Me quedé dormida como niña pequeña, boca abajo, abrazando una almohada. Seguro fue el helado que vine a rematar con un banano. Me despertó la posición extraña (duermo boca arriba, como vampiro) o el ruido del niño tirando una pelota en el jardín. Los domingos tal vez son espacios que voy recuperándole al año este, que tanto nos ha quitado. Imagino que la falta del paseo, la comida en casa, el helado de ventanilla, son preferencias, no imposiciones y que la vida transcurre normal.
Despertar a media tarde, con pocas horas de sol por delante, se siente como una pregunta: ¿sigo de largo hasta mañana o intento regresar a este día? Igual sé que sería imposible dormir las horas que distan hasta el sonido de pájaros de mi alarma. Y, aunque no tengo ni asomo de hambre, al parecer aún queda una comida en el día.
Así que recojo lo que me queda del domingo junto con el teléfono y el libro que casi termino y bajo a decir que cada uno encuentre qué va a cenar. Mañana regresamos a la rutina auto-impuesta para darle alguna forma al tiempo de gelatina que tendremos. Tal vez aún pueda comer un pedazo de pizza.
