Conocer los procesos

Hay que saber hacer una receta bien. Seguirla hasta el último paso. Entenderla. Y hasta después decidir cambiarla. Los fundamentos de las cosas son las letras de la vida. Uno puede escribir cualquier idea, mientras las palabras sean inteligibles. De allí por qué se pueden hacer libros de cosas que no existen.

Los procesos, los rituales, las rutinas, les han ofrecido a los seres humanos la manera de dibujar los planos de la civilización. En uno de los libros de Harari, él elucubra incluso que la agricultura surge de la necesidad de alimentar a trabajadores en la construcción de centros religiosos. Primero el ritual.

El problema, como siempre, viene cuando nos comemos la imaginación en nuestro afán de replicar las recetas al pie de la letra. Quedarnos estáticos demuestra que no conocemos bien los fundamentos, porque no son un límite. Más bien son ladrillos inacabables con los que podemos seguir agregando pisos. No importa si el edificio se rompe eventualmente, si sabemos construir, hacemos otro. Y si sale fea la comida, probamos de nuevo.

Saber y hacer no son lo mismo

Las emociones son unas gotas de mercurio que se escabullen entre las manos. Una buena forma de medir nuestro estado de salud. Y muy tóxicas, letales, si no sabemos manejarlas. Se puede pasar uno la vida entera tratando de no dejarse llevar por ellas.

Los seres humanos, lo que nos distingue entre otras cosas, es la capacidad de tener un espacio de tiempo entre lo que sentimos y lo que hacemos. Ese tiempo de reflexión nos permite tomar decisiones que respeten nuestras emociones, sin causar daños irreparables. Ayuda mucho estar consciente de qué es el viento que lo empuja a uno y hacia qué lado verdaderamente queremos apuntar el barco para que no naufrague y nos lleve hasta el fondo. Pero saber no es lo mismo que hacer y allí es donde vale la pena ejercitar la voluntad.

Me cuesta mucho no envenenarme con mi propio mercurio y trabajo a diario en ello. La empatía ayuda, la meditación también. En este año que comienza, quisiera que todos pudiéramos agrandar el espacio de reacción. Sería un buen paso hacia una mejor convivencia.