Preguntas al aire

Entre muchas cosas buenas que le aprendí a mi mamá, fue a no preguntarle a nadie si le gustaba cómo me había quedado algo. Darle la oportunidad a alguien para que opine acerca de las cosas de uno, es abrir la puerta a que le encuentren todos los defectos. Es que es lo que hacemos los humanos: nos fijamos en lo que se sale de la norma. Lógico. Pero no siempre es saludable.

Pedir la opinión de alguien más acerca de algo que hacemos (o somos), tiene valor para cuestiones de aprendizaje. Yo necesito que mi Shihan me diga si estoy haciendo bien mi kata, o no.

Pero ese valor es nulo en cuestiones de existencia. Mi Shihan no tiene nada qué opinar acerca de mis tatuajes, mi pelo, o mi peso.

Confundir las categorías y asignarle importancia a lo que terceros no afectados piensen de nuestras vidas, es el camino más seguro para ser infelices. Tal vez una de las mayores ventajas de crecer es ir reduciendo cada vez más el círculo de la gente a la que uno le interesa agradarle y entender que nunca puede faltar incluirse a uno mismo. Y, cuando quiero enseñar algo, hago como mi mamá y digo: «¡Mira qué bonito me quedó!»

El Marco de la Realidad

Verse a través de los ojos de un extraño resultaría extremadamente útil cuando me estoy probando jeans. Los espejos mienten (o, por lo menos, eso me gusta creer en las tiendas), las amigas son muy amables, las parejas tienen otras intenciones y yo no tengo ojos en la espalda. Sería tan interesante conocerse a uno mismo desde afuera.

No tenemos una percepción objetiva del mundo a nuestro alrededor, menos de nosotros mismos. Somos nuestra medida y nuestro medidor. Ni siquiera nos escuchamos la voz como suena y nos sorprende cuando nos pasan una grabación nuestra. No es de extrañarse que haya tanta gente que cree que puede cantar.

Muchas veces dejamos que nuestros sentimientos nos digan quiénes somos y éstos no son precisamente el paragón de la estabilidad. ¿Cómo podemos saber que ya no nos vemos «jóvenes», que ese corte de pelo ya no nos va, que no, tal vez shorts tan cortos son poco atractivos? Tener una noción más o menos acertada de cómo nos proyectamos hacia afuera, ayuda en mucho a establecer una relación sana con nuestro entorno y con el papel que jugamos.

He escuchado decir que la felicidad se encuentra viviendo dentro del marco de nuestra realidad. Esto me parece sumamente interesante. Porque en ningún momento estamos diciendo que el marco no se puede modificar. Pero, si ni siquiera queremos admitir que existe, es más fácil caer en actitudes y hábitos perjudiciales, como gastar más de lo que se gana, comer más de lo que se debe, hasta vestirse con ropa que definitivamente no nos va.

Conocer, hasta donde se puede, los límites que nos rodean, no es agobiante para quien mira esas líneas no como paredes, sino como metas que sobrepasar. Es bueno rodearse de gente que lo quiera a uno lo suficiente como para enseñarle la realidad, pero que también se apunte a ayudar a cambiarla. Y que no lo deje a uno comprarse ropa que quede fatal.