Ansiedad

Todavía estoy recuperándome de un fin de semana en el que reafirmé mi incapacidad para afrontar ciertas interacciones sociales. Entre padres que alientan a sus hijos a saltarse las reglas, hasta señoras fufas devolviendo una rodaja de pan a la canasta común. Simplemente me enferman cosas así de tontas y me dan ganas de esconderme (más) tras mi caparazón.

Las normas básicas de convivencia social son el primer piso sobre el que se construye una sociedad. La amabilidad genera empatía que genera confianza que genera relaciones sólidas que generan negocios que generan riqueza, que genera amabilidad. Puede ser una sobre simplificación de un problema mucho más complejo, pero, si la gente fuera decente en cosas tan pequeñas como no levantarse el lapicero de la oficina, porque está mal, tal vez habría menos desfalcos millonarios.

Yo soy egoísta. Soy humana. Las dos cosas, según mi cosmovisión, van de la mano. Incluso cuando me doy en tiempo, recursos, cariño, empatía, amistad, lo hago porque yo quiero. Eso para mí es egoísmo. También me mueve mi auto preservación a seguir las reglas lógicas de la sociedad en la que vivo, porque quiero seguir viviendo en ella. Así, entiendo cómo a largo plazo me conviene que todos tengan mayores y mejores recursos y estoy dispuesta a aportar para que esto suceda.

Lo que se me escapa por completo de la mente es esa miopía porcina de no poder ver más alla del derecho de una muy corta nariz y la incapacidad de medir las consecuencias de los actos. No puedo. Me supera. Me da ansiedad.

Y me hace dar gracias a Dios que las personas que me rodean forman una tribu de dementes que comparten en gran medida mis limitaciones sociales. Tal vez todavía logro fundar una comuna.

Alimentar el Egoísmo

Muchas veces dejé de hacer cosas por «pena». Pena a verme ridícula, a verme mal, a no hacerlo bien… Pena a ponerme alguna ropa porque se me iba a notar la lonja. Pena a dejar una mala relación, porque quién más me iba a querer. Al fondo de esa caja de pena, estaba mi baja autoestima, obvio. Y, cuando quería salir de allí, la solución era igualmente obvia: tenía que «trabajar en mi autoestima.» A ver, si a ustedes les han dicho eso, ¿no se han quedado con cara de grillos? Eso de trabajar en el autoestima, así nomás, suena como una invitación a un Box de Crossfit.

La autoestima, el poder medir el valor propio de una forma objetiva y positiva, es una medida de inteligencia emocional, así como la empatía que tanto me cuesta. Es quererse uno lo suficiente como para no ponerse en situaciones que le hagan daño a uno, voluntariamente. Es gustarse y querer estar con uno mismo. Es ser un poco egoísta.

Pero todo esto es más fácil decirlo que hacerlo. Hasta hace unos días, no hubiera podido darles una idea más clara que toda esa serie de platitudes del párrafo anterior. Pero, en un podcast de los de Nerdist, Chris Hardwick entrevista a Rob Lowe y este último le dice que al fin escuchó algo concreto para construir la autoestima: «hacer cosas que nos den estima (valor) de nosotros mismos.»

Lo dejó allí y siguieron hablando de muchas cosas más, pero a mí me quedó eso rondando en la cabeza. Y es que se me encendió el foco tan claro, que casi me parece haber tenido una epifanía: el valor de uno mismo se construye con las cosas de las que uno se siente orgulloso. Y eso implica comportarse de forma íntegra y consecuente en todo lo que uno hace, desde el tráfico, hasta la cama. Si logramos tener una vida de tal forma que podamos compartir cada parte de ella sin vergüenza, allí encontramos nuestro valor. Por supuesto que hay cosas que uno se reserva, pero no debemos confundir intimidad con secreto. Yo no tengo relaciones sexuales con mi marido en público, porque es un acto íntimo. Pero no me da la menor vergüenza que el mundo entero sepa que las tenemos. (Mis hijos no nacieron por osmosis.)

No es tarea fácil, pero me queda la satisfacción de saber que está en mis manos. Es mía. Y de cada uno.