Ubicarse en el momento

Trato de hacer meditación todos los días. Con varios grados de falta de éxito, porque siempre termino durmiendome. Probablemente no ayuda el hecho que me enchamarro y me acuesto para meditar, pero esos son detalles mínimos.

A pesar de lo rico que me cae, me cuesta decidirme a hacerlo. Porque requiere que deje de hacer todo lo que me consume y le dedique tiempo sólo a eso. Implica dejar el celular, la compu, el libro y hasta el pensamiento necio que no sale de la rueda en la que trota el hámster de mi cerebro.

Estar «en el momento» es como tener una mano abierta debajo de un chorro de agua sin pretender atraparla. Igual no se puede. Sólo hay que disfrutar la sensación del agua que le corre a uno entre los dedos. El agua, el elemento en sí, es el mismo, pero no son las mismas gotas. Aprender a estar allí, dejando fluir lo que pasa, sin cambiar uno su esencia, pero sí impregnándose de lo que le rodea a uno.

Es muchísimo más fácil escribir acerca de eso, incluso de forma que pareciera que uno lo entiende, a hacerlo. Pero lo intento. Escribir, meditar, correr, nadar, cocinar… cosas que me necesitan y a las que me puedo entregar para hacer bien me ayudan a estar un poco más cerca de quedarme en ese momento fluido.

O simplemente es que me duermo y no me fijo.

Que sirva de algo tener más años encima

Cada libro que he leído me ha exigido algo diferente. Hay autores que se pasan fácil, como un trago de agua pura en un día caluroso. Hay otros que es necesario tener el paladar más acostumbrado, porque son mucho más complejos. No se trata de que sean mejores unos que otros, es simplemente que necesitan resonar con cosas diferentes dentro de uno mismo.

Me pasó con Flaubert, por ejemplo. Leí Madame Bovary de adolescente y, la verdad, la detesté. Sigo pensando que la protagonista es una persona tonta y me cuesta muchísimo tenerle empatía. Decidí que no me gustaba ese autor. Hasta que leí un par de cuentos de él. El problema no era lo que había escrito. Era que yo no tenía la experiencia de los años para entender una historia emocionalmente compleja escrita de una forma simple, sin juzgar.

Es mucho más fácil enfrentarse con la vida creyendo que uno ya se las sabe todas de todas y juzgando a la gente a nuestro alrededor. Pero, sufrir un poco (o mucho), querer sin medidas, pasar decepciones, sentir dolor, emocionarse sin complejos, todas esas cosas que se aprenden a hacer cuando uno entiende que para eso es la vida, amplía la posibilidad de encontrarse con cosas agradables.

La juventud tiene el atrevimiento de la ignorancia, pero también está llena de miedos porque no conoce sus propias fuerzas. Lucir arrugas ayuda a conocer las profundidades del alma y a saber que uno es capaz de aguantar muchas cosas. Y que no lo sabe todo. Y que puede disfrutar cosas que no son del todo agradables. Como libros sin finales felices.

Aprender a no dar lecciones

Tener hijos le enseña a uno a que no sirve de nada saber. Hay cosas que tienen qué vivir por sí mismos y no hay forma de hacerlo diferente. En casa no les decimos mentiras, ni siquiera para Navidad, lo que nos ha ganado la antipatía de propios y extraños por igual. Eso les ha enseñado a los niños a sentirse seguros de nuestra sinceridad, a apreciar el valor de ser honestos y a poner la carita de inocentes para que se las miren amigos más «avispados».

Transmitir conocimiento duro, de hechos, es sencillo. Los datos son irrefutables. Los cálculos matemáticos son comprobables. Las experiencias sólo son ilustrativas. ¿Cuántos de nosotros realmente hemos decidido no meternos en un problema porque otro ya tuvo el lío? A veces necesitamos pequeñas decepciones y avisos de peligros que no son fatales para tomar mejores caminos. A veces ni así aprendemos y, viendo venir la pared contra la que nos vamos a estrellar, aceleramos.

Como mamá, sólo puedo decir que allí está el peligro y retirarme a ver si deciden parar, o si me va a tocar ayudarlos a recoger los pedazos. Y, lo último, sólo si me dejan. Es muy difícil, porque me gustaría que nunca sintieran dolor. Pero, aunque su dolor me duela más que cualquiera mío, se tienen que estrellar de vez en cuando.