Instrucciones Para Encontrar Pareja

1. Fijarse cómo come: van a comer juntos muchísimas veces más que cualquier otra ocupación (a veces se combinan). Si no aguantas cómo mastica, que hable con la boca llena, o que sorba ruidosamente el agua, te esperan décadas de tortura.

2. Poner atención a cómo trata al mesero: y al señorcito del parqueo, al cajero del súper, a la señora de la tienda. Cómo se comporta con la gente a la que no tiene nada qué sacarle, dice más de su humanidad que cualquier otra cosa.

3. Ver si tiene buen carácter cuando está con sueño: o va en el tráfico, o tiene calor. Todos podemos ser encantadores en nuestros mejores días. Es cuando estamos incómodos que demostramos hasta dónde se nos agria la personalidad.

4. Qué tanto se puede hablar del futuro: nada más patético que la pareja que no sabe a dónde va. Luego se casan y no saben ni siquiera si quieren tener hijos juntos.

5. Cómo reacciona en una pelea: todos peleamos, lo importante es si estamos lo suficientemente cuerdos como para mantener la calma y no ofender.

6. Que te guste: te encante, te fascine. Pero también te interese. La belleza “evoluciona”, la mente sólo debería mejorar con el tiempo. Quédate con alguien que te tenga hasta la madrugada platicando.

El amor es tanto mental, como sentimental. Lo físico sólo aguanta cuando hay intimidad de cerebros.

Y, si se logra eso, cada año es mejor.

El Mundo Al Revés

Mis hijos están descubriendo el mundo. Es fascinante. Ahora el grande está explorando los límites de su realidad y comenzó a imaginarse el mundo al revés: “En el mundo al revés, los pájaros nadarían y los peces volarían. En el mundo al revés, naceríamos viejos y cada vez seríamos más chiquitos.” Pero la que es más recurrente es: “En el mundo al revés, las chucherías y dulces serían comida saludable.” Claro, la mamá que tiene ese pobre muchachito no lo deja soñar en paz y le dice: “Sí, pero entonces no nos gustaría y buscaríamos comer lechuga y cosas así.”

Y ¡bum! Regreso a uno de mis traumas favoritos. Porque estoy moreteada de entrenar karate, me duele todo (todo lo todo del todo) por levantar pesas con “La Bestia”, tengo el pelo corto a propósito para poder lavármelo todos los días y mi gran salida de dieta es comer una fruta más al día. Pero no me estoy quejando de nada de eso. Me quejo porque dentro de mí ha de existir un gnomo retorcido y malvado que hace que guste. Sí, me gusta probar si aguanto con 5 libras más hoy. Me encanta servir de mascota para las patadas, porque después me toca a mí. La comida sencilla me sabe a gloria. ¿En qué me he convertido?

Resulta que nuestros cuerpos necesitan presión, incomodidad, para estar en su mejor nivel. ¿Será posible que eso mismo aplique para todo el resto de componentes de nuestra humanidad? O sea, ¿será que para ser mejores personas necesitamos pasar comiendo un poco de lodo? ¿De verdad las tristezas moldean el carácter? ¿Las estrecheces económicas solidifican las relaciones? ¿Los papás estrictos tienen hijos mejor adaptados?

No sé. Yo procuro llegar a mi límite (en lo físico), lo cual resulta ser fluido, porque hoy levanto 5lbs y la próxima semana subo a 10lbs… Y sueño, con mi hijo, en vivir en un mundo al revés en donde comer “bien” sea hartarme de helado y estar en forma sea estar esponjosita.

Llamarada de Tuzas

Las aficiones apasionadas, de esas que quitan el sueño, muchas veces son cortas. He pasado por mi época de bordar en cruceta, hacer vestidos, pegar ganchitos, coser disfraces. Mis arranques de actividad tienen siempre como resultado una mesa de trabajo (la del comedor) llena de hilos, máquinas de coser, pistolas de goma, telas y demás complementos. Luego hago pan. Baguette, francés, de rodaja, de masa ácida, integral, con semillas, hasta shecas. Después decido que los niños no van a llevar ni una galleta comprada en la lonchera.

