El cambio accesible

De joven salía sola a todas partes, me iba al puerto, manejaba de noche y no tenía ninguna consideración más que cómo rebasar al choyudo de enfrente. Ahora, con dos niños que vamos a endosar a donde mis santos suegros y con un marido que tiene que trabajar, tengo la oportunidad de ir a pasar una noche en el Lago y me hice para atrás de ir y regresarme sola. Y estoy furiosa.

Estoy furiosa conmigo misma por haber perdido las agallas. Furiosa con un sistema de carreteras que hace imposible saber si una roca no me va a detener durante horas. Furiosa con una situación de violencia que verdaderamente hace peligrosa una travesía que debería ser liberadora. Pero, más que nada, estoy que echo humo por las orejas porque todas estas consideraciones tienen que ver con el hecho de que soy mujer y estaría sola.

Soy mujer y eso no lo puedo cambiar. ¿Y mi independencia? ¿Y mi igualdad como persona? ¿Y mi derecho de hacer todo igual que los hombres? Sí, tengo todo eso, pero nada cambia. Porque no soy hombre, atraigo un riesgo mayor. Y eso, de nuevo, no lo puedo cambiar.

Yo sé que muchas mujeres lo hacen y lo hacen muy bien. También entiendo que lo puedo hacer yo y que tengo la balanza a favor que todo salga bien. Que corro el mismo riesgo en cualquier momento en que salgo de la casa. Que si verdaderamente me entran las ganas, agarro mi carro y me voy.

Eso no es lo que me tiene molesta. Me está aguijoneando una situación que está fuera de mi control. Sentí la reducción de mi mundo. En lo que esté en mis manos, mi hija no va a sentir lo mismo. Y, ahora que lo pienso bien, aún estoy joven.

Aprender a decorar

Después de casi diez años de matrimonio, era justo y necesario que mandara a retapizar los muebles de la sala y el sillón orejero que era de mi papá (una belleza con resortes que me sirvió de cama elástica, sólo no se lo cuenten a mis hijos). Debo confesar que nunca he decorado a mi gusto entero, ni siquiera mi cuarto. Tengo una idea general de qué me gusta y una muy específica de qué no me gusta. Pero nunca lo he visto en la realidad.
Ahora me toca decidir qué pasa con todos los ambientes de una casa que comparto con más personas y eso me tiene paralizada. No sé si me va a gustar lo que me gusta.
Muchas veces, ante la necesidad de ejercer opiniones, los humanos nos quedamos como venados lampareados. No sabemos para dónde agarrar. Tal vez por eso es que sean tan exitosos los regímenes totalitarios de cualquier índole en los que les dicen a sus seguidores hasta cómo vestirse (para muestra un ISIS).
Resulta que nuestro cerebro no distingue entre decisiones trascendentales y triviales y emplea la misma energía escogiendo pareja, que la ropa con la que vamos a salir a la cita. Mi marido insiste que se va a vestir igual el resto de sus días, pues ya está cansado. Si no me creen, basta con pararse frente a la góndola de cereales del supermercado y decidir cuál llevar.
Pero este cansancio es como el sopor que antecede a la muerte. Desde el momento en que dejamos de decidir, dejamos de vivir. Tomar una postura, escoger un color de pared, seguir nuestro propio camino, nos hacen dueños de lo que nos rodea, aunque con ese poder venga también la responsabilidad. Si nadie nos dice qué hacer, sólo nosotros somos responsables de lo que suceda.
Yo prefiero apropiarme de mi destino. Aunque a nadie le guste el color de pared que escoja para la sala, incluyéndome a mí.

El atrevimiento artificial

Cuando estaba en el colegio, dar o recibir fotografías era algo fuera de lo común. Lo hacía uno con la mejor amiga, el novio, los papás… Llevar la cara de alguien en la billetera era una declaración implícita de una intimidad mayor que la de todos los días. Ahora llevo más de 200 fotos en mi teléfono, no todas «aptas para todo público».

La tecnología a veces arrolla nuestra humanidad y nos lanza a situaciones a más velocidad de lo que estamos preparados. Sobre todo para los que, como yo, estamos en esa generación transicional entre análogo y digital. Nuestra estructura de comportamiento se formó con llamadas a las casas, el saludo al papá/mamá/hermanito/abuela/etc, las conversaciones largas y concentradas. Aprendimos a compartirnos de formas más lentas. Y todo eso se esfumo con el primer like.

