Tomarse vacaciones

En algún momento estuve en una mala relación, culpa de ambos, obvio. Lo divertido era que, si estábamos de viaje, la cosa no iba tan mal. Claro que cuando regresábamos a la normalidad, todo se iba rápido y en bajada al carajo.

Las vacaciones sirven para despejar la mente del trajín del día a día, no para escapar de la realidad. Porque la realidad es jodida y lo recibe a uno de vuelta, aún más en pelota de lo que la dejamos. Todas las relaciones se benefician de un período concentrado de atención, que sirve para afianzar lo que ya está. Pero algo tiene que haber antes. No es precisamente al lado de una piscina que se arreglan problemas de pareja de esos gruesos.

El convivir de cerca acentúa todo lo que uno tiene. Es muy difícil esconder el carácter con la persona con la que se comparte el baño. Por eso es que si existe algo que arreglar, se hace en el diario vivir.

A mí, ahora, me sigue encantando viajar. Dejar de escuchar los «mama, mama, mama» de vocecitas persistentes, ordenar casa, arreglar comidas… Pero siempre quiero regresar. Y eso vale más que cualquier vacación.

El Miedo a Cumplir los Sueños

Siempre he querido un gato negro peludo. Ha de ser la vocación de vieja bruja que dicen que llevamos todas las mujeres dentro. O que, simplemente, son hermosos. Hace unos meses rescatamos a un gato de un tragante que tiene de negro y peludo lo que yo tengo de colocha y morena. O sea, nada. Es lindo, pero es corrientemente lindo. Y justo cuatro meses después, una amiga postea una foto de una gatita negra y peluda que necesita dar en adopción, porque la mamá llegó a parir a su garage junto con otra gata y ya parecen refugio de mascotas.

Y allí me tienen, con la posibilidad de cumplir un deseo, justo al alcance de mi mano. Con más dudas que noviecita en su primera noche.

Cada vez que estamos cerca de cumplir un sueño, por pequeño que sea, dudamos. Es como que si nos diera miedo que la realidad no cumpliera las expectativas que nos hemos construido en la imaginación. Y está bien. El mundo exterior pocas veces corresponde con lo que pasa entre nuestras orejas. Pero todo es cuestión del enfoque. En lo personal, me detienen muchas veces mis propias barreras y pocas veces hago algo impulsivo. No me como un helado, porque sé que después voy a estarlo sudando. O un jeans porque después voy a querer gastarme ese dinero en otra cosa.

Pero también he aprendido a separar mis experiencias en dos etapas: la planificación y la realización. Ambas tienen sus encantos. Para preparar viajes, toda la parte de hacer itinerarios, comprar entradas, hacer reservaciones de comidas, estudiar mapas, aprenderme horarios de transportes públicos, etc., es lo que me prolonga la experiencia, antes de la experiencia. Luego, cuando estoy allí, el ver que mi esfuerzo tiene como fruto que no estemos estresados, que le saquemos el mayor beneficio a estar en un lugar extraño, sin cansarnos porque no sabemos qué hacer, me da una satisfacción agregada. Allí es una de las pocas ocasiones en las que he aprendido a disfrutar de hacer realidad mis sueños.

Al final del día, lo que nos detiene muchas veces es el miedo a decepcionarnos. Lo cuál es sumamente triste, porque de todas formas ya estamos en negativo cuando no tenemos lo deseado. Adivinen quién durmió hoy con una gatita negra peluda.