Todo lo comienzo y ejecuto con el entusiasmo de un niño comiéndose un dulce. Y, casi siempre, me dura lo mismo. Es un poco el síndrome de querer parecerme al tipo de deidad doméstica que era mi mamá, quien no conocía un arte manual en la que no fuera maestra. No es que me salgan mal, hasta acuarelas he pintado que cuelgan de la pared de mi casa. Es que, simplemente, me aburren. No encuentro la motivación para continuar perennemente con ciertas actividades. Prefiero trabajar bajo objetivos.

Y resulta que no está mal. Tengo casi siete años de luchar contra ese sentimiento de fracaso por tener cajas de telas heredadas que no flotan al viento pegadas del cuerpo de mi hija, convertidas en vaporosas confecciones. Para mi sorpresa, no se ha caído el cielo, mi mamá no me ha halado los pies por la noche y mi hija no percibe la menor diferencia.

Por el otro lado, las cosas que verdaderamente me interesan, son las que me retan constantemente. Como el karate, o escribir.

Me gusta descubrir que no soy “llamarada de tuzas”, sino que sólo tengo que encontrar el combustible que me aguante la intensidad de la llama.

Cuánto es Demasiado

Esas preguntas que te dejan frío: “¿Mama, por qué… (inserte cualquier fenómeno moderno tipo anuncio de condón, de llantas, de aceites para carro, de películas…)?” O, “¿Por qué no puedo ir solo al baño, si ya tengo xx (4, 5, 6, 7, 8, 9…) años?” El mundo que se descubre los colmillos y las garras cuando ves noticias de abusos, raptos, violencias. O repta entre imágenes pornográficas que le roban años a las infancias.

Sudo. Me da migraña. Se me traba la espalda. Porque tengo a mi cargo dos humanitos nuevos, de mentes limpias, a quienes tengo que acompañar a embarrarse de la cochinada que llamamos “la vida real”. Y digo acompañar, porque sí vivimos en una burbuja, pero no es blindada ni opaca y estamos en sociedad.

Si les soy muy sincera, no hay forma que alguien le transmita a uno todo lo todo a lo que se mete uno cuando engendra gente. Jamás me hubiera imaginado que tendría que bailar sobre la cuerda floja de la censura. Porque, por un lado, les tengo que enseñar a que amen sus cuerpos, su naturalidad, llamen a las cosas por sus nombres. Por el otro, toca decirles que, precisamente porque sus cuerpos son hermosos, son suyos y no tienen que estarse descubriendo ante el mundo. Tener pudor sin vergüenza.

Escuché hace poco cómo Dan Savage le habló de pornografía a su hijo adolescente y quedé fascinada: “la pornografía es como el teatro japonés, es muy llamativo, pero no podemos pretender salir a la realidad y que se parezca.” También le dijo: “Mucha de la pornografía está hecha por hombres enojados y frustrados que quisieran estar con esas chicas, pero que, como ellas no les hacen el menor de los casos, les gusta ver cómo las lastiman. Tú no eres uno de esos pobres perdedores que no pueden tener chicas, ¿verdad?”

Me quedan aproximadamente 6 añitos para hablar de porno, medio para hablar de sexualidad, 5 para hablar de adolescencias. Rezo por contenerme cuando me toque poner una curita en un corazón roto y no romperle los dientes a quien lo haya causado.

¿Habrá un manual con respuestas para cada pregunta?

Compartir el Baño

Yo soy hija única. No me hagan cara sarcástica de “¡Tna! No nos habíamos dado cuenta.” Tenía mi cuarto, mi baño, mis juguetes, mis papás… Mío. Nunca nuestro. Así crecí, sin mucho de dónde opinar. Y, ni modo que para aprender a compartir, iba a meter gente extraña a mi casa. Uno crece independiente, muy celoso de su tiempo y espacio.

Luego se casa y, pues, hay un cuerpo extra en la cama (no me estoy quejando). Dos cepillos de dientes en el baño, que hay que marcar para no confundirse uno cuando los compra del mismo color. Una canasta de ropa que ya no alcanza porque hay jeans tres veces más voluminosos y, ni modo, los días antes de sacar ropa se rebalsa (aunque los días que está vacía, también hay ropa en el suelo, porque no hay hombre que no le encuentre placer a dejar la camisa sucia tirada justo al lado). Pero sigue habiendo un espacio de uno, porque cada quién usa su toalla, su lado de la cama, su silla, su taza. Sí, hay que hacer cola para la ducha (a veces), pero no es tan intrusivo.

