De pequeña, detestaba que mi mamá me disfrazara de payaso. Tengo memoria táctil de la sensación de la pintura en mi cara. Todo me picaba: la nariz, los ojos, los cachetes. Guácala. Ponerme vestidos de princesa ya era otro cuento. Los vuelos, los encajes, pelucas, lunares postizos y demás micadas me quedaban como anillo al dedo. Aún ahora, hay ropa con la que me siento disfrazada, maquillaje que me pica, zapatos que me lastiman. Admiro profundamente a las mujeres que salen a la calle todos los días como que las acabaran de estrenar. Lo he tratado de hacer. No puedo ni peinarme. En cambio, cuando me tocaba negociar con señorones contratos importantes y me ponía mis trajes de abogada (negros, siempre negros, pantalones, camisas, pelo agarrado, ojos pintados), me sentía poderosa y no importaban los años ni el pisto que me sacaran.
Hay una diferencia esencial entre vestirse para ocultarse y vestirse para reforzarse. Seguir modas, sólo porque lo son, lo hace a uno perderse entre trapos que ni le quedan bien, ni le gustan a uno. Ponerse una máscara para esconderse detrás de ella termina haciéndonos olvidar quiénes somos. A veces hasta una sonrisa falsa sirve de antifaz. Y no nos damos cuenta en qué momento nos desvanecimos.
La ropa que usamos, las palabras que decimos, los sentimientos que demostramos, todo debe ayudarnos a sentirnos poderosos, auténticos, más nosotros y mejores.
Sentirse todos los días como un superhéroe, salvando al mundo con cada una de nuestras acciones, por más pequeñas que sean, así debe comenzar la vida. Y, los superhéroes no usan disfraces, nos hemos equivocado. Usan armaduras. La mía ahora consiste en Keds y jeans y T-shirts de mamá, karateguis, piel. Y me siento poderosa.
