Habilidades desaprendidas

En abril cumplimos 10 años de casados y hasta el año pasado terminé la bota de Navidad que le había ofrecido a mi marido. Por supuesto mis hijos reclamaron y hoy terminé la segunda. Me ha costado agarrar el ritmo de la costura, tanto por ocupar mi tiempo en otras cosas, como porque yo tenía una manera muy particular de bordar. Me sentaba en la cama de mi mamá y mirábamos/escuchábamos la tele. Así vimos incontables temporadas de básquet, beis, series, etc. La costura nos hacía sentir que no estábamos perdiendo nuestro tiempo, la tele nos entretenía. Y nos hacíamos compañía.

Hay muchos siglos de mujeres reunidas alrededor de una luz, haciendo cosas como bordar. Misioneras sacándole hasta el último uso a la ropa y convirtiendo retazos en obras de arte que arropaban a seres queridos. Paneles para puertas que representaban las historias de la familia. Vestidos adornados primorosamente para halagar a una hija querida.

Encontrar un momento de paz para adquirir o practicar las destrezas manuales que antes eran cotidianas, es quitarle tiempo a tantas otras cosas que reclaman ahora nuestra atención. Pero saber bordar es irrelevante para el sentido principal de la actividad: hacerse compañía. Ahora, ni combinamos nuestros talentos en familia para hacer algo en común, ni nos hablamos cuando no hacemos nada.

La habilidad de estar juntos, sin necesidad de hablar, y sentirse acompañados, la hemos perdido. Pero, como muchas cosas, la podemos recuperar a fuerza de costumbre. Tal vez ya no bordo tanto como antes, pero, en los raros momentos de paz, nos sentamos a pintar mandalas con mi marido. Juntos. Haciéndonos la compañía.

Decisiones

«¿Mama, me puedo comer un helado?» «Amor, ¿qué hacemos el fin de semana?» «Tengo fiesta, ¿qué me pongo?» O, qué se hace al almuerzo, por dónde me voy a recoger a los niños, si está lloviendo será prudente salir, qué le compro al fulanito de cumpleaños… Uno va por la vida tomando decisiones de las cosas más triviales. Lo simpático es que el cerebro no sabe distinguir entre escoger a cuál restaurante ir y si se debe o no uno casar con x o y (u operarse algo, o cambiar de trabajo o cualquier otra cosa importante).

La toma de decisiones involucra un proceso de análisis de la información que se tiene, de asignación de valor a eso que se conoce, de comparación de niveles de satisfacción entre una posibilidad y otra y, por último, la acción decidida. Este proceso se repite siempre, no importa si lo hacemos de forma consciente o no. Y cansa. No sé ustedes, pero yo termino echando humo de la cabeza en un día normal de tantas cosas banales que tengo a mi cargo.

Allí es cuando caemos en rutinas que nos facilitan no tener que esforzarnos en analizar. Vamos a los mismos restaurantes, agarramos por los mismos caminos, vemos el mismo tipo de películas, escuchamos la misma música. Nos montamos en decisiones que ya tomamos previamente, sin detenernos a pensar que tal vez sería bueno hacer un cambio. Esto es aún peor cuando seguimos con amistades nocivas, en relaciones que no van a ningún lado, en trabajos que nos tienen agobiados y con costumbres que nos matan. Decidir es un verbo activo, que requiere que nos movamos. A veces da hueva. Pero, una de las condiciones para determinar si hay vida, es que haya movimiento. ¿Qué es de nosotros cuando nos quedamos inmóviles?

Tal vez lo que más me consuela al final del día, es que me duele la cabeza porque tengo alguna agencia en mi vida y por eso es que tengo que escoger tantas cosas. Prefiero eso, a que alguien más lo haga por mí, aunque a veces desearía ser acarreada.