Motivaciones

Muchas veces soy paciente porque sé que me conviene: cuando dejo de gritarles a los niños para que me hagan más fácil caso, cuando no llamo a mi marido a media mañana porque sé que me va a prestar más atención a la noche…

Ejercer una virtud tiene gracia por sí mismo. Todo el mundo debería ser paciente, amable, educado, honrado, leal, por serlo. Pero no funcionamos así. Los seres humanos hacemos las cosas que mejor nos convienen. O, por lo menos las que pensamos que nos convienen.

El problema es que a veces ni siquiera identificamos exactamente qué es lo que necesitamos y menos si es a largo plazo. ¿Para qué voy a dejar el sillón cómodo y hacer ejercicio cansado? ¿Por qué me voy a contener el insulto si ahorita estoy enojado? ¿Cuál es la gana de decir la verdad si me va a caer?

Parte de madurar es poder crear nuestras propias motivaciones para ejercer virtudes. Eso a la vez se traduce en mejores relaciones, vidas interiores más sanas y momentos de felicidad más seguidos. Claro que no siempre funciona y mis hijos reciben el chillido-rompe-tímpanos de vez en más seguido de lo que quisiera. En fin.

Doble Cara

Ejercitar una virtud no es difícil. Es no caer en el vicio que la acompaña lo que se vuelve complicado. La sinceridad se puede volver grosería. La disciplina se puede volver obsesión. La búsqueda de mejorar se puede volver compulsión por la perfección. El autoexamen se puede exteriorizar en ser juzgón. Y lo peor no es sólo encontrarle el defecto a la virtud. El verdadero problema es que muchas veces lo contrario de algo bueno no es algo malo. Es algo igualmente bueno y uno tiene que escoger entre ambos. Como cuando de chiquito le hacían a uno la estúpida pregunta de a quién quería más, si a su mamá o a su papá.

A mí me gusta inclinarme por la justicia. Mi profesión, mis preferencias, mi personalidad, todo, me facilitan ser ecuánime y rígida. Tiendo a ver el mundo en blanco y negro y me cuesta muchísimo ver los colores que bailan en medio. Pero la justicia sin misericordia es poco humana. Nuestra capacidad de adaptar una regla a la circunstancia de cada persona nos acerca a nuestro propio ser y nos ayuda a encontrarnos en los demás. Es algo que se me complica. Sobre todo cuando trato de encarrilar a mis hijos. En primer lugar, porque no les tengo consideración especial por ser «pequeños». Son personas y, aunque no tienen todo el alcance de un adulto, sí deben afrontar las consecuencias de sus actos: lo botaste, lo recoges. Lo rompiste, no te voy a comprar otro. Lo ensuciaste, lo limpias. Así mandé a la niña 6 meses al cole con la lonchera rota, porque le duró intacta lo que tardó en sacarla por primera vez de la casa…

Luego me recuerdo que los amo, que a veces necesitan un abrazo antes de un regaño, que probablemente me van a escuchar más fácilmente si les hablo en tono amable y me siento desgarrada entre dos virtudes que no sé cómo combinar.

La genialidad se esconde en ese término medio. Yo estoy muy lejos de ser genial.