Más tarde, cual si fuera un torbellino que aparece de pronto, a pesar de haberlo esperado durante nueve meses, se materializa el primer invasorcito. Uno se deja embaucar, porque son adorables y porque cuando se está recién parida, hay tanta oxitocina en el cuerpo que no queda más que enamorarse perdidamente de ese muñequito de trapo que ni se mueve. Después, porque a uno se le olvida todo, viene la segunda, más pequeña aún, con unos ojos que en su momento fueron morados y que me hacían perderme.

Así termino con blusas de la Princesita Sofía y demás animales de Disney ocupando la mitad de MI canasta de ropa sucia, en MI baño, que queda inundado porque al jequecito le gusta más MI ducha, para luego encontrármelo sentado en MI silla de MI escritorio.

Es la invasión de espacio más hermosa, gratificante, ruidosa y amorosa que he experimentado. Amo la forma en la que, primero el hombre, después sus hijos, arrancaron las puertas de mi pequeñito corazón y a fuerza de amarme lo han ensanchado. Eso no me quita las ganas de no compartir mi baño.

La Mala Memoria

“¡Hola! ¿Cómo has estado?” (voz entusiasta ante un saludo efusivo, esperar que el sujeto de las preguntas se haya alejado a una distancia prudente y voltearme a preguntarle a mi marido lo más discreto que puedo: “¿Cómo es que se llama?”)

Mi mente es fantástica para atesorar datos inútiles que me sirven para debatir un punto de trivia. Tengo archivos neuronales enteros repletos de imágenes y textos. Pónganme los primeros acordes de cientos de canciones y por lo menos puedo cantar el coro. Ah, pero hacer el enlace entre caras y nombres, eso no.

No puedo calificarlo de tener “mala memoria”, porque, como ya lo dije, para otras cosas parezco elefante. Tampoco es falta de interés. Hay gente que me cae muy bien, pero que simplemente no archivo. Como todo, es una habilidad que hay que ejercitar y que me encantaría desarrollar.

Hay otras cosas para las que la mala memoria me es extremadamente útil. Rara vez me acuerdo de situaciones desagradables, de discusiones con seres queridos, de ofensas reales o imaginarias. Estoy segura que existe un pequeño hoyo negro en el centro de mi cerebro en donde el hámster va a tirar toda esa basura que apesta a resentimiento. La consecuencia de eso no es necesariamente que vuelva a tener la menor de las relaciones con gente que me haya hecho daño; simplemente desaparecen. Así tengo siete años de mi vida que no existen, como si hubiera pasado en coma (si tan sólo por eso no tuviera esos siete años de arrugas).

Resulta que el recordar y el olvidar, ambos, pueden ser actos voluntarios. La vida es demasiado preciosa como para abrir el cajón de la amargura. Ahora, que alguien me de la llave para quitarle cerrojo al cuarto de los nombres.

Caminar Acompañado

Criar hijos independientes es un trabajo que tiene como recompensa este tipo de respuestas de una niña de cuatro años: “Mama, tú no lo sabes todo de la vida. Yo sí.” Menos mal que iba manejando y no me pudo ver la risa que quería escaparse hasta de mis orejas.

Y es que mi mayor ilusión es, no que se me adelanten en el camino, sino que se vayan por el suyo propio. Veo mi vida como un camino que a veces recorro sola, ahora acompañada y por el que voy guiando a mis hijos hasta que puedan tomar una bifurcación.

Caminar, avanzar, progresar. Ésa es una de las metas de este mundo. El escenario a los lados lo levanta uno y la dirección es una mezcla de consecuencias de actos escogidos y circunstancias externas. Uno tiene control sobre el paso que toma y a quién acompaña o por quién se deja acompañar en el camino. El mejor regalo que se les da a los que uno tiene a su cargo es una buena brújula moral con la que naveguen cuando les toque agarrar su propio rumbo.

Por eso, aunque me quita el aliento que se crean tan autosuficientes, me agrada que los enanos que caminan conmigo ahorita sepan que tienen la fuerza para ir solos. Espero que siempre quieran compartir un poco de su recorrido conmigo.

La Entrega

Acabo de escuchar una frase muy reveladora: “La modernidad me sobrepasa.” Yo crecí entre dos padres que, supongo, habrán tenido algún contacto físico, porque heme aquí, pero en quienes jamás vi un gesto cariñoso. Fui a un colegio completamente laico, con educación sexual franca. Es hasta hace poco en mi vida que tengo un acercamiento a la religión, por convicción propia y sin haber sido “indoctrinada” de pequeña. Mi idea de las relaciones sexuales ha evolucionado con el paso del tiempo: la marea hormonal que arrastra en la adolescencia, la rebeldía de género que hace sentir cierto poder, la expresión de intimidad última con quien he compartido genes… Ahora me toca formar en dos humanitos una idea de qué es el sexo, para qué sirve, cuándo es conveniente y, les soy muy sincera, estoy aterrada (ahuevada, pero no quería usar palabrotas).

Durante el sexo, el cuerpo libera una corriente arrasadora de hormonas que hacen que el cerebro cree una conexión inmediata con la otra persona. Existe un enamoramiento químico, ése que dicen que no es diferente a consumir cantidades navegables de chocolate. Eso explica por qué muchas veces nos quedamos en relaciones estúpidamente destructivas: nuestro cerebro ha cableado una necesidad de estar con esa persona.

Por el otro lado, vivimos en una época de liberalidad sexual que, si bien es muy sana en comparación a considerar el sexo como “malo”, tampoco me satisface. Y esta perspectiva viene mucho de cómo quiero que mis hijos se desarrollen en ese sentido.

Hace poco volví a leer un libro complicado, en donde encontré una buena medida para plantear el asunto: si consideramos que el sexo es más que una junta de ombligos, si lo vemos como una entrega de uno mismo a otra persona (porque eso es lo que se hace, nunca somos tan vulnerables como cuando nos desnudamos), tenemos que considerar qué estamos entregando. Y allí está el punto. Si logro que mis hijos se quieran a sí mismos y se miren como algo extremadamente valioso, es más probable que no se quieran compartir con alguien a quien no consideren igual, ni para escoger amigos, ni mucho menos pareja.

Ésa, por lo menos, es la medida que aplico a mi vida y que me da orgullo cuando veo quién despierta conmigo. Sería muy triste tener que hacer un “coyote ugly” el resto de mis días.

El Peor Entre Buenos

Me da risa escuchar cosas como: “mejor tod@s se engordan, porque yo no adelgazo.” O: “para verse más bonita, hay que estar entre feas.” Dichos tan antiguos como: “en el país de ciegos, el tuerto es rey.” Sacar las mejores notas en clase es mucho más fácil si estamos rodeados de gente de inteligencia limitada.

Pero estar entre gente más gorda, más fea y menos inteligente no me hace a mí más bonita, con mejor cuerpo y mucho menos más inteligente. Las comparaciones son perversas, sólo dan un valor relativo. Y siempre hay gente que está peor que uno. Horrible tener que buscar estar entre personas a las que no se quiere imitar.

Prefiero ser la última entre excelentes. Me gusta sentirme retada por mi entorno. Mi valor intrínseco sube cuando estoy entre gente mejor que yo. Ser rey, pero tuerto, no te quita lo malo.

Me Quieres

Me quieres porque desafío tu mente con ideas mejores que las tuyas.

Me quieres porque no necesitas ponerme en un pedestal para admirarme.

Me quieres porque camino contigo y no te resto velocidad, te devuelvo el mismo paso.

Me quieres porque no soy un lienzo en blanco en dónde imprimirte, sino un dibujo completo qué explorar.

Me quieres porque sólo tienes que luchar para ser mejor tú, para ti y mi admiración llega por sí sola.

Me quieres porque no te necesito, pero prefiero estar contigo.

Me quieres por lo que soy, porque es lo mejor de mí que busca, espera y se ha ganado lo mejor de ti.

Me quieres así, porque yo a ti también.