Quince años más tarde

He estado con cosas pendientes desde hace quince años. No ha sido desidia, pero sí negación. Cuando lo pensaba, quería olvidarlo. En particular ponerle una placa conmemorativa a mis papás. Hay algo de finalidad simbólica que dejé pasar. No hay muchas excusas, pero tampoco tengo que dárselas a nadie. Sólo a mí.

Hay una falta de lógica en todo esto y creo que no la voy a buscar. Al menos no me es necesario en este momento. Sí siento una especie de alivio con el cierre de esto. También es cierto que la vida puso en mi camino a personas maravillosas que me ayudaron a solucionar algo que pudo ser complicado y que se resolvió con una llamada.

No puedo asegurarme a mí misma que no vuelva a dejar cosas pendientes. La bodega llena de telas me pesa como elefante. Junio será el momento para que alguien más la arregle. No quiero que lo hagan mis hijos y lo dejen estar quince años más.

Aceptar sí

Vivo con el “no” en la boca: no, no puedes quedarte despierta toda la noche, no, no puedes cenar papalinas, no, no puedes no estudiar. Hay muchos nos qué decir, porque me toca poner límites. Cansa un poco. Se van agotando las ganas como un pozo que no se rellena.

El otro peligro es que se me olvide cómo decir que sí y mate la alegría de hacer cosas fuera de lo de siempre. Sí, quédate más tiempo conmigo, sí, comamos algo rico, sí, seamos suaves. Tal vez lo que más me cuesta en este mundo es la suavidad y esa sólo se logra en el sí.

Espero aprender antes que se me agote el tiempo de bailar sin preocupaciones.