El Disfraz

De pequeña, detestaba que mi mamá me disfrazara de payaso. Tengo memoria táctil de la sensación de la pintura en mi cara. Todo me picaba: la nariz, los ojos, los cachetes. Guácala. Ponerme vestidos de princesa ya era otro cuento. Los vuelos, los encajes, pelucas, lunares postizos y demás micadas me quedaban como anillo al dedo. Aún ahora, hay ropa con la que me siento disfrazada, maquillaje que me pica, zapatos que me lastiman. Admiro profundamente a las mujeres que salen a la calle todos los días como que las acabaran de estrenar. Lo he tratado de hacer. No puedo ni peinarme. En cambio, cuando me tocaba negociar con señorones contratos importantes y me ponía mis trajes de abogada (negros, siempre negros, pantalones, camisas, pelo agarrado, ojos pintados), me sentía poderosa y no importaban los años ni el pisto que me sacaran.

Hay una diferencia esencial entre vestirse para ocultarse y vestirse para reforzarse. Seguir modas, sólo porque lo son, lo hace a uno perderse entre trapos que ni le quedan bien, ni le gustan a uno. Ponerse una máscara para esconderse detrás de ella termina haciéndonos olvidar quiénes somos. A veces hasta una sonrisa falsa sirve de antifaz. Y no nos damos cuenta en qué momento nos desvanecimos.

La ropa que usamos, las palabras que decimos, los sentimientos que demostramos, todo debe ayudarnos a sentirnos poderosos, auténticos, más nosotros y mejores.

Sentirse todos los días como un superhéroe, salvando al mundo con cada una de nuestras acciones, por más pequeñas que sean, así debe comenzar la vida. Y, los superhéroes no usan disfraces, nos hemos equivocado. Usan armaduras. La mía ahora consiste en Keds y jeans y T-shirts de mamá, karateguis, piel. Y me siento poderosa.

Los peligros del amor

No es que te devuelvan el corazón hecho pedazos,

es que se lo queden para siempre.

No es que no puedas vivir sin ellos,

es que no vas a querer hacerlo.

No es que te hagan sufrir,

es que te hacen más feliz.

No es que engañen,

es que te cumplan.

El amor es el arma más peligrosa, no porque mate, sino porque te hace vivir.

Una vez lo pruebas, sabes que no hay otra forma de ser humano.

El amor te atrapa sin amarrarte.

Y, en esa permanencia voluntaria, estás más libre que estando fuera.

Alimentar el Egoísmo

Muchas veces dejé de hacer cosas por «pena». Pena a verme ridícula, a verme mal, a no hacerlo bien… Pena a ponerme alguna ropa porque se me iba a notar la lonja. Pena a dejar una mala relación, porque quién más me iba a querer. Al fondo de esa caja de pena, estaba mi baja autoestima, obvio. Y, cuando quería salir de allí, la solución era igualmente obvia: tenía que «trabajar en mi autoestima.» A ver, si a ustedes les han dicho eso, ¿no se han quedado con cara de grillos? Eso de trabajar en el autoestima, así nomás, suena como una invitación a un Box de Crossfit.

La autoestima, el poder medir el valor propio de una forma objetiva y positiva, es una medida de inteligencia emocional, así como la empatía que tanto me cuesta. Es quererse uno lo suficiente como para no ponerse en situaciones que le hagan daño a uno, voluntariamente. Es gustarse y querer estar con uno mismo. Es ser un poco egoísta.

Pero todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Hasta hace unos días, no hubiera podido darles una idea más clara que toda esa serie de platitudes del párrafo anterior. Pero, en un podcast de los de Nerdist, Chris Hardwick entrevista a Rob Lowe y este último le dice que al fin escuchó algo concreto para construir la autoestima: «hacer cosas que nos den estima (valor) de nosotros mismos.»

Lo dejó allí y siguieron hablando de muchas cosas más, pero a mí me quedó eso rondando en la cabeza. Y es que se me encendió el foco tan claro, que casi me parece haber tenido una epifanía: el valor de uno mismo se construye con las cosas de las que uno se siente orgulloso. Y eso implica comportarse de forma íntegra y consecuente en todo lo que uno hace, desde el tráfico, hasta la cama. Si logramos tener una vida de tal forma que podamos compartir cada parte de ella sin vergüenza, allí encontramos nuestro valor. Por supuesto que hay cosas que uno se reserva, pero no debemos confundir intimidad con secreto. Yo no tengo relaciones sexuales con mi marido en público, porque es un acto íntimo. Pero no me da la menor vergüenza que el mundo entero sepa que las tenemos. (Mis hijos no nacieron por osmosis.)

No es tarea fácil, pero me queda la satisfacción de saber que está en mis manos. Es mía. Y de cada uno.

