Preguntas al aire

Entre muchas cosas buenas que le aprendí a mi mamá, fue a no preguntarle a nadie si le gustaba cómo me había quedado algo. Darle la oportunidad a alguien para que opine acerca de las cosas de uno, es abrir la puerta a que le encuentren todos los defectos. Es que es lo que hacemos los humanos: nos fijamos en lo que se sale de la norma. Lógico. Pero no siempre es saludable.

Pedir la opinión de alguien más acerca de algo que hacemos (o somos), tiene valor para cuestiones de aprendizaje. Yo necesito que mi Shihan me diga si estoy haciendo bien mi kata, o no.

Pero ese valor es nulo en cuestiones de existencia. Mi Shihan no tiene nada qué opinar acerca de mis tatuajes, mi pelo, o mi peso.

Confundir las categorías y asignarle importancia a lo que terceros no afectados piensen de nuestras vidas, es el camino más seguro para ser infelices. Tal vez una de las mayores ventajas de crecer es ir reduciendo cada vez más el círculo de la gente a la que uno le interesa agradarle y entender que nunca puede faltar incluirse a uno mismo. Y, cuando quiero enseñar algo, hago como mi mamá y digo: «¡Mira qué bonito me quedó!»

Tal vez no es importante

Alguna vez me quedo con una opinión entre pecho y espalda, porque «calladita me veo más bonita», o porque no me han pedido mi opinión, o porque no es de mi incumbencia. En realidad todo eso se resume en: para la situación y la otra persona, mi opinión no es tan importante. Y eso es cierto en relaciones interpersonales y en cuestiones de conducta que no me afectan directamente.

Pero vivimos en el mundo que moldeamos a nuestra imagen y para cosas grandes, nuestra opinión sí importa. Es bueno manifestarse en contra de la injusticia. Es esencial hablar a favor de nuestros principios. Nos afecta directamente si nos quedamos callados ante atropellos.

Por alguna razón, nos es mucho más sencillo opinar fuerte y frecuentemente acerca de cosas que no nos tocan, como la forma en la que se viste la vecina, si tal o cual persona se acuesta con otra o con mil, si cree o no en la misma vida después de la muerte que nosotros. Nos cuesta muchísimo más plantarnos y mantenernos firmes en nuestras opiniones fundamentales.

Y ésas son las verdaderamente importantes. Restarle importancia a cosas que no la tienen y concentrarla en las que sí, nos da poder. Y eso es algo que a mí me gusta.

El valor de las opiniones

Escribir me hace platicar conmigo misma. No es un ejercicio particularmente agradable, porque hay pocos psicólogos tan pisados como el que uno encuentra en el reflejo, pero ayuda a entenderse y eso es bueno. También ayuda a darse uno la justa medida de su valor, del que uno se asigna cada día y que le presenta al mundo. Es el precio que uno pide para relacionarse con los demás. Ya depende de cada quién si está dispuesto a pagarlo. Así he aprendido también en cuánto valoro la opinión de otras personas, las cercanas y las demás. Me ha liberado de muchos trabes y me ha afianzado en mi afinidad a cierta gente.

Pero también me ha puesto en mi lugar: mi opinión acerca de las cosas que no me conciernen no es tan valiosa como yo creía. Porque no podemos, en toda sinceridad, decir que lo que piensen los demás de nosotros nos importa poco y pretender que cada una de nuestras ideas sea recibida como maná del cielo. Hay contradicciones que sólo nos matan neuronas. ¿Y saben qué? Hasta entender que a terceros con los que no tengo mayor relación les puede venir de la posición superior de la brújula lo que yo piense, también libera.

Poder tener un set de creencias (soy católica, me encanta mi religión, pero no estoy tratando de convertir a nadie), costumbres (no celebramos Halloween, no viene Santa Claus, pasamos Navidad y Año Nuevo juntos), valores (en esta casa no se miente. Punto.) y tradiciones muy particulares, que no interfieran con la vida de otras personas fuera de nuestro círculo, sabiendo que al mundo le importa muy poco qué hagamos, permite que cada quien lleve su humanidad por el lado que quiera. Y escribo para detallar ese viaje.