Eso se nota en la falta de filtros con los que algunos se conducen por las redes sociales. Publicar desnudos, insultar sin motivos, cantinear indiscriminadamente, se vuelven un comportamiento común entre los que todavía creen que el mundo virtual no es el mundo real.

Los que vienen detrás nuestro están perfectamente conscientes que la realidad virtual ES la realidad. Punto. Que todo lo que hacen/dicen/enseñan en las redes es un reflejo directo de las personas que son y que tiene un impacto concreto en sus vidas.

Por lo menos eso me digo para consolarme, mientras me tomo otra foto y la subo a mi tl.

Me rescato yo, muchas gracias

¿Quién de pequeña de más o menos mi misma edad no soñó ser la princesa rescatada? O eras la «Bella Durmiente», que tiene en sus raíces una historia súper turbia (sólo les cuento que la chava queda embarazada estando dormida) o Blanca Nieves, o Rapunzel. Todas tenían en común una falta total de agencia por parte de la chava. No me voy a tirar al agua feminista, muchas gracias, pero sí me recuerdo muy bien que yo soñaba con tener un Hada Madrina que me vistiera, me paseara y me consiguiera al príncipe azul de mis sueños.

Y es que, ha de ser reconfortante pensar en no ser responsable de los huesos propios. Las personas muchas veces buscamos que nos den soluciones de afuera, a problemas que tenemos adentro. Y los queremos fáciles y rápidos y gratis y bonitos. Mejor si bailan bien.

Luego uno voltea a ver al tipo con el que sale (o se casa) y siente el agujero emocional del vacío que crece cada día más. Y no hay pisadas de caballos blancos con jinetes al rescate. Ni nada parecido.

Lo bonito es que es entonces cuando verdaderamente uno puede comenzar a escribir su cuento de hadas. El hecho de rescatarse a uno mismo, nos da el mejor regalo de todos: nuestra propia vida. Ser la persona que nos saca de la situación en la que estamos (muchas veces, obvio, porque nosotros nos pusimos allí), nos acrecienta la autoestima, nos da poder y nos permite moldear nuestro futuro.

Yo agarré mi caballo (el carro), y salí disparada de donde estaba. Me pude reorganizar, redescubrir y reajustar. Y, cuando llegó el héroe, no encontró una damisela en aprietos. Encontró una heroína que lo puede acompañar a afrontar cualquier cosa.

El Disfraz

De pequeña, detestaba que mi mamá me disfrazara de payaso. Tengo memoria táctil de la sensación de la pintura en mi cara. Todo me picaba: la nariz, los ojos, los cachetes. Guácala. Ponerme vestidos de princesa ya era otro cuento. Los vuelos, los encajes, pelucas, lunares postizos y demás micadas me quedaban como anillo al dedo. Aún ahora, hay ropa con la que me siento disfrazada, maquillaje que me pica, zapatos que me lastiman. Admiro profundamente a las mujeres que salen a la calle todos los días como que las acabaran de estrenar. Lo he tratado de hacer. No puedo ni peinarme. En cambio, cuando me tocaba negociar con señorones contratos importantes y me ponía mis trajes de abogada (negros, siempre negros, pantalones, camisas, pelo agarrado, ojos pintados), me sentía poderosa y no importaban los años ni el pisto que me sacaran.

Hay una diferencia esencial entre vestirse para ocultarse y vestirse para reforzarse. Seguir modas, sólo porque lo son, lo hace a uno perderse entre trapos que ni le quedan bien, ni le gustan a uno. Ponerse una máscara para esconderse detrás de ella termina haciéndonos olvidar quiénes somos. A veces hasta una sonrisa falsa sirve de antifaz. Y no nos damos cuenta en qué momento nos desvanecimos.

La ropa que usamos, las palabras que decimos, los sentimientos que demostramos, todo debe ayudarnos a sentirnos poderosos, auténticos, más nosotros y mejores.

Sentirse todos los días como un superhéroe, salvando al mundo con cada una de nuestras acciones, por más pequeñas que sean, así debe comenzar la vida. Y, los superhéroes no usan disfraces, nos hemos equivocado. Usan armaduras. La mía ahora consiste en Keds y jeans y T-shirts de mamá, karateguis, piel. Y me siento poderosa.