No es por estar triste

Mañana es el Día de la Madre y a mí todavía no me gusta. Tengo ocho años de tener pulgo propio con quién celebrarlo y, de verdad, yo me quedaría en mi casa encerrada. No quiero flores, no quiero salir a ningún lado y, con toda la sinceridad del mundo, me da muchísima hueva ir sentarme a un acto en donde hay cien niños más que el mío.

Ser madre, para mí, ha sido un viaje en el que cada vez me doy más cuenta que, ni tengo mapa, ni conozco el terreno. Sólo tengo una brújula de deseos de cómo quiero que sean mis hijos que me ayuda a navegar. Obvio leo, escucho experiencias de otras personas, me encomiendo a Dios, pero no tengo la menor seguridad de estar haciendo bien las cosas. Es más, de lo que sí estoy completamente segura es que estoy metiendo la pata en alguna parte.

Amar a los hijos es un proceso. Yo no pretendo venir a decir que siempre quiero estar con ellos, que son lo mejor que me ha pasado en toda mi vida, que no podría haber sido feliz sin ser mamá. Pero sí les puedo decir que me quitaría la vida si eso implicara hacérselas un poquito mejor. Que dejé un estilo de vida que me gustaba muchísimo por educarlos como queríamos con mi marido. Que a veces me sobrepasa un amor que no entiendo y que se me desgarra el corazón sabiendo que mi trabajo es hacer que no dependan de mí, porque estoy criando gente para que se vaya y sea independiente.

A la pareja se la ama y se espera compartir la vida. A los hijos se les ama para que tengan una vida propia. Y esa distinción es sana tenerla en mente.

Yo no soy de esas mamás que lloran con cada tarjetita que reciben. Pero llevo grabada en la piel cada beso, cada caricia de manitas pequeñas, cada abrazo. Mi corazón ha crecido con ellos. Y por eso, todavía tengo un vacío en el lugar de mi mamá. ¿A quién más que ella le podría presumir de todo lo que hacen? Además, me hace falta quién me consienta a mí. Y pues, ni modo. Mañana me tocará irme a sentar entre otro montón de mamás a ver a mi hijo entre otro montón de niños. Si me ven llorar, ni me lo digan.

Felices para siempre-ish

Ya casi llevo lo mismo de casada que lo que nos tardó casarnos con Mario. Pasaron casi 12 años entre la primera vez que yo me acuerdo de haberlo visto y ese feliz 29 de abril del 2006. Y, menos mal, no todo ha sido como en los cuentos de hadas, en donde todo termina con un «se casaron y fueron felices para siempre». Meh.

Se habla de matrimonios para toda la vida con algún sarcasmo y se dice que funcionaban así cuando la gente vivía 40 años, lo más. Tal vez los cambios que todos tenemos no se sentían tanto en lo que le quedaba a la gente de juventud. Lo dudo. Siempre han habido rompimientos de relaciones, infidelidades, problemas y malos matrimonios, por mucho que duraran 15 segundos.

Esperar vivir siempre feliz, es querer no vivir. El dolor, la pena, los problemas, las luchas, las lágrimas, todo eso, son las notas contrastantes de un sabor complejo y rico. La comida que sólo tiene una nota es sosa, insípida.

Yo no quiero una vida plana. Me gustan los picos y los barrancos. Las montañas rusas son emocionantes, porque tienen bajadas y subidas. Hemos pasado muertes, enfermedades, penurias, peleas, cambios. Y por cada túnel oscuro que hemos atravesado, hemos logrado salir al otro lado a un mejor lugar. Así hacemos nuestro «para siempre», una década a la vez.