Me Enfermé del Estómago

Y no sé por qué. Comimos en casa, yo cociné, todo estaba fresco. Pero me enfermé de la panza y salió todo estrepitosamente de regreso. Cuando me pasa algo así, lo cuál es muy raro porque no me enfermo seguido, no me da por contemplar mi mortalidad como es lo usual. No, a mí me da por renegar de ser adulto sin mamá que me consienta.

Las personas que han vivido fuera y se han enfermado, podrán entenderme bien. Uno mantiene una parte de niño que confía ciegamente en la mano que le revisa la temperatura, le pasa la pastilla y le conjura alguna pócima tipo atol de maicena (que sólo es tolerable en estado de moribundez). Qué rico no tener mayor responsabilidad de uno mismo. Dejarse cuidar.

Ser adulto y el proceso que se atraviesa para serlo, tiene como principal objeto tener responsabilidad de los actos. Uno obtiene todas las ventajas de la libertad, pero también debe tragarse todas las consecuencias de ejercerla. Y está bien. En general, uno deja un poco de ser humano en el momento que prefiere delegar en alguien o algo más su vida y las decisiones que debe tomar. Puede ser que se sienta cómodo no tener que ejercer la libertad, pero ese estado es aberrante y ha sido abolido en todo el mundo. Nadie debería ser esclavo.

Por eso me hago yo el brebaje asqueroso ese con maicena (guácala, pero qué bien me cayó). Soy adulta y, así como tomo mis decisiones, bien puedo cuidarme si me enfermo del estómago. Menos mal no es muy seguido.

Rellenar Imágenes

El primer Photoshop se hace en nuestro cerebro. Como hay tantos estímulos a nuestro alrededor, nuestro cerebro sólo se “fija” en algunos y rellena el resto de la imagen con información que ya recolectó y guardó previamente.

Yo creo que me sé la cara de mi marido, al que conozco desde hace más de veinte años, de memoria. No es como que de repente le cambie el color de ojos. Pero mi cerebro me engaña. O por lo menos me deja sin una parte de la gracia de fijarme.

No es que quiera pasarme contemplando al hombre a los ojos, embobada y sin poder hacer nada más.

Pero, de repente, lo tengo cerca y él está hablando con alguien más y lo miro y me gusta. O estamos comiendo solos (al fin) y veo sus ojos, dulces, y me gusta.

En mi mente llevo el recuerdo de un niño de 18 años y muchas veces esa es la imagen que se sobrepone a la realidad. Pero, cuando me fijo, veo al hombre de (casi) cuarenta. Y me gusta.

 

Contar Cuentos

Hay cosas que no se pueden expresar en serio. Deseos que no queremos cumplir. Inclinaciones que no nos botan, sólo nos hacen interesantes. Escenarios que nos planteamos como quien habla de una novela de ciencia ficción: “¿Qué pasaría si?” Y de eso salen elementos de nuestra cultura tan estrambóticos como los súper héroes con poderes, magos y hechiceras, mundos paralelos, alternos, historias universales llenas de alienígenas. El lado oscuro de nuestra naturaleza domada por una conciencia permite escribir obras de suspenso sin derramar una sola gota de sangre. Fantasías sexuales que no transmiten enfermedades. Hadas y brujas y maldiciones y conjuros y manzanas que duermen a nuestros hijos por las noches.

El ser humano tiene tanto en el cerebro que trasciende lo que experimenta en el mundo real, que necesita crear otras realidades. Es más, somos tan complicados que, aunque sabemos que los libros, cómics, películas, programas, no son verdaderos, igual nos involucramos emocionalmente y sentimos sentimientos (que sí son de verdad). Y no es que sea ridículo. Es que, yo por lo menos, creo que preferible que matemos miles de personas en películas, que en la realidad. Que pensemos en que existen vampiros (pero que no brillen con el sol, por favor) y exploremos todos esos trabes en novelas, a que andemos exangüinando compadres.

Leer me permite viajar, pero escribir me deja sacar a pasear todo lo que me molesta, cansarlo y seguir con mi vida más tranquila. Apenas puedo articular algunas de mis ideas, pero la ficción no está lejos. A ver qué crímenes me salen de los dedos sobre el teclado.

Einstein se Equivocó

Mi entendimiento de la teoría de la relatividad es muy superficial, pero la ciencia ficción me ha ilustrado: a la velocidad de la luz, el tiempo y el espacio son inversamente proporcionales. Pero resulta que lo relativo no es el tiempo. Es la edad. Hace poco le preguntaba a Mario si se sentía de la edad que le toca cumplir pronto (40) y la respuesta es “sí y no”. ¿Ven? Relativo.

El transcurso de las horas y los años linealmente calculado, no tiene variación. Es medible, predecible. Lo que no se puede cuantificar es lo que se vive dentro de ese transcurso de segundos. Pareciera que a algunas personas los años se los comen vivos y les graban más experiencias en la cara y el cuerpo de lo que les corresponden (o, que los rueda paches por La Antigua). Otras, llegan a edades avanzadas con una frescura de flores por la mañana.

Y no tiene que ver con arrugas, ni lonjas, ni canas o falta de pelo. La apariencia física sólo es un elemento de lo que se lleva por dentro. Nadie pasa por este mundo sin experimentar tristezas ni momentos duros, pero la actitud con la que se afrontan y la facilidad con la que se superan, nos mantienen mejor, por más tiempo. Si alguna vez han visto a alguien con la boca torcida hacia abajo en una mueca constante de amargura, me entenderán por qué prefiero las arrugas alrededor de los ojos.

Relativamente, estoy más o menos a la mitad de mi vida. Espero seguir llenándola exponencialmente de vivencias que me permitan sentir que tengo mil años, aunque no los cumpla.

La Eterna Satisfacción Temporal

De vez en cuando, bueno, muy seguido, termino de comer y me levanto con hambre. Y no porque que esté en una de esas dietas de 50 calorías por comida. Es que me quedo insatisfecha, o no me encantó el almuerzo, o quería comer pizza, o cualquier otra tontería. Luego me levanto de la mesa y se me pasa. No he terminado un libro y pensado: “ahora sí, este libro estuvo tan genial, que no voy a leer otro nunca más.” Al contrario, al minuto ya estoy pidiendo recomendaciones y viendo de dónde saco el próximo. Si la ropa durara toda la vida, tampoco así dejaría de comprar nueva. Me encanta aprender y siempre busco quién me eduque.

Esa sensación de insatisfacción es lo que nos hace buscar cosas nuevas. Seguiríamos en cavernas alrededor de un fuego si dentro de nosotros no hubiera un vacío que buscamos llenar. A veces esa necesidad de algo más tiene nombres más feos, como la avaricia, la envidia. Como todo, no podemos pretender lograr nuestro bienestar pasando encima de los demás. Pero negar que la ambición es algo positivo, es pretender convertirnos en seres estáticos, sin crecimiento ni progreso. La vida misma está definida como algo que tiene movimiento independiente. Si nos dejamos de mover, prácticamente estamos muertos.

Tal vez por eso es que las concepciones de un más allá positivo sean una completa tranquilidad y la falta de satisfacer necesidades. Pero para llegar allí, hay que dejar este mundo.

Querer estar mejor nos impulsa. La necesidad de alcanzar metas nos empuja. El hambre nos hace ser mejores. Y, en mi caso, buscar un pedazo de chocolate. Permiso.

“No Soy Tu Amiga”

¿Se los dijo su mamá alguna vez? A mí sí y todavía siento el frío del guacalazo de agua helada. Pues… Es que es feo que a uno la persona que lo sacó del cuerpo le diga que no es su amiga… hasta que uno tiene hijos y lo entiende perfectamente.

Imposible ser amigo de alguien sobre el que tiene que ejercer autoridad, del que tiene la responsabilidad de moldear en una persona decente, al que tiene que consolar ante todo y del que tiene que cuidar sin ser correspondido. Yo a mis amigas no les preparo loncheras, ni comida, ni las llevo al médico, ni sé sus agendas, ni les leo cuentos, ni las corrijo. No son mi problema de educar. Pero a mis amigas sí las puedo dejar de ver. A mis hijos no.

Además, no tengo vida en común con los niños. No vemos la misma televisión, no hemos tenido las mismas experiencias, no entendemos las mismas bromas. Y esas coincidencias de vida son las que unen a dos personas que no son parientes.

Para amigos, mi marido y mis cuates. Mis hijos tienen los suyos propios, con los que pueden bromear y decir malas palabras y tirarse pedos y jugar. Son sus iguales.

No soy su amiga. Soy su mamá. Y soy la única que tienen.

El Amor Callado

Preparar el vestido (o el disfraz en este caso) desde hace meses. Pensar en la piñata, mandarla a hacer, llegar a recogerla. Buscar moldes de pasteles (porque una simple magdalena ya no las hace). Pegar pelos de colores y listones para los ganchitos de las sorpresas con la pistola de goma que quiere despellejarme. Comprar las bolsitas para las sorpresas. ¡Hijuelamadre las bolsitas de los dulces! Ir por enésima vez al súper a buscarlas. ¡Las velitas! Ya. Hacer los adornitos, comprar goma y algodón para forrar los botes de yogurt y convertirlos en nubes con papeles de arcoiris. El algodón me da alergia. ¡No gato, no te lleves el bote! ¡Ala no, se me olvidó la plasticina para meter en los botes para que no se vuelen! Ya. Bueno, armar los botes. Hacer el pastel, comprar el fondant en una tienda escondida entre el trasero del mundo, hornear dos masas. Joder, dos masas no alcanzan. Hornear otras dos masas. Ya. Armar el pastel: dos tortas grandes, se clavan 9 palitos para sostener, un pedazo de cartón, se encaraman las dos tortas pequeñas, otros 6 palitos, otro cartón, lo forro del buttercream para que esté sellado y llamo a mi amiga que sabe hacer pasteles. ¿Qué?! ¿¿¡¡Ya hay que ponerle el fondant???!! ¡No lo tengo! Teñir el fondant a mil por hora. Ya. Estirarlo. Se pega. Estirarlo otra vez. Se pega. Estirarlo otra vez. Está muy pequeño. Estirarlo otra vez (alagranp$%&). ¡Ya! Subirlo al pastel, queda arrugado, lleno de aire, tratar de alisarlo y decir “me pela, es `artesanal´” y proseguir (después me entero que primero se forran las dos tortas de abajo y luego las dos de arriba y se arman ya forradas con el mardito fondant, en fin). Pintar el resto de colores, hacer la melena y la cola, tratar de hacer orejas que no parezcan de conejo en desgracias, sino de pony. ¡Los ojos! ¡Ala gran madre, no dejé fondant blanco para los ojos, me lleva la mamá de OPM! Tijeras, cartón blanco, Sharpies de colores y ¡voilá!, listos los ojos. Rezar fervientemente que el pastel amanezca bien, a pesar de la lluvia. ¡Milagro de milagros! El pastel amanece bien.

Es el día, se llevan todas las mierd.. digo las cosas al lugar del evento en la mañana. Se recogen niños y se llevan el resto de cosas en la tarde. Todo está listo. Llueve. F&@k. Requetecontra f%&k. No se puede poner el saltarín. Me dan otro espacio que, bendito sea Dios, estaba disponible. Y comienza el purrún.

Tres horas de mi vida que pesan como tres décadas, entre ver que no haya ni un niño desmadrado, ni una cabeza rota de un palazo, nada quebrado de las instalaciones, todos tengan comida, alcancen las sorpresas y, sobre todo, una pequeña bella disfrazada de Rainbow Dash Equestria Girl (busquen la imagen en Sn Google) se la goce.

Porque el amor es callado y no hace alardes y mi nena no sabe todo lo que yo me estreso y tampoco tiene por qué saberlo. Ella sólo tiene que saber que yo la amo, que se la pasó contenta en su fiesta y que llegaron sus amigos.

Misión cumplida.

Alabar el Esfuerzo y Premiar el Resultado

Hay una diferencia sustancial entre decir “¡Qué inteligente eres!” a “¡Qué bien lo hiciste!” La primera pone el énfasis en una cualidad sobre la que la persona no tiene ningún control. Es lo mismo que pensar que alguien tiene alguna calidad moral por su apariencia física genética. La segunda abre la posibilidad de mejorar, se fija en un esfuerzo que sí está bajo el control de la persona que lo hizo, deja campo para aprender.

Pero, no podemos quedarnos en el simple reconocimiento de un trabajo hecho con mucha dedicación, porque también queremos resultados positivos. O sea, qué bueno que te mataste estudiando m´hijo, pero perdiste la clase y te toca repetir. O, excelente que hayas entrenado ocho horas al día, pero llegaste de último y no, no te toca medalla. Hasta el hecho de no llegar a tiempo a un lugar le resta mérito a haber salido dos horas antes.

Por el otro lado, tampoco vamos a valorar el resultado sobre todo, sin importar cómo llegamos allí. Yo no quiero una libreta de notas llena de cienes, si el patojo copió en los exámenes.

Esa es la línea delgada y difícil de navegar cuando uno está a cargo de hacer personas de bien. Tengo que fijarme en cómo se preparan y ayudarlos en el camino, pero, si no obtienen los resultados deseados, no se les esconde. Y allí me tienen, desgarrada (tna, qué dramática, pero es cierto) entre aplaudir hasta la última mueca que sacan y mi imperativo de guiarlos a la excelencia. ¿En dónde está la ola que me saque hasta la orilla? Ni idea. En serio, si tienen una fórmula matemática que pueda aplicar, se las encargo.

En nuestro mundo, juzgamos a los demás por sus acciones y a nosotros mismos por nuestras intenciones. Cuando lo único que demuestra verdaderamente de qué estamos hechos ante los demás, es cómo nos comportamos. De igual forma, el resultado del esfuerzo debe ser un éxito más o menos medible. Para eso es bueno tener metas internas y marcas externas. Y a una mamá que esté haciendo porras.

Pedir Ayuda

Más que pedir perdón, creo que pedir ayuda es de las cosas que más me cuestan. “No puedo sola” tiene, para mí, el mismo significado a “soy inútil, no sirvo, no puedo con nada.” Es como una admisión de algo vergonzoso, porque yo debería de poder hacerlo todo, y bien. No es que me crea todopoderosa, sino que no me enseñaron a admitir mis carencias.

Para identificar en dónde se necesita un conocimiento externo, o que alguien más corrija una falta, se requiere mucho valor. Es casi como exponerse al mundo en traje de baño: todos pueden ver de lo que padecemos. Esta costumbre es completamente estúpida. ¿De qué cuenta creemos que es malo aceptar un defecto? Luego vamos por allí, como gallinas sin cabeza, tratando de hacer todo lo que ofrecimos y sabemos perfectamente bien que no podemos cumplir.

Parte de tener relaciones interpersonales exitosas (de pareja, de amistad, de trabajo) es complementar habilidades para lograr un mejor trabajo. El verdadero líder identifica perfectamente en dónde no puede solo, se rodea de la gente que hace las cosas mejor que él y las delega. Eso de ser la persona más talentosa en un grupo se vuelve aburrido muy rápido.

Estar entre gente que lo puede sacar a uno de un apuro, que tiene otros conocimientos y otras habilidades, enriquece la vida, porque uno no puede abarcarlo todo. Y tiene un efecto liberador: el autoconocimiento lo desprende a uno de nociones engañosas y le permite trascender. Y, después de palabras tan profundas, voy a ir a practicar decir otras más cortas, pero más difíciles: “No puedo sola.” Argh.

 

El Loop

“¡Tengo una excelente idea para el post de hoy!” Corro a sentarme y arreglar teclado con iPad, ver que esté la conexión de internet, que los niños estén atendidos, abro el programa, comienzo a escribir y ¡zaz! ya había posteado algo similar. Podría dividir este blog en unas cuantas categorías: 1. desahogo psicológico de la infancia; 2. objetividad relativa; 3. desviaciones del lenguaje; 4. habilidades no aprovechadas. Y así va mi cerebro, como el famoso hámster del que ya les he hablado, que se faja corriendo en su ruedita, pero que no avanza.

La base de toda la filosofía humana descansa sobre esas preguntas esotéricas para las que no hay una respuesta concreta: ¿por qué estoy aquí? ¿de qué estoy hecho? ¿quién soy? Si el ser humano no se hubiera formulado esos cuestionamientos, probablemente no hubiéramos bajado de los árboles. Y, aunque a veces eso no suena tan mal, tampoco tendríamos cosas como el lenguaje, la tecnología, los helados…

La genialidad brota cuando uno se rasca la comezón intelectual y escarba tratando de tocar el fondo de un pozo sin fin. ¿Si el mundo a nuestro alrededor no nos molestara, de dónde saldría el arte? Y así vamos, caminando la espiral del devaneo filosófico, no sabiendo a ciencia cierta si nos acercamos o nos alejamos de una verdad, que pueda ni siquiera existir.

Y por eso resulto escribiendo de temas recurrentes, que suenan en mi cerebro como el loop de una cancioncita desesperante. Espero malvadamente que se les pegue.