Los círculos que se nos deshacen

La Tierra da vueltas alrededor del sol, que a su vez da vueltas alrededor de una galaxia, que a su vez da vueltas… (Elipses, yo sé, pero da lo mismo). Giramos. Avanzamos hacia un camino lateral que nos regresa al punto de partida. O eso pareciera. Porque nunca estamos en el mismo sitio. Ni siquiera los recuerdos que visitamos en nuestras mentes son iguales cada vez. Nos hacemos la ilusión de regresar a lugares amados, pero éstos ya no existen y quién sabe si alguna vez lo hicieron como nos los imaginamos.

Uno arma la vida alrededor de rutinas que parecieran mantener un orden. Como si trazáramos el camino con un hilo sujetándonos de en medio y giráramos. Círculos perfectos y cerrados. Pero eso no es la vida. Eso lo hacen los hámsters en sus rueditas de hacer ejercicio: correr y correr y no ir a ninguna parte.

Nosotros, aunque no lo sintamos, avanzamos. Hacia lugares diferentes. Y, si no nos fijamos, podemos llegar a sitios que no nos gustan. No hay opción. Porque así es. Ningún círculo es perfecto y nunca somos los mismos.

Hay que aprender a aprovechar ese impulso que da el mismo giro y dirigir, hasta donde se puede, la dirección de la rueda que nos lleva. De repente se rompe y nos libera.

Evolucionar las tradiciones

En la casa siempre pasamos juntos los fines de semana. Somos un núcleo de cuatro súper unidos y no necesitamos meter más gente a la dinámica. Por lo menos no por ahora. Tenemos pequeñas tradiciones, como hablar de lo bueno de nuestros días, hacer «family meetings» semanales, ver la NFL cuando es temporada.

Las tradiciones, privadas y públicas, nos refuerzan una pertenencia a lugares y personas. Nada como comer siempre lo mismo en fechas especiales para atravesar el portal que nos mete en un sentimiento especial.

Lo divertido es que, por mucho que lo intentemos, hasta los rituales más viejos sufren transformaciones para seguir vigentes. Hacer algo repetitivamente sin conocer el sentido que le dio a luz, sólo garantiza la muerte de la magia inicial.

Las costumbres, convenciones sociales, instituciones, tradiciones, todo tiene que cambiar para conservar la esencia que cuidan. En nuestro caso en particular, lo que queremos es que los pulgos pasen felices sus fines de semana, que se sientan queridos y que sepan que somos una familia. Ahorita, eso lo logramos entre los cuatro. Probablemente en un futuro cercano, eso incluya amigos. Y, casi de cierto, después vendrán los agregados permanentes. Y también lograremos hacer tradiciones de eso.

La Vida Simple se Complica

Llegamos a un año de haber cambiado de hábitos alimenticios en esta casa. Nunca hemos sido de mucha comida procesada, pero sí se nos atravesaba una bolsa de Cheetos de vez en cuando, pizza, comida china, etc. Decidimos hacer un tipo de dieta un poco radical, quitándonos los granos, azúcar y todo tipo de comidas procesadas. Hemos visto cambios positivos en todo, desde el físico, hasta el fin de los ronquidos.

Uno creería que esta forma de comer debería ser más simple. Resulta que no. No hay nada más sencillo que pasar por cualquier autoservicio y atiborrarse de pseudo-comida. Es adictiva, llena y es conveniente. Y es fatal. Comer comida «hecha en casa», desde cero, con abundantes verduras, se ha vuelto en un lujo que ya no todos tienen el tiempo de lograr.

Pareciera que en nuestra modernidad, lo simple es más complicado. Lo «limpio» es más caro. Lo «natural» es escaso. Y así con todo: nos molesta esperar un semáforo, cuando es obviamente más conveniente y seguro hacer caso y saber que le toca a uno en verde. Decir una mentira de esas «blancas» para zafarse de un compromiso requiere inventiva, pero preferimos contar una de vaqueros antes de pasar por la molestia de dar las gracias y decir un simple «no», con tal de no ofender. Y preferimos creernos halagos a todas vistas falsos, en vez de recurrir al espejo.

Nuestras opciones de comida fuera están más restringidas, pero no por eso vamos a regresar a complicarnos. Es más, ahora voy por todos nuestros artículos de higiene personal. No sé de dónde me los voy a sacar.

La (Relativa) Constancia

Durante  mi vida he cambiado de formas de ver el mundo. Dejé de creer en hadas madrinas, magia, Santa Claus. Dejé de ver a mis papás como seres míticos, pasé por considerarlos muy molestos, los conocí un poco como adultos y ahora los recuerdo como seres humanos. Me vi a mí misma como una adolescente gordita y recha, una veinteañera mal casada, infeliz y muy trabajadora, a encontrar en el espejo una (casi) adulta realizada. Mis ideologías de cómo debe funcionar el país también han pasado por transformaciones.

Todo tiene una relatividad inherente. El cambio constante nos empuja a considerar nuestro entorno desde diferentes puntos de vista. Es más, aún cuando queremos revisitar una posición anterior, nos topamos con que no podemos. Bien decía el filósofo que es imposible entrar en el mismo río dos veces. Nuestras experiencias nos (de)forman y obtenemos más información para tomar decisiones. Y es esa apertura a aprender cosas nuevas la que nos mantiene en movimiento y, por lo tanto, vivos.

Nada más triste que una mente cerrada, porque es una mente muerta. Y no estoy hablando de cambiar nuestros valores, éstos sí se mantienen inconmovibles. El punto es considerar otras formas de lograrlos y reconocer en personas que piensan diferente que nosotros, la misma meta. Esa debería ser la base de una sociedad que progrese verdaderamente. Si logramos fijar las metas en común y encontrar el mejor método para lograrlas, aún si eso implica despojarnos de algunas ideas previas, podemos avanzar.

Mis anhelos siguen siendo los mismos: quiero ser feliz. El método que he utilizado es lo que va cambiando y, espero, mejorando. Aunque a veces todavía me gustaría creer en la magia.