Me corté, ¿te enseñé dónde?
fue en la cocina,
ah, ¿dónde en mí?
la mano, el nudillo, de hecho.
Sí, sangré mucho.
¿Por qué preguntas?
Me dolió tanto que te pensé.
Me corté, ¿te enseñé dónde?
fue en la cocina,
ah, ¿dónde en mí?
la mano, el nudillo, de hecho.
Sí, sangré mucho.
¿Por qué preguntas?
Me dolió tanto que te pensé.
Stephen King es mi autor favorito. Tiene una prosa casi perfecta y siempre me sorprende. Pero tengo bastante tiempo de no leer uno de sus libros. De joven aguantaba más el miedo/suspenso tal vez. Ahora ya me perturba.
Como sociedad, rehuimos las situaciones desagradables, pero creamos arte que nos inquieta de forma controlada. Tal vez, por ternos que cuidar de los depredadores en la jungla, desarrollamos alguna dependencia al estrés que nos hace buscarlo para no aburrirnos. Y luego pasamos el resto de la vida haciendo meditación para quitarnos el sufrimiento… tan lindas nuestras contradicciones.
Ya no leo libros de miedo. Pero… estoy viendo una serie muy buena. Basada en un libro de King. Estoy enganchada, pero inquieta. Mejir hubiera leído algo.
Uf… eso de seguir reglas no se me da por naturaleza. Tengo que estar convencida. Y aún así veo si tienen alguna laguna. Culpa de mis padres, seguro. Cuestionar era obligatorio en casa, mientras no fuera a ellos. Eso no funciona.
Todas las sociedades tienen caminos probados para obtener resultados. Las costumbres no surgen antes de la necesidad, es al contrario. Lo que pasa es que a veces nos quedamos con lo externo cuando éste ya no tiene sentido. Muchas de nuestras manifestaciones sociales son resabios de otros tiempos. Pero romperlas conlleva su propio riesgo.
En la vida uno está casi obligado a conocer con profundidad las reglas externas. Y sólo entonces romper las que no funcionan. Todo tiene consecuencias, hacerlo o no. La cosa es conocerlas para tomar una decisión informada. Y luego no quejarse.
Dos verdades irrefutables: nadie cambia y todos cambian. La capacidad de retener dos verdades contradictorias en la mente al mismo tiempo y poder seguir funcionando es un regalo. Pero viene con tarea: darle vueltas a esa moneda queriendo ver ambas caras al mismo tiempo. Y eso no se puede.
Creo que los seres humanos venimos con una estructura básica y que construimos sobre la misma. Intencionalmente o no. Y de allí que reconozcamos esa parte inmutable debajo del cambio inevitable. No deja de ser complicado.
Es como hacerle cirugía a una cara. Aunque sea extrema, al fondo se ve quién es. O debería poder hacerse.
Tengo un par de meses de andar cargando un enojito. Me lo estoy tomando tranquilo, porque, como bien decía mi mamá, tengo dos trabajos: enojarme y desenojarme. El problema es que el primero de los trabajos se va en bajadita. Tan fácil que es. El segundo ya necesita otras cosas.
Las emociones son efímeras. Se sienten en un momento tan corto que necesitamos recordarlas y hacer un esfuerzo para volverlas a sentir. Además, que tenemos que saber que no es esa misma emoción, no es la o.g., es otra, nueva, que recuerda la anterior. Un castillo de naipes que armamos. Y aún así, a veces nos quedamos trabados alimentando un animalito que nunca debió existir.
El hecho que yo sepa que estoy enojada por algo que ya pasó, sin embargo, no me quita ese desagrado. Porque, lamentablemente, las emociones no le hacen caso al cerebro. Uno tiene que aplacar el corazón, sanar el ego herido, bajarle dos rayas a la vanidad y entender que uno no es tan importante como quisiera y que más vale soltar, antes que el enojo envejezca y se convierta en amargamiento (palabra personal, no la busquen en la RAE). No quiero estar amargada. Tal vez hoy haga el segundo trabajo.
La vida es un monstruo, enorme,
quiere devorarnos,
ilusos, huimos,
nadie escapa de esa boca
sólo queda enfrentar al animal
cazarlo, comerlo entero
pedazo a pedazo.
De pequeña, Mary Poppins era mi película favorita. Siempre quise una niñera así. Ahora que soy grande, también quisiera una niñera así. Eso del doble tiempo completo con los niños puede ser pesado.
Cuando éramos prehistóricos, hay indicios que la comunidad ayudaba en la crianza de los niños. Por interés de supervivencia de la especie, desarrollamos necesidades emocionales como la empatía, que hacen que nos preocupemos por los demás. Eso ayuda mucho cuando hay más personas que pueden relevar a la mamá. Las familias tradicionales abundan en abuelas y tías y primas y tantas otras mujeres que hacen una red de apoyo. Pero eso está desapareciendo.
Yo aprendí a bañar a mis hijos con ilustraciones de un libro. Ha sido una experiencia enriquecedora. Pero sigo queriendo a la Mary Poppins de vez en cuando. Al menos su día libre.
Hay frases que dicen una verdad tan grande, que sólo los niños que estrenan el mundo no la conocen. El fuego quema. El agua moja. Estudiar matemática está subvalorado para la vida porque la gente no se da cuenta que le da la capacidad de anticiparse a los acontecimientos. Ese tipo de frases.
Hemos venido evolucionando junto con el lenguaje hasta convertirlo en una herramienta para decir lo que no pensamos. De pasar a ser la forma de comunicación a escribir cosas crípticas que a veces suenan a poemas, pero que en su mayoría carecen de sentido. Y nos quedamos con la duda de lo que debería ser evidente.
Yo sí hago preguntas para las que debería saber la respuesta. ¿Cómo estás? ¿Tienes sueño? ¿Te gusta esto? Tal vez podría intuirlo, pero pocas cosas tan bonitas como la claridad.
Desde hace un par de años, aprendí a planchar camisas. No es una ocupación en donde derroche talento. Más bien me sale todo quebrado. Pero lo hago. Nunca creí que lo fuera a hacer y, así va la vida.
Algunas personas sacan de forma recurrente a la conversación las cosas que hicieron hace algún número de años. Como si sus vidas se hubieran detenido en un punto que ellos perciben como especial. Una cima a la que no pueden volver. Y es cierto, la experiencia va hacia delante. Pero no quiere decir que uno sólo allí haya tenido la oportunidad de ser feliz.
Aprender cosas nuevas, estar abierto a experiencias distintas, hasta probar comida diferente, ayuda a que siempre subamos picos. La vida se pasa y si no caminamos, nos deja.
La repetición es la base de cualquier habilidad. Lo que uno no siempre toma en cuenta, es que la repetición tiene que ser correcta. Si no, uno sólo está perpetuando lo malo. Claro, por eso es que tienen trabajo los terapeutas.
Desde que le escuché a Roy H. Williams decir que cualquier cosa que valga la pena hacer, vale la pena hacerla mal, me he quedado con la sensación que me falta algo. Hace unos días lo entendí: lo que no vale la pena hacer, no vale la pena hacerlo bien. Eso, unido a la razón de repetir, deberían enseñarle a uno desde pequeño. La primera libera de la perfección, la segunda de una obsesión y la tercera, hace que uno se fije.
Cuando canto, ejerzo la primera. Cuando no me esfuerzo en algo que no me gusta, hago lo segundo. Y en el karate pretendo hacer lo tercero. No me sale. Pero lo intento.