirnos con poder. Guardamos la ropa interior que más nos gusta para las noches en que queremos que nos la quiten.
Rituales. Lugares seguros. Certidumbres. De algo tenemos qué asirnos, porque la vida no trae ninguna garantía. Puede que sea infantil, pero un poco de ayuda psicológica nunca le ha hecho daño a nadie. Si ponernos esos tenis antes de salir a correr nos hace creer que lo hacemos mejor, si tener puesta ropa que nadie nos mira nos da una sensación de bienestar, si comer un pedazo de pollo frito nos recuerda que teníamos un lugar feliz, qué mejor.
Porque terminamos de comer, nos quitamos la camisa de la suerte, salimos del lugar bonito y seguimos con nuestras vidas. Aunque sea siempre vestidos de negro. O azul. Pero mejor negro.
