El regalo perfecto

Cuando era pequeña, mis papás me traían una “cosita” cada vez que salían de la casa. Podía ser cualquier cosa, tanto así, que tenía una colección de piedras. El regalo, muchas veces, no importa en sí mismo, sino por lo que representa.

Creo que dar un buen regalo me es igual de satisfactorio que recibir uno. Es otra forma de enseñar cariño y de encontrar que quedar bien con otra persona es quedar bien con nosotros mismos. Habla mucho del estado de una relación, no específicamente de las finanzas. Y es un buen atajo para saber la profundidad del conocimiento del otro.

Mientras más quiero a alguien, más me preocupo de qué darles. A veces es algo que yo puedo hacer. Y eso lleva doble esfuerzo.

Ya no le gusta la carne

Vivir con un adolescente es amanecer con personas distintas cada cierto tiempo. Por ejemplo: una semana, sólo come pechuga de pollo; a la siguiente “nunca le ha gustado la pechuga de pollo”. Y uno que quiere quedar bien y llenó el congelador de su comida favorita, tiene un inventario sobrante, esperando el siguiente ciclo.

El proceso de la adolescencia es, principalmente, de desarrollo neuronal. El cerebro está en modificaciones masivas y eso, cómo no, afecta las emociones y todo lo demás. Si la infancia es la etapa de conexiones sin discriminación, la adolescencia es el momento en el que el cerebro se queda con lo más relevante. Allí se desarrolla un gusto propio, un sentido de independencia, hay necesidad de vencer retos. Y, si uno de padre no le fomenta toda esta creación de sí mismos, con reglas y orden y desafíos y cariño, se corre el riesgo de truncar su crecimiento.

Mis adolescentes me retan a mí también y me hacen repensar si lo que digo que me gusta, todavía es cierto. De pronto a mí tampoco me fascina lo mismo.

Necesito a mi mamá

Estoy gorda. O, mejor dicho, no estoy flaca. Me he pasado mucho tiempo haciendo músculo y ahora me lamento porque quisiera verme flaca y no lo estoy. No es malo pero no es mi preferencia. Y necesito a mi mamá, quien me tenía el peso en los ojos y me decía en dónde me veía bien. Yo no tengo ojo para eso.

Crecemos con tantas expectativas de nuestra propia apariencia, externas e internas, que es difícil hacer una buena autoevaluación. Alguna vez un amigo me dijo que me tomara una foto con la cara tapada y que eso me iba a ayudar a tener una mejor perspectiva. Es ridículo, creo, que uno no se pueda ver como es. Se quiere ver distinto. Siempre, al menos en mi caso.

Seguiré haciendo un montón de pesas y acumulando músculo y quejándome que no me queda la ropa igual. Porque, sinceramente, me interesa más ser una vieja capaz de levantarme del suelo que ser flaca. Distinto por completo que mi mamá, que precisamente me hace falta porque no está desde hace 18 años conmigo. Mejor hubiera estado menos flaca, pero sana.

Vivir juntos

Estamos paseando con los niños y la interacción es fácil. Como si viviéramos juntos… La verdad es que se hace rico andar con ellos cuando están de buenas. La relación fluye, nos molestamos sin ser groseros, caminamos juntos.

El problema de la vida moderna es que tenemos menos oportunidad de apreciar a una familia extendida y compartimos menos con muchas personas. Nos quedamos en núcleos muy reducidos. Pero eso nos hace aún más conectados, cuando se hacen bien las cosas. Una familia pequeña, bien avenida, es una cosa maravillosa. Y tiene mucho qué ver, irónicamente, con la cantidad de libertad que les da uno a los hijos para ser ellos.

Los míos son ellos mismos, radicalmente. Y son tan simpáticos que me gozo cada minuto que compartimos. Sobre todo porque sé que probablemente no me queda mucho.

Señales de virtud

Mi mamá siempre me dijo que estar desocupada era abrirle la puerta al diablo. Como si el ocio fuera un pecado. Y me dura el sentimiento, porque me cuesta estar sin hacer algo “productivo”. Es cansado creer que las tareas son señales de una vida moralmente superior.

Nuestros antepasados cazadores se esforzaban lo suficiente. Salían, buscaban y regresaban con la comida. Y el resto del día, a descansar. Pero vino la agricultura y lo arruinó todo. Ya no hubo descanso de sol a sol. Hasta Dios nos obligó a dejar de trabajar un día, de tanto que nos estábamos matando.

Es que ni ver tele podíamos hacer tranquilamente con mi Mamá. Más de algo bordábamos o dibujábamos o lo que fuera. He tenido que esforzarme para aplicar el arte de no hacer nada y que no me dé cargo de conciencia. Tal vez ya puedo bajarle un poco al esfuerzo.

Es mejor saber

Como siempre, la humanidad se bambolea entre dos cosas contradictorias. Por una parte, el creer que la ignorancia es la gloria y asegurar que la verdad nos hará libres. Yo misma entiendo ambas posturas, porque a veces el no saber nos libra de muchos dolores. Pero, casi siempre, la realidad se nos cae encima y todo se junta.

No se puede hacer un plan de tratamiento sin un buen diagnóstico. En ningún aspecto. Si no sabemos con qué contamos, poco podemos prepararnos. Y si, con el universo de ignorancia en el que vivimos naturalmente, no aprovechamos para aferrarnos a las pocas certezas que tenemos disponibles, vamos a flotar a la deriva. Prefiero dirigir un poco el barco.

Saber ayuda a decidir. Nunca sabremos todo y jamás tomaremos decisiones perfectas. Pero uno hace lo que puede con lo que tiene.

Gatos y perros

Tengo dos gatos y dos perros. Los últimos son adiciones recientes. No me quejo de ninguno. Ambos son especiales en su propia esfera. Pero…

Los perros han evolucionado junto con los humanos desde que aprendimos a hablar. La simbiosis que tenemos es difícil de anular. No creo que exista ningún chihuahua salvaje, por ejemplo. Los gatos, en cambio, se domesticaron a sí mismos y se nos acercan por conveniencia. Que no quiere decir que una relación sea más fiel que la otra. Ningún gato me ha deshecho la cara como lo hizo el perro que yo crié desde pequeño. Es simplemente que ambas relaciones tienen sus ventajas y desventajas (vaya sorpresa).

Ser independiente como gato implica que cuando uno se acerca a otra persona, tiene que dar signos inequívocos de cercanía. Ser sociable como perro trae consigo un aprendizaje profundo de dónde marcar límites. Todo tiene cosas buenas y malas. Y yo voy a decir «miau» hasta el día que me muera.

Planes de contingencia

Estoy revisando el botiquín que tengo que llevar en vacaciones. Y se me vuelve casi interminable porque siempre puedo pensar en algo más que puede salir mal. Pero… no voy a la jungla y debo tener en cuenta que sí hay civilización cerca.

Los planes de emergencia son todas esas cosas que uno tiene que imaginarse, deseando que jamás sucedan. Y allí vuela la creatividad. Y la ignorancia. Porque, no importa qué tanto uno pueda prever, nunca va a saber lo que no sabe. Las cosas imprevistas lo son, precisamente porque no las mira uno venir. Lo mejor que se puede hacer es tener lo mínimo y persignarse para lo demás.

Voy a llevar de todo para el estómago y los dolores. Y tal vez los mocos. Y los piquetes. Y la ubicación de la farmacia más cercana.