Historias de Terror

Hace 15/20 años, yo tenía una obsesión con Stephen King. Dejé pocos libros de él sin leer. Novelas, cuentos, ensayos, lo que fuera. Me parece que es uno de los mejores narradores de nuestra literatura moderna. No he leído a otro que mueva la acción de la misma forma. Su capacidad de describir situaciones completamente fantásticas y que el lector sienta que está allí, matando vampiros, huyendo de fantasmas, cazando payasos asesinos, es formidable. Yo lograba sumergirme por completo en los horrores que describía y pocas veces me pareció que era mucha la sangre o el terror.

Hasta ahora. Hace dos años leí dos de sus nuevas novelas y, a pesar de no ser de «miedo» como tal, el tono pesado y agobiante me dejaron perturbada. Me parecieron igual de bien escritos que antes, mejores si es posible, pero me costó sacudirme la angustia que me hicieron sentir. Ahora, por macha, cuando me pidieron que recomendara el libro de octubre para el programa (La Ciudad de los Libros), propuse «It» sin titubear. Arrepentida estoy. Esa vaina me va a reiterar que no hay payaso bueno, que la infancia está llena de terrores y que mejor si duermo con la luz encendida.

El libro sigue encantándome. Es fantástico, está escrito magistralmente, los personajes son accesibles y uno se involucra emocionalmente. Y ese es el problema.

Hace 20 años, yo necesitaba escaparme de mi realidad y algo así de fascinante como las historias de King eran el túnel perfecto por dónde huir. Mientras más perturbadora la existencia alterna, mejor. Porque me daba un poco de comparación favorable a lo que me tocaba hacer todos los días, tal vez.

Ahora, mi vida es diferente. No necesito irme a otro lado para estar feliz. Y todo comenzó cuando aprendí a estar feliz conmigo misma. Mi realidad interior está lo suficientemente bien como para no querer cambiarla por una ficticia y menos por una ideada por don Stephen.

Pero ni modo. Ahora tengo que terminar el mentado libro. Ya sé cómo termina y aún así me está estresando. Creo que hoy duermo con una linterna.

La Llaga Abierta

Pareciera que no hay un término medio: o uno es una llaga abierta, sensible a cualquier roce que reciba, o se tiene escamas de dragón, completamente impenetrables. Tiene qué ver con la confianza, un bebé por algo es suavecito y un niño lleva sus sentimientos a flor de piel, los cuáles parecieran explotar con la adolescencia. Por algo duele tanto, todo, cuando está uno en esos años delicados. La vida (y las muladas que hace uno), se encarga de irnos haciendo cayo. Y pareciera que sólo nos quedan dos caminos: o dejamos de sentir por completo, nos cubrimos de una armadura que nos protege, pero que no deja pasar ni un rayo de sol; o andamos como babosas sin caparazón, arriesgándonos a morir con el menor grano de sal que nos caiga encima.

No me gusta ninguna de esas dos opciones. Creo que hay que aprender a cubrirse de los ataques externos, pero que también hay que arriesgarse y poner la carita. Si no somos vulnerables y dejamos ir ese aparente control, nunca sentimos. La medida del amor que estamos dispuestos a recibir es proporcional al dolor que estamos poniendo sobre la mesa. No aventurarse y dejarse conocer en lo más suavecito y tierno, es no dejar que nadie se nos acerque. Es vivir una vida solitaria. Y es que los blindajes no nos quitan lo tiernito, no cierran la llaga de nuestros sentimientos, sólo la cubren y, a veces, la infectan.

Hay que abrirse, con sentido común. Es bueno dejar entrar el aire y el sol y sí, va a doler de vez en cuando, pero vale la pena.

Encontrar en Dónde Perderse

Quedarse horas trabajando en algo y no darse cuenta del paso del tiempo, o platicar con alguien hasta que amanece, o meterse tanto en un libro que se cambia de universo, son las cosas que alimentan nuestras almas. Todos tenemos pasiones que nos hacen olvidarnos de lo que nos rodea, eso que nos vuelve la vida más real, aunque sea por una fantasía. Yo sólo tengo que agarrar aviada con una buena historia y ¡adiós LF! Ahora me pasa lo mismo escribiendo, aunque aquí paro hasta que me vacío totalmente de lo que me incomoda y tengo que sacar. Ver a mis hijos concentrarse en un dibujo, en un libro, hasta en una película, es saber que están ampliando sus universos.

Nada es tan real como lo que pasa en nuestros cerebros, allí traducimos el mundo que percibimos con nuestros sentidos, a imágenes, sentimientos, ideas. Poder alimentar esa parte de nuestra humanidad nos aleja de la inmediatez y nos acerca a nuestro potencial.

No se trata de escapar, se trata de complementar. Allí donde uno se olvida de uno mismo, es donde encuentra su esencia. El poder abstraerse de los pensamientos que nos llenan de ruido y concentrarse en una sola cosa. Allí vivimos más plenamente.

