Se me acerca un cumpleaños con número interesante: los cuarenta. Hay algo casi cabalístico con ese número, como si se tratara de un agujero en la fábrica del espacio-tiempo que nos transportara a otro mundo: el de los rucos. Ya no más pelo largo, ya no más t-shirts de Mickey Mouse, ya no más bikinis… De repente, la vida debería ser seria, porque ¡qué pena hacer el ridículo de creerse joven!
Nuestra especie ha pasado de tener una expectativa de vida de no más de cuarenra años en tiempos no muy lejanos pre-antibióticos, a una esperanza de longevidad de 90 y más en circunstancias óptimas. También se ha triplicado (me estoy sacando el factor de la manga, pero por allí ha de estar) la incidencia de enfermedades degenerativas, debilitantes, autoimunes y todas esas vainas que lo hacen a uno no querer llegar a viejo. Vemos halones de piel, inflaciones de silicona y extracciones de grasa para continuar en un estado artificial de «juventud».
No sabemos envejecer, porque el paso de los años es silencioso y no se hace uno lata de un día al otro, aunque a algunos sí les guste devastarse seguido. Al final del día, en el fondo seguimos siendo las mismas personas con un envoltorio que cambia, así como debemos cambiar por dentro para mantenernos fieles a nosotros mismos, por muy contradictorio que esto suene.
Quiero vivir de tal manera que me siga reconociendo en el espejo con el paso de los años, sin importar cuántas arrugas tenga. ¡Bienvenidos los primeros cuarenta!
