Cuando se me olvida

No sé si sea la edad, el calor, el cansancio, o si, simplemente, estoy alimentando más a la neurótica que todos llevamos dentro. Lo cierto es que, últimamente, sólo he tenido ojos para lo negativo: los niños están berrinchudos, salgo gorda en las fotos, mi marido dice que soy enojada… Y así. Digamos que hasta siento amarga la miel.

Nuestro cerebro ha pasado por una evolución progresiva fascinante. Algunos científicos lo describen como un helado al que se le van agregando bolas, hasta hacerlo lo que tenemos hoy. Y, entre ese crecimiento, por allí queda la necedad de fijarnos en lo que está mal. Un simple mecanismo de supervivencia si tiene uno que identificar al león en la sabana, pero una costumbre muy agotadora si tiene uno que vivir feliz en tiempo modernos.

Pararse frente a un espejo y no verse el grano al final de la nariz, es una tarea valiente y que requiere esfuerzo. Es fácil pasar por alto las palabras bonitas de cada día para aferrarse a una sugerencia de cambio. Hay casi un placer morboso en fijarse en todo lo que falta por hacer con los niños, en vez de admirar lo que se ha logrado.

La complacencia es mala. Fatal. No se ha hecho nada plácidamente sentado en un sofá, sin querer nada más de la vida. Pero irse al otro extremo es bailar con una camisa de fuerza en un cuarto con paredes acolchadas. Vivir requiere valentía. Vivir requiere recordar. Simplemente tengo que hacer memoria y recordar que hay muchísimas más cosas positivas a mi alrededor y que no, no soy como me siento. Al fin y al cabo, la miel no puede dejar de estar dulce.

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