Me quedé afónica de cantar como loca. La experiencia está siendo muy interesante, porque incomunicada no estoy. Me estoy dando cuenta que no necesito gritarles a mis hijos para que me hagan caso (una mirada asesina basta). No tengo que marear a mi marido cuando llega a la casa. Puedo hacer mandados a puras señas.
El chiste de hablar es comunicarse efectivamente. Para eso escribimos también. Y hacemos caras. Y abrazamos. De alguna forma encontramos la manera de transmitir las ideas que nos llenan el cerebro. Y aún con todas esas ayudas, a veces no es suficiente. El mundo en el que vivimos es pálido a comparación del que nos habita. La genialidad de los artistas que llevan el registro de nuestra historia es poder plasmar nuestra humanidad de alguna manera transmitible.
Cada vez que alguien recibe nuestra emoción y despierta una propia, logramos conectarnos. Y eso nos hace humanos. Cuando puedo entender qué quiere uno de mis hijos en su gramática quebrada y sus ideas medio formadas, toco su alma y eso me hace sentir mejor. En el momento en que logro descifrar las ideas de mi esposo a través de miradas y gestos y monosílabas, refuerzo el puente que nos une.
No tengo voz. No puedo cantar. Pero puedo comunicarme, sólo me tienen qué poner un poco de atención. Y eso también me ayuda.
