Se agradece el dolor

Desperté a las 12 en punto de la noche al comienzo del 2 de noviembre. El Día de los Muertos, supongo, sentí la mano fría y suave de mi madre acariciándome la cara, como lo hacía cuando estaba viva y estoy segura que lo imaginé, pero también estoy segura que sucedió. Porque la sentí, pero más, porque me sentí feliz.

Vivo una vida resguardada del dolor, creo que todos lo hacemos en cierta medida. La distancia entre mi corazón y el exterior es directamente proporcional a la capacidad que tengo para sentir y, como buena persona binaria, siento todo o nada. Prefiero no sentir nada. Mis hijos tienen acceso a la puerta, alguna que otra persona más, y basta. No me hace falta. Duele mucho todo lo demás.

Sentir a mi mamá y su cariño fue dulce y triste y hoy ando con los ojos llenos de agua que no termina de caer. Pero no me arrepiento de haberla invocado. Porque, mientras sentí su mano, fue lindo y eso compensa que ahora escriba esto con el corazón desgarrado. Así que, gracias a todo lo dulce y lindo y feliz que dejo entrar de vez en cuando, aunque se vaya, se termine, me diga adiós y duela como un carajo.

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