Los Pequeños Momentos

Me he topado con un dilema enorme en mi situación actual: mi remuneración es completamente intangible. Porque antes era muy fácil cuantificar el resultado de mi esfuerzo: unos honorarios, un bono, etc. Ahora… Tengo dos jefecitos que requieren mi atención 24/7 y no veo por dónde reciba yo un sueldo en moneda contante.

Y es que los frutos de mi esfuerzo no los puedo medir en números. No tienen idea de lo que me cuesta, aún ahora, asignarle un valor a mis ocupaciones diarias después de haber trabajado desde los 20 años y haber mantenido familia, papás enfermos y casa en diferentes ocasiones.

No me ha faltado la pregunta de: «¿y usted qué está haciendo ahora? ¿En dónde trabaja?» Todavía me da un poco de penita responder que no «trabajo» en ninguna parte y siento la necesidad de justificar el criar a mis hijos «porque no hay nadie más que los cuide.»

Y luego están esos momentos que justifican todo:  los jeans de hace 5 años, las fachas diarias, las noches en vela, la falta de un oficio productivo. Está el recuerdo de una manita sobre mi mejilla en una de las múltiples dadas de mamar a media noche. Hay una felicitación de una profesora. Está la sonrisa torcida de la niña que quiere ser como yo.

Mi día a día no lo puedo cuantificar. Me encantaría una medida tangible, o, al menos, liberarme del sentimiento de ser un miembro no productivo de la sociedad, esa espinita que me mete un poco de veneno y me hace sentirme «desperdiciada». Han pasado 7 años y eso sigue allí. Pero también ellos están creciendo y dando frutos que, si lo miro desapasionadamente, sobrepasan con creces todo lo demás.

Para Qué Hacer Las Cosas Fáciles

Cada vez que me meto en una situación complicada, por mi propio gusto, me dan ganas de patearme. Pareciera que buscara hacerme la vida más difícil. Y ahora no es nada a comparación de hace unos 15 años. Allí sí estaba lleno mi clóset de camisas de once varas.

Dentro de la filosofía existe la «Ley de la Parsimonia», Occam’s Razor en inglés: la explicación más sencilla es generalmente la cierta. O sea, si en una casa común y corriente me sirven un muslo de ave, debo asumir que es de pollo, no de gallina caquera de Guinea. Lamentablemente, como muchos principios filosóficos útiles, nos lucimos en buscar la zebra entre un potrero.

Las relaciones humanas tienen de por sí un grado de dificultad que debería captar nuestra atención. Pero la gana de incluir obstáculos adicionales al estilo de «El Juego de laOca» es tan notoria que sirve de alimento de incontables poemas, novelas, telenovelas y juicios por homicidio.

Mi papá decía que todas las cosas tienen modo y que ése generalmente es «suavecito» (lo puedo escuchar alargando la iiii). Después de pasar poniéndole flotadores durante 7 años a una relación que yo misma hundía, al fin hice caso. Desde entonces, no es que no me complique de vez en cuando la vida, pero hago limpieza de armario más seguido.

Cuando No Hay Nada Qué Ganar

Últimamente, entrar a un elevador no es sólo un voluntariado para estudio de claustrofobias. Si está en centros comerciales, no importa qué categoría tengan, se vuelve una mezcla entre gente desbordando, desesperados suspendidos del sentido común que no entienden el simple principio de la física que enuncia que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio a la vez, y el que tiene complejo de brocha de camioneta e insiste en calzarse dentro del último centímetro libre. Supongo que todavía llevamos resabios prehistóricos necesitados de batallas físicas.

Intente usted, entre todo esto, recibir una respuesta al «buenas tardes» machacado por mi madre hasta mi tuétano y que se escapa de mi boca como la exhalación. De las 20 sardinas humanas, es posible que le respondan dos. Con suerte. Y eso que el chapín es amable.

El anonimato de nuestra sociedad moderna nos permite demostrar nuestro respeto (o falta de él) hacia el prójimo de una manera más auténtica. Antes uno iba a jugar a casa de un amigo y no faltaba la mamá que decía que lo dejaba a uno «con todo y nalgas». Ahora, los restaurantes y demás lugares públicos con juegos pululan con trogloditas en miniatura que corren desaforidos sin tener supervisión paterna aparente. Me intriga si los avatares que se disparan insultos y trolleadas se atreverían a hacerlo de frente. Lo dudo. Y no hablemos del conductor energúmeno que cambia el semblante si uno baja el vidrio y le mira la carita.

Tener lo que antes se llamaba urbanidad es, creo yo, el pegamento de una sociedad exitosa. Y se demuestra aún mejor donde no se gana nada más que la satisafacción de poner en práctica las buenas enseñanzas de la mamá.

Sentirme Culpable

Resulta que la culpa es una excelente herramienta para generar conductas deseadas. Sobre todo si va de la mano de la vergüenza. Sino, