Universos Paralelos

Hay muchas cosas que no abarca mi cerebro: no puedo dimensionar el infinito, se me escapa del entendimiento la eternidad. Nuestras mentes tienen límites, por lo que es casi imposible captar conceptos que no los tienen. Pero el concepto abstracto que más me fascina y menos entiendo es el de la teoría de la «n» dimensión en la física. Parece más una novela de ciencia ficción, unida a filosofía y un buen trip de fármacos psicotrópicos. El universo en el que vivimos no es lo suficientemente complicado para los científicos, no. Necesariamente tienen que explicar nuestra existencia con universos paralelos. Y es que, se supone, hay tantos universos como infinitos y se replican y existen en diferentes planos, concurrentes al nuestro.

Yo tengo una teoría: los universos paralelos los creamos cada vez que tomamos una decisión (obvio que no soy la primera persona en pensar así). En cada momento de nuestras vidas, lo que escogemos determina hacia dónde vamos. Abrimos unas puertas y desechamos otras. Y ni siquiera estoy tomando en cuenta el azar, ése sólo sirve para ponernos frente a opciones. Puedo recordar con claridad los momentos en los que mi vida tomó un rumbo muy marcado, para bien o para mal. El día que decidí dejar una relación que sólo me sacaba lo peor, retomé el camino hacia donde estoy ahora. Dejé a una persona insegura, vacía, infeliz en ese cuarto. Mis pesadillas me la recuerdan y despierto dando gracias a Dios de ver a otra gente en el espejo.

Nosotros hacemos nuestros propios universos. Y vivimos en el que escogemos. Yo estoy en uno que me gusta.

Te Recuerdo

Que te amo aunque no lo diga siempre.

Que me gustas aunque no te me tire encima.

Que me caes bien aunque me estés cayendo mal en ese momento.

Que te admiro aunque te señale tus defectos.

Que te respeto aunque te moleste.

Que te deseo aunque me quede dormida.

Te recuerdo que eres mío, que soy tuya y que estamos juntos hasta que el cuerpo nos dé y más allá.

Hacer Amigos

Mis recuerdos del colegio son escasos y desagradables. Tengo aún menos amigos de esa época. Irónicamente, es cuando más me he esforzado en caer bien. También es cuando menos me he agradado a mí misma. No tenía personalidad propia, no estaba feliz con lo que miraba en el espejo y cambiaba de parecer como veleta al viento.

Las personas tenemos necesidad de pertenecer a un grupo. Es parte de nuestro código de supervivencia, transmitido desde los tiempos de las cavernas, cuando el grupo cuidaba del individuo. La amistad, el amor, hasta la familia, surgen como herramientas para prolongar la existencia. No es lo mismo enfermarse solo, que entre más personas que tienen interés en que uno viva. Y así con todo: mujeres embarazadas o recién paridas, ancianos, niños pequeños.

En nuestra modernidad, la pertenencia es parte de nuestras necesidades psicológicas. Pero, como en todo, hasta eso lo hacemos difícil. Resulta que, si una persona busca desesperadamente que la quieran, porque no se quiere a sí misma, es probable que sea el recha más grande del grupo. A nadie le cae bien quien no se cae bien ni a sí mismo.

Cultivar el cariño propio es la forma más segura de obtener el de los demás. Es una lección que aprendí después de muchos momentos de soledad en los que tenía dos opciones: o sumirme en la depresión, o disfrutar de la compañía. Gracias a Dios, elegí la segunda. Ahora, el espejo me enseña alguien que me cae bien. Al parecer, eso mismo piensan mis amigos.