Satisfacer a nuestro adolescente

Hace poco, molestaba a mi marido diciéndole que había cumplido uno de sus sueños de adolescente. Y, aunque nos reímos mucho, no dejó de ser un poco cierto. Yo recuerdo esos anhelos de cambiar el mundo, inventar la cura contra el cáncer y ser la chica más popular. No había mucha diferencia de prioridades.

Durante la infancia, el cerebro hace todas las conexiones posibles, quedando la ciudad con un montón de calles entre los edificios de neuronas. Luego resulta que uno no las utiliza todas y es momento de hacer un P(lan) de O(ordenamiento) T(territorial), porque tenemos nuestra cabeza hecha un relajo. Y es cuando llegan los de nuestro gobierno hormonal a quitar calles, ampliar las que sí se van a quedar y hacer que todo funcione más eficiente. En los años de adolescencia afianzamos nuestros gustos, sentimos todo en extremo, vemos las posibilidades del mundo y sufrimos. Y sufrimos. Y sufrimos.

Hasta que llega el día en que somos unos ancianos sabios de 20 años, con todo el mundo a nuestros pies y con recién adquirida independencia. Lo cual pareciera una fórmula perfecta para el desastre que generalmente viene. Parte de ese paso es dejar atrás las locuras que queríamos, entre ellas nuestras ilusiones. Nos volvemos unos aburridos de primera.

Recuperar esa ilusión interior de adolescente entusiasta, nos pega años después. Fuerte. Y puede hacer tambalear y hasta derribar nuestra vida, si no está construida sobre bases sólidas. Es la época en la que los hombres hacen sencillo a sus esposas y las mujeres se vuelven brujas. Es cuando vemos que los hijos en los que nos volcamos, no son compañía y se van a ir de la casa dejándonos solos con el extraño con que dormimos. Es cuando pesamos lo que hemos logrado y lo encontramos falto de sustancia.

El reto para no tener que destruir lo que tenemos, es avanzar con la sabiduría adquirida con los años, para cumplir las metas que nos dan ilusión. No perdernos a nosotros mismos entre el trajín de nuestras vidas. La adolescente que vive en algún rincón, se entusiasma con el karate, la carpintería, las locuras con mi marido. Mi adulta se sonríe y sigue afianzando más conocimientos, criando niños, escribiendo. Así, ambas coexistimos sin tener que botarlo todo.

El Miedo a Cumplir los Sueños

Siempre he querido un gato negro peludo. Ha de ser la vocación de vieja bruja que dicen que llevamos todas las mujeres dentro. O que, simplemente, son hermosos. Hace unos meses rescatamos a un gato de un tragante que tiene de negro y peludo lo que yo tengo de colocha y morena. O sea, nada. Es lindo, pero es corrientemente lindo. Y justo cuatro meses después, una amiga postea una foto de una gatita negra y peluda que necesita dar en adopción, porque la mamá llegó a parir a su garage junto con otra gata y ya parecen refugio de mascotas.

Y allí me tienen, con la posibilidad de cumplir un deseo, justo al alcance de mi mano. Con más dudas que noviecita en su primera noche.

Cada vez que estamos cerca de cumplir un sueño, por pequeño que sea, dudamos. Es como que si nos diera miedo que la realidad no cumpliera las expectativas que nos hemos construido en la imaginación. Y está bien. El mundo exterior pocas veces corresponde con lo que pasa entre nuestras orejas. Pero todo es cuestión del enfoque. En lo personal, me detienen muchas veces mis propias barreras y pocas veces hago algo impulsivo. No me como un helado, porque sé que después voy a estarlo sudando. O un jeans porque después voy a querer gastarme ese dinero en otra cosa.

Pero también he aprendido a separar mis experiencias en dos etapas: la planificación y la realización. Ambas tienen sus encantos. Para preparar viajes, toda la parte de hacer itinerarios, comprar entradas, hacer reservaciones de comidas, estudiar mapas, aprenderme horarios de transportes públicos, etc., es lo que me prolonga la experiencia, antes de la experiencia. Luego, cuando estoy allí, el ver que mi esfuerzo tiene como fruto que no estemos estresados, que le saquemos el mayor beneficio a estar en un lugar extraño, sin cansarnos porque no sabemos qué hacer, me da una satisfacción agregada. Allí es una de las pocas ocasiones en las que he aprendido a disfrutar de hacer realidad mis sueños.

Al final del día, lo que nos detiene muchas veces es el miedo a decepcionarnos. Lo cuál es sumamente triste, porque de todas formas ya estamos en negativo cuando no tenemos lo deseado. Adivinen quién durmió hoy con una gatita negra peluda.