Otra vez lo mismo

Aprender a ser adulto es una cosa de todos los días. No sé por qué alguna vez pensé que mis papás, cuando yo nací, ya sabían ser papás y que ese conocimiento se había quedado estático. Cuando lo real es que uno aprende a ser papá conforme el niño va creciendo. Y aprende a ser adulto también. Nunca se queda uno igual. Lo malo es que el progreso no está garantizado y el crecimiento puede ser para peor.

Tal vez lo que más cuesta asimilar es a bajar o anular las expectativas. Esas ponzoñosas hormigas que van comiéndose de a poquitos las orillas de toda buena relación. Esperar que una persona tenga una reacción determinada y decepcionarse cuando no enuncia las palabras que uno ansía que salgan de su boca, es garantizar el fracaso. De cualquier cosa. Pero… es difícil no ponerle a alguien más la carga de lo que uno quiere que suceda. Ejemplo en pequeño: cuando uno da un regalo y espera quedar bien.

Yo no he encontrado el insecticida que me quite para siempre esas hormigas de mi vida. Lamentablemente, el hormiguero está muy bien afianzado y más temprano que tarde, salen a ver qué se comen. Lo que sí puedo hacer es moverme de donde estoy. Sé que me van a encontrar, pero al menos ya hice un poco más difícil el camino.

Las repisas

Tengo mis libros en una repisa bastante rústica. No son muchos, al contrario de lo que me gustaría. Y es que hace años los depuré y sólo me quedé con los favoritos. Ahora me doy cuenta que también me hacen falta los que saqué por feos. Sí, feos, malas impresiones, pésimo papel. El medio no le hacía honor al contenido. Quiero buenas versiones de Dumas, recuperar mi edición en alemán de Das Parfum (que sigo sin encontrar), volver a tener The Buried Giant. Y es que con los libros uno nunca termina de ser un dragón que amasa tesoros.

Siempre nos hemos contado historias. Sirven para encontrarnos en los personajes, entender qué hacer en nuestras vidas. Antes eran una experiencia comunal, pues una persona las contaba a la tribu. Ahora lo hacemos aislado cuando leemos, en conjunto cuando vamos al cine. Pero siempre tiene la misma finalidad: ver que no estamos solos.

Ahora mi hija revisa las repisas donde he puesto libros que no son sólo míos y siento que está abriendo cajas de tesoros. Porque también nos compartimos con las historias que conocemos en común. No sé si dejaré muchos recuerdos cuando no esté, pero si me quieren encontrar, pueden revisar mis repisas.