Creer en lo absurdo

Sólo es necesario creer en las cosas que no se ven. En Dios o lo que pongan en su lugar, en la Justicia, la Verdad, el amor. Se necesita creer. Con todas las fuerzas para darle sustancia a lo que no existe en el plano del meter los dedos en la llaga. Yo sé que siento amor, no lo puedo meter en una caja para darlo.

Nos queda sólo demostrarlo. De forma en que el interlocutor lo entienda. Lo sienta como propio. Todas esas cosas importantes, al momento de enseñarlas a los niños por ejemplo, se convierten en un ejercicio de dibujo en la oscuridad. Yo quiero pensar que les estoy demostrando lo que siento, que les enseño la importancia de decir la verdad, que les estoy dando un lugar cálido. Pero es más cuestión de cómo lo reciban ellos.

Creer, lo que implica estar seguro que eso que no se puede palpar es cierto, es exclusivamente humano. Somos capaces de perder la vida por abstracciones, de perseguir un ideal sin forma. De ir a la guerra.

Todas las creencias, en ese sentido, son absurdas. Pero la lógica tiene límites, no todo es racional. Seríamos, allí sí, un mundo completamente absurdo si sólo actuáramos conforme a lo que vemos.

Las frases memorables

La Historia está escrita en frases memorables, desde ordenar que se haga la luz y seguro alguien la terminará con un “fin”. Los momentos que ameritan decir “la suerte está echada”, “tú también, Brutus”, “el estado soy yo” y tantas otras que nos sitúan en su época, son la conclusión de una serie de eventos y pensamientos previos a los que no tenemos acceso.

Me pasa frecuentemente que suelto el final de un camino que ha recorrido la idea en mi mente como si el otro lo entendiera. Y no.

Pocas cosas como la claridad. Es mejor explicarse de más a ser malinterpretado. Al final, uno no es un personaje histórico conocido por sus frases.