Las cosas que se olvidan

Olvidé los garbanzos en la estufa

no se quemaron

no recuerdo tu nombre,

ni el tuyo

tampoco tengo memoria

del vestido en el que enterré a mi madre

se me están borrando

los recuerdos de primeras cosas

no sé si pueda remembrar

qué hice hace un año

seguro no sé

mucho de lo que hice ayer.

¿Me iré borrando de la vida

igual que lo hace mi memoria?

Tal vez la muerte sólo viene

cuando nos olvidamos de no seguirla.

El lugar que uno conoce

El problema que tengo con las “precuelas” es que nada puede ser definitivo. Menos el principio de una historia. Siempre hay algo que pasó antes. Que no lo conozcamos, no quiere decir que no exista. Y es mucho más divertido especular y cambiar el pasado y buscar explicaciones, pero sin certeza.

Una de las mejores cosas al leer un libro es comenzar en la primera página y continuar de allí. Algo así sirve también con las personas. A todas (salvo los bebés que uno tiene), las conocemos “comenzadas” y podemos escarbar en su pasado o enfocarnos en lo que sigue. Es cierto que nadie se escapa de sus experiencias, pero las puede trascender.

Me gusta preguntar acerca de cosas importantes como qué libro lee alguien, o qué le gusta comer. Los detalles de su infancia y esas cosas son para la terapia.

Creerlo todo

La vocecita que me habla en el cerebro fluctua entre el entusiasmo más desordenado y el escepticismo más frío. Lo creo todo, quiero creerlo todo, quisiera creer en algo, nada es verdad. Tal vez hay una carretera entre mi cabeza y mi corazón que se abre y cierra y a veces el bloqueo simplemente me paraliza.

Los seres humanos, pudiendo imaginar el futuro, tenemos la necesidad de tener fe. Que mañana sale el sol. Que vamos a sobrevivir. Que nos van a querer. Y caminamos con el mayor pesimista entre las orejas, porque sabemos que si no estamos preparados para lo peor, nos come el tigre.

No peleo, la verdad. Tener fe es lindo. No tenerla es reconfortante. Caminar en medio es entretenido.

La claridad y la ofensa

Me gusta dejar las cosas claras. Y me cae mal que no me ayuden. Porque la gente por “claridad” entiende “grosería” y se ofende. Obvio no se trata de insultar, pero si quiero algo, lo pido y ya. No debería haber más vueltas.

El ser humano desarrolla su capacidad de hablar conforme sus relaciones se vuelven más complejas y conforma grupos más grandes. Tenemos la capacidad de trasladar información sin necesidad de experimentarla. Poder contarle a alguien que no lo va a ver dónde está el arbusto con frutas, para que se lo diga a alguien más, ahorra muchísimo esfuerzo. No necesitamos hacer ese intercambio de información que hacen las hormigas.

Pero, como todo lo complicamos, también evolucionamos para añadirle sentimientos a las palabras. Y allí es donde la cosa se vuelve menos fácil. Quiero pensar que puedo seguir pidiendo lo que quiero, sin ofender. No siempre se logran juntos.

Tomar decisiones

Resulta que uno no distingue entre lo grande y lo pequeño cuando se trata de gastar energía y tomar una decisión. Puede ser tan agotador elegir la ropa de ese día como escoger pareja. Y es que el proceso es el mismo. Igual que levantarse para hacer ejercicio o para ir a comer un helado.

Los cerebros de los humanos son increíblemente complejos. Pero su función más sorprendente es que tratan de ser lo más eficientes posibles. Incluso sólo recuerdan lo que necesitan recordar. Por eso es que no tenemos memorias de nuestra primera infancia, porque estábamos más ocupados en aprender cómo aprender que en crear memorias vívidas. Menos mal. No quisiera tener recuerdos de necesitar cambio de pañal.

Cuando hacemos una rutina y la implementamos sin chistar, nos quitamos el peso de la toma de decisiones diaria y le damos un respiro a nuestro cerebro. Por eso los hábitos determinan más nuestras vidas que los grandes gestos y lo cotidiano hace más las relaciones que las fechas especiales. Tomar decisiones todo el tiempo es imposible. Hacerlo una vez y no cuestionarlo, es más fácil.

No quiero otro

Si tuviera otro corazón, tal vez

o menos años y menos recuerdos

o más amnesia, menos cicatrices

si quisiera otra vez, tener otra vez

preferiría terminar antes que lo hicieras tú

y no tener que volver a empezar.

Sin subtítulos

Hay un fenómeno en la tele que me dificulta entender los diálogos sin subtítulos. Tal vez estoy mal de los oídos. O el audio no corresponde con la fidelidad que se necesita. Pero algo pasa y no comprendo.

Hay personas que sería ideal vinieran, no con subtítulos, sino con traducción. Porque no se les entiende lo que quieren decir. O lo ocultan.

Yo hablo claro. Y no siempre me creen. O les molesta. No puedo hacer mucho.

Puedo dejarlo para después.

Esa frase sólo es buena para enojarse. Eso sí lo puedo dejar para después. Todo lo demás… las tareas, especialmente. Porque las cosas se acumulan y luego no es una, son siete y así sí no hay ganas. Como la vez que se acumularon cincuenta camisas por planchar.

Si uno deja lo aburrido para después, se multiplica. Lo bueno a veces también, por eso se llama gratificación diferida. Pero ésta sólo viene cuando salimos de lo necesario primero.

A veces no me dan ganas de escribir y me recuerdo que me toca lavar, cocinar, ver niños y que, probablemente, tendré otro espacio hasta la noche. Y a esa hora ya sólo quiero dormir. Igual con las camisas. No me vuelve a pasar.

Lo de todos los días

La rutina tiene una mala reputación, como si fuera malo ser consistente. Lo malo es siempre hacer cosas que no sirven. Los horarios y la cotidianeidad son lo que hacemos todos los días. Y allí es en donde se nos va la vida.

Hay estudios que demuestran que vale más ser perseverante que talentoso. Que la gente aprende a base de repetición y que la parte aburrida es la que ayuda a divertirse más tarde. La misma fuerza de voluntad no es ilimitada y es mejor tomar una decisión una sola vez y no pensarla, salvo cuando se hace un recuento de los resultados.

Para mí lo clave es que lo que hago todos los días define quién soy. Tal vez nadie recuerde cuando muera que los martes lavaba la ropa y los jueves planchaba. O la hora a la que me levantaba. Y no importa. Pero es lo que hace que sea yo y espero que de mí sí se acuerden.

Soñé que…

Tal vez lo único más aburrido que escuchar los sueños de otra persona, es ir a las clausuras de hijos ajenos. Entendamos que los sueños son una forma subconsciente de terapia en la que somos todos los seres que encontramos y que lo que nos decimos es para nuestro propio entendimiento.

Hay una teoría que habla de la posibilidad de una mente bicameral en una etapa anterior a la del desarrollo cerebral presente. Ésta propone que el ser humano tenía pensamientos que no identificaba como propios y que de allí creía que tenía comunión con los dioses, ya sea por medio de sonidos, visiones o los mismos sueños. Así, todo era un portento. Ahora no creemos eso y las interpretaciones ya no se las pedimos a los oráculos sino a los psicólogos.

En realidad, creo que es indiferente si los mensajes son sobrenaturales o propios, el punto es que nos hablan de cosas que necesitamos saber. Hay que ponerles atención, entenderlos si se puede y examinar qué nos queremos decir. Y no contarlo como si fuera la mejor novela de suspenso.