Después, cuando salimos a respirar a la superficie, regresamos repletos de nosotros mismos y ya nos podemos compartir. Aunque, ahorita que estoy leyendo Stephen King, no sé si alguien quiera.

Descansar

No puedo pedirlo.

Quiero darme una pausa, pero la vida continúa.

Y es la vida que quiero.

Parar. Lo que no crece, se muere. Mejor no parar.

Pero tampoco vivir en el más allá del presente.

Hasta desconectarse, esa palabra tan usada ahora, implica una renuncia.

Prefiero seguir, fijándome en lo que está a mi alrededor, pero seguir avanzando.

Implica dejar atrás lo que no me ayuda a crecer.

Y está bien. No sólo quiero acumular dígitos a mi edad.

Entonces. No paremos. Sigamos.

La Vida Después

Cuando a uno le preguntan de niño «¿qué vas a ser cuando seas grande?», generalmente es qué profesión quiere. Obvio, yo a los 5 años quería ser pediatra en la mañana y veterinaria en la tarde. Cómo les cuento que ni me gustan los animales y que los niños que me gustan son los míos propios de mí. En fin. A esa corta edad, daba igual una persona (viejo) de 20 que una de 40, que una de 60. Hay tanta diferencia de kilometraje, que no se puede diferenciar y el «cuando sea grande» no va mucho más allá de la mítica universidad que aparece como un espejismo al final del desierto del colegio (son más de 14 años de escolaridad para graduarse, si contamos los prekínderes y demás vainas).

Resulta que uno se gradúa de la universidad y ya es «algo». ¿Será? Yo soy Abogada y Notaria, con una maestría. Mejor dicho, eso estudié. Ahorita, lo que soy es una señora de casi 40 años con dos hijos, tres gatos y casi 10 años de casada. Pero tampoco. Soy escritora, editora, cantante frustrada. Pero tampoco. Y no importa, no me estoy tratando de encontrar a mí misma, me tengo bien ubicada. Hago cosas diferentes, dependiendo de las circunstancias exteriores, pero soy yo, esa de adentro, la que necesita mejorar muchas cosas pero es la misma, siempre. Y estoy muy contenta así.

Hay vida después de «ser grande», así como hay matrimonio después de la boda y pareja después de los hijos. La clave está en saber que un hito temporal es sólo eso, temporal y que hay que tenerse bien medido para aguantar lo que reste de nuestras vidas. Y todavía no soy «grande».

Platiquemos

Sentarme a platicar de cosas que me gustan, a veces es como abrir un dique y no poderlo cerrar. La mitad del problema es escoger un tema y es que, para hablar, el entusiasmo no me falta. Así es alegre juntarse con otras personas, cuando hay tema de conversación. El tiempo (y las botellas) fluyen, hoy se convierte en mañana y uno resulta destrozado pero feliz.

Creo que uno como humano tiene la obligación de alimentarse de información que le parezca interesante. Es la forma más fácil de resultar uno mismo interesante. Así se aporta a la sociedad de la que uno se rodea.

Pero resulta que las personas que más se empeñan en demostrar todo lo que saben, son a las que menos se les acercan. A nadie le parece agradable escuchar a alguien que no se calla.

Me ha costado mucho aprender ese arte de la escucha activa, ésa que está atenta a lo que me quieren contar, mientras aporto con lo (poco o mucho) que sé. Hay muchas otras formas de desahogarse, escribir es la más evidentemente mía.

El Deseo

Todos anhelamos cosas que no poseemos en este preciso instante: un pedazo de pastel, un viaje futuro, un par de zapatos. No todo lo que queremos tener es beneficioso, pero el impulso por obtener lo que se desea es bueno, nos hace levantarnos. Y tampoco es malo movernos por tener cosas materiales, al fin y al cabo, es mejor estar vestido, comido y techado, que no estarlo. Sin embargo, conforme voy avanzando en el calendario, he dejado de querer cosas tangibles y me encuentro necesitando más de todo eso que no se puede medir.

No se me ha vuelto más fácil la vida por eso. Al contrario. El querer un carro específico y obtenerlo es muy sencillo de cuantificar: lo busqué, lo encontré, lo obtuve. Ponerle sustancia a las cosas que uno ambiciona es la forma más clara de saber si uno tiene éxito. El problema viene cuando lo que uno quiere es real, pero abstracto. Yo quiero criar a mis hijos de manera que tengan las herramientas para tomar buenas decisiones. Quiero hacer una diferencia en las personas a mi alrededor. Quiero cultivar mis amistades y rodearme de gente que me haga ser mejor. Quiero descubrir y desarrollar más talentos.

Mi vida sería mucho más tranquila si lo único que deseara fueran cosas. Y no es que no me hagan ilusión un buen par de pantalones nuevos. Es que eso ya no es lo que me mueve.