Viscoso como ámbar

Mi mamá tenía unos aretes de ámbar con un mosquito atrapado. Igual que el mosquito de Jurassic Park al que le sacaron la sangre del dinosaurio, pero en chiquito. Me encantaban. Se los robaron.

Hay cosas que se quedan así, en suspenso en nuestra memoria: el sabor de una comida especial que nos preparaban de pequeños, la sensación del primer beso con frenos y todo, el dolor del parto de los niños y la dulzura de de sus pieles recién estrenadas. Guardamos esos momentos entre la resina de nuestra memoria y los mantenemos quietecitos para sacarlos cuando los queremos admirar.

Entre muchos de los recientes descubrimientos de cómo funciona realmente nuestro cerebro, resulta que cada vez que «sacamos» un recuerdo y lo examinamos, lo cambiamos efectivamente. Pareciera que somos incapaces de interactuar con nada, ni siquiera algo que ya sucedió, sin manipularlo. Así, tal vez el pastel que siento que me llena la boca con el sabor de los años pasados, no era tan rico como quisiera creer. Ni el parto fue tan traumático. Ni ese beso fue tan malo (aunque eso sí lo dudo, fue fatal).

Nuestra vida entera está hecha para cambiar. Por muy seguramente que nos guardemos, la misma sustancia en la que nos movemos es viscosa, tiene movimiento y, si no nos montamos y la dirigimos un poco, nos arrastra. Hasta los mosquitos de los aretes de mi mamá cambiaron de lugar. Deseo fervientemente que, quien los tenga, no trate de clonar a un T-Rex.

Días normales

No sé si en mi vida ya no hay normalidad, o ésta es sólo un mito. Yo creo que lo que hacemos en casa es normal, porque es «mi» normal. También me rodeo de gente con costumbres similares y gustos afines. Entonces concluyo un poco precipitadamente que eso es lo que sucede en el mundo. Claro que hay cosas que me escandalizan, como los atentados y las matanzas y niños muriéndose de hambre. Pero si soy sincera, hay un «adentro» y un «afuera» de mi burbuja para eso, que no implica que no me involucre y haga lo que puedo por ayudar.

La ilusión de lo que pasa «en todos lados» se me estrella contra la gente que tengo cerca y que me batean hasta el fondo del parque. Y, generalmente, no me molesta lo que hacen. Al final del día es su vida y su problema. Me saca de quicio lo que opinan acerca de lo que los demás hacen.

Las reglas sociales tienden a radicalizar posiciones: o eres completamente cuadrado y te conformas a lo que se debe hacer, o te sales por completo del cuadro y eres el «rebelde.» Pero siempre en blanco y negro. Y siempre el otro está mal. Dudo mucho que venga el día en que aceptemos que lo «normal» no existe y que sólo hay realidades distintas.

Al final del día, yo ya no sé si soy normal. Sé que me siento afortunada. Con eso me basta.

Vivir envejeciendo

Se me acerca un cumpleaños con número interesante: los cuarenta. Hay algo casi cabalístico con ese número, como si se tratara de un agujero en la fábrica del espacio-tiempo que nos transportara a otro mundo: el de los rucos. Ya no más pelo largo, ya no más t-shirts de Mickey Mouse, ya no más bikinis… De repente, la vida debería ser seria, porque ¡qué pena hacer el ridículo de creerse joven!

Nuestra especie ha pasado de tener una expectativa de vida de no más de cuarenra años en tiempos no muy lejanos pre-antibióticos, a una esperanza de longevidad de 90 y más en circunstancias óptimas. También se ha triplicado (me estoy sacando el factor de la manga, pero por allí ha de estar) la incidencia de enfermedades degenerativas, debilitantes, autoimunes y todas esas vainas que lo hacen a uno no querer llegar a viejo. Vemos halones de piel, inflaciones de silicona y extracciones de grasa para continuar en un estado artificial de «juventud».

No sabemos envejecer, porque el paso de los años es silencioso y no se hace uno lata de un día al otro, aunque a algunos sí les guste devastarse seguido. Al final del día, en el fondo seguimos siendo las mismas personas con un envoltorio que cambia, así como debemos cambiar por dentro para mantenernos fieles a nosotros mismos, por muy contradictorio que esto suene.

Quiero vivir de tal manera que me siga reconociendo en el espejo con el paso de los años, sin importar cuántas arrugas tenga. ¡Bienvenidos los primeros cuarenta!

Prepararse para morir

Hay pocos ejercicios que nos hacen reflexionar tanto acerca de cómo estamos llevando nuestras vidas como el que comienza preguntando:  «¿Si usted supiera que va a morir en una semana, qué haría?» Puede ser la idiotez más grande de manipulación ridícula sobre la Tierra. Porque todos sabemos que vamos a morir. Es más, es casi lo único que traemos asegurado con la vida. El hecho que no tengamos el día del calendario marcado, no cambia un ápice de la realidad: nos vamos a morir.

Pero como somos una raza verdaderamente extraña, vivimos sin tener ese detalle presente y, cuando la Calaca se lleva a alguien cercano, actuamos como si fuera lo más sorprendente del mundo. En verdad que no lo entiendo.

Tal vez es porque desde niños nos quieren escudar de este hecho: se muere el perro y «se fue a vivir con el veterinario.» Pues no. En mi casa se murió el gato y se murió el gato. Mis hijos lo extrañan, pero tienen esa satisfacción de un círculo cerrado y pueden continuar con sus vidas.

Obviamente no se trata de vivir la vida con el féretro al hombro. Es que uno SIEMPRE debería actuar «como si se fuera a morir mañana», porque ese mañana llega eventualmente.

Yo no tengo idea de cuánto tiempo voy a estar en esta dimensión. Sí creo firmemente que hay una vida después, pero como no sé a ciencia cierta cómo es, me concentro en esta. Me encantaría pensar que, si me hacen la famosa pregunta, puedo contestar con un «no haría nada diferente. «

Escribir nuestra vida

Hay muchas tradiciones y religiones que creen que todo lo que hacemos, pensamos y sentimos se queda grabado en una especie de libro «cósmico». No sé si esto será cierto. Lo que sí sé es que yo llevo escrita mi vida entera en mi cuerpo. Tengo las cicatrices de las caídas en bici, la seña de la cirugía por donde salieron mis hijos, la noche de desvelo en las ojeras…

Cada cosa que hacemos deja su huella en nosotros. Nuestra cara se marca por nuestros sentimientos más frecuentes, sino, no se llamarían cariñosamente «líneas de expresión». Cómo nos alimentamos se refleja de formas evidentes y no tan evidentes, porque los órganos internos no son tan fáciles de ver como la lonja. Hasta nuestra paz interior se nota en la forma en la que caminamos.

Todos escribimos nuestra vida y el libro que utilizamos es nuestro cuerpo. Hay algunas cosas que se pueden borrar y volver a poner, como el peso. Otras, como las cicatrices, nos acompañan para toda la vida.

Me gusta pensar que estoy tratando con cariño mi libro, porque es el único que tengo y me tiene que durar en buen estado. También me pasa que siempre me ha gustado decorar cualquier papel que tenga a la mano. Tal vez por eso, a la par de las cicatrices, hay tatuajes. Nadie dijo que era prohibido pintar.

El Final del Día


Que caiga el sol sobre mi cama llena de gente, dos escuchando y uno leyendo y yo tomando fotos de tres espaldas juntas, borra tráficos, carreras, regaños, enojos. O, mejor, no los borra, les da sentido.

Abrir las puertas de mi casa a amigos que quieren compartirse conmigo, me da una dimensión de lo que he ganado aprendiendo a ser empática.

Servir un vino en dos copas, o cuatro, o diez y comer rico y reír, le da vida a los muebles y demás cosas inertes.

Escuchar mi propio humor ácido salir de una boca de siete años me enseña un futuro lleno de bromas compartidas.

Recibir las fantasías marcianas descritas en un vocabulario mezclado de casi cinco años me recuerda mis propios cuentos.

Ver que mi vida está llena de todas las cosas que no se pueden comprar, sentir cómo se ablanda y agranda mi corazón y que no me alcanzan las palabras para agradecer en dónde y con quién estoy parada. Nunca había querido seguir viva tanto como ahora.

Vivir Dormido

Rara vez me despierta la alarma. O es por el gato, o un pajarito en la ventana, o las ganas de ir al baño, le gano usualmente la carrera al timbre desgraciado. Las veces que eso es lo primero que me lleva a la consciencia, es porque estoy muy cansada y el resto de mi día va a pasar como entre neblina. Mi cerebro trabaja a un tercio de velocidad cuando tengo sueño, hasta el desayuno es un reto del Juego de la Oca y tengo suerte si salgo con zapatos iguales a la calle.

Pasar semi-vivos por allí es una buena definición de ser zombie: caminas, comes, emites sonidos, pero no estás realmente del todo allí. No dormir, comer chatarra, no moverse más que para ir a traer otra bolsita de papalinas, ni hablar de estar alcoholizado u otras hierbas. Si ya de por sí la vida es difícil de apreciar con todos los sentidos alerta. Estudios demuestran que percibimos un ínfimo porcentaje de lo que sucede a nuestro alrededor. Nuestro cerebro deshecha todo lo que no es esencial y hasta llena espacios con información que ya posee. La cara de las personas con las que tenemos más familiaridad, ya está almacenada, entonces no es eficiente que nos la aprendamos cada vez que les hablamos. Por eso es que las parejas de muchos años se perciben como eran de jóvenes, pues sus cerebros tienen ese rostro asignado a esa persona. (Lo cual no me molesta del todo, si les he de ser sincera.)

Parar un momento a vivir, multiplica nuestra experiencia y nos saca de la neblina de la que nos rodeamos. Pueda que nos moleste la luz al principio, pero es por mucho mejor que no darnos cuénta qué hay. Excepto cuando tengo sueño. Allí sólo me arregla una siesta.