La tolerancia peligrosa

En la vida, lo que más me ha ayudado a obtener lo que quiero es la amabilidad. Una sonrisa, un saludo, un «por favor» y un «gracias», me han abierto más puertas que cualquier calificación. Claro que la competencia, efectividad y éxito me los he tenido que trabajar una vez atravesado el marco de la puerta, pero ese primer paso seguro fue por educada. Y es algo que me sigue acompañando. Sólo que ahora me he topado con situaciones en redes sociales en los que esa cordialidad no sólo no me sirve de nada, sino que me pone en una clara desventaja ante ciertas actitudes de personas que se sienten poderosas porque pueden insultar desde el anonimato. Me dejan fría, sin saber qué contestar. Porque no entiendo la necesidad de una agresión sin provocación.

Ahora bien, también existen momentos en los que la amabilidad se vuelve tolerancia y la tolerancia en complacencia y la complacencia en complicidad. No se debe quedar uno callado ante un abuso flagrante. Un «está pasándose de la raya», «eso no es permisible», o un simple «con eso no estoy de acuerdo, usted está equivocado», también son parte importante del discurso que nos mantiene dentro de una sociedad. Ser «tolerantes», en su extremo, nos puede llevar a «aguantar palo». Y no. La educación que me machacaron mis padres no está por encima de mi integridad.

Por eso es tan importante meterles a los niños en la cabeza que siempre tienen que saludar, pero que no es obligatorio que den un beso a un extraño. Que deben decir «gracias» y «por favor», pero que no tienen por qué dejarse que alguien los acose. Que nosotros los papás mandamos, pero que nos pueden preguntar por qué les pedimos que hagan ciertas cosas.

El mundo cordial, pero firme en sus valores, funcionaría mucho mejor que el desmadre que tenemos de gente que sonríe mientras les pasan encima. Tal vez mi lema podría ser «Gracias, pero no me chinguen.»

La verdadera fuerza

Una de las cosas que más me parten el corazón es ver cuando mis hijos me dibujan enojada. «Ala gran,» pienso con el corazón estrujado, «¿será que así me ven todo el tiempo?» No voy a negar que mi modo emocional de default es el ceño fruncido, la voz estridente y el gesto de mano severo. No es excusa, porque definitivamente me he instruido de otras fuentes, pero obvio esa es la forma en la que me criaron a mí.

El uso de la fuerza es sencillo. Las reglas inconmovibles son fáciles de dibujar y mucho más sencillas de mantener. Un trabajo con normas rígidas tiene poco grado de dificultad. Pero tampoco da mucha satisfacción. Si una relación no admite un cambio evolutivo, muere. ¿Quién no ha preferido ganar un argumento a pura alzada de voz que con poder de convencimiento?

Resulta que el árbol más fuerte no es el que es tan tieso que se rompe ante un viento fuerte, sino el que soporta la tormenta aún doblándose. De igual forma, de mamá, mis hijos no me hacen más caso porque les suba la voz. A veces parece contraproducente. Estoy aprendiendo a mantener la firmeza, pero soltando la rigidez. Si puedo hacer eso con el yoga, lo debo poder hacer con mis hijos. Y ya también ellos me están dibujando más frecuentemente con una sonrisa.