No es por estar triste

Mañana es el Día de la Madre y a mí todavía no me gusta. Tengo ocho años de tener pulgo propio con quién celebrarlo y, de verdad, yo me quedaría en mi casa encerrada. No quiero flores, no quiero salir a ningún lado y, con toda la sinceridad del mundo, me da muchísima hueva ir sentarme a un acto en donde hay cien niños más que el mío.

Ser madre, para mí, ha sido un viaje en el que cada vez me doy más cuenta que, ni tengo mapa, ni conozco el terreno. Sólo tengo una brújula de deseos de cómo quiero que sean mis hijos que me ayuda a navegar. Obvio leo, escucho experiencias de otras personas, me encomiendo a Dios, pero no tengo la menor seguridad de estar haciendo bien las cosas. Es más, de lo que sí estoy completamente segura es que estoy metiendo la pata en alguna parte.

Amar a los hijos es un proceso. Yo no pretendo venir a decir que siempre quiero estar con ellos, que son lo mejor que me ha pasado en toda mi vida, que no podría haber sido feliz sin ser mamá. Pero sí les puedo decir que me quitaría la vida si eso implicara hacérselas un poquito mejor. Que dejé un estilo de vida que me gustaba muchísimo por educarlos como queríamos con mi marido. Que a veces me sobrepasa un amor que no entiendo y que se me desgarra el corazón sabiendo que mi trabajo es hacer que no dependan de mí, porque estoy criando gente para que se vaya y sea independiente.

A la pareja se la ama y se espera compartir la vida. A los hijos se les ama para que tengan una vida propia. Y esa distinción es sana tenerla en mente.

Yo no soy de esas mamás que lloran con cada tarjetita que reciben. Pero llevo grabada en la piel cada beso, cada caricia de manitas pequeñas, cada abrazo. Mi corazón ha crecido con ellos. Y por eso, todavía tengo un vacío en el lugar de mi mamá. ¿A quién más que ella le podría presumir de todo lo que hacen? Además, me hace falta quién me consienta a mí. Y pues, ni modo. Mañana me tocará irme a sentar entre otro montón de mamás a ver a mi hijo entre otro montón de niños. Si me ven llorar, ni me lo digan.

La verdadera fuerza

Una de las cosas que más me parten el corazón es ver cuando mis hijos me dibujan enojada. «Ala gran,» pienso con el corazón estrujado, «¿será que así me ven todo el tiempo?» No voy a negar que mi modo emocional de default es el ceño fruncido, la voz estridente y el gesto de mano severo. No es excusa, porque definitivamente me he instruido de otras fuentes, pero obvio esa es la forma en la que me criaron a mí.

El uso de la fuerza es sencillo. Las reglas inconmovibles son fáciles de dibujar y mucho más sencillas de mantener. Un trabajo con normas rígidas tiene poco grado de dificultad. Pero tampoco da mucha satisfacción. Si una relación no admite un cambio evolutivo, muere. ¿Quién no ha preferido ganar un argumento a pura alzada de voz que con poder de convencimiento?

Resulta que el árbol más fuerte no es el que es tan tieso que se rompe ante un viento fuerte, sino el que soporta la tormenta aún doblándose. De igual forma, de mamá, mis hijos no me hacen más caso porque les suba la voz. A veces parece contraproducente. Estoy aprendiendo a mantener la firmeza, pero soltando la rigidez. Si puedo hacer eso con el yoga, lo debo poder hacer con mis hijos. Y ya también ellos me están dibujando más frecuentemente con una sonrisa.

¡Mira Qué Bonito!

Recuerdo a mi mamá enseñando la última de sus creaciones. Se acercaba con entusiasmo a la persona en cuestión, alzaba lo que fuera que tenía en la mano y decía: «¿Ya viste qué bonito me quedó?» Alguna vez, o le pregunté, o ella me explicó que la gente, si les das la oportunidad de opinar, siempre van a encontrar algo malo. Al adelantar un calificativo, ella plantaba en sus mentes una idea ya terminada.

En efecto, es difícil decirle a alguien que ya te declaró que lo que está enseñándote está bien, que le miras x o y defectos. Pura cuestión de actitud. Cuando nos piden que opinemos, creemos que tenemos que presentar una lista de los defectos, desventajas, peligros, errores, de lo que tenemos enfrente. No nos paramos a pensar que tal vez eso que estamos criticando es el resultado del esfuerzo de nuestro amigo y que sólo lo está exhibiendo porque se siente orgulloso. Imagínense los pocos amigos que nos quedarían si hiciéramos lo mismo con los bebés. Es que todos los recién nacidos salen feos, pero no he escuchado a nadie decírselo a un recién papá orgulloso.

A mí me encanta el juego de «encontremos qué está mal». Pareciera que me pagaran por ello. Poco a poco aprendo a no mezclar el trabajo, donde en efecto sí me pagan por encontrar todo lo malo, a algo social, donde sólo se requiere de mi sonrisa y apoyo.

Lo que sí es que aprendí muy bien de mi mamá: siempre enseño mis cosas diciendo que están bonitas, no vaya a ser que me comiencen a recitar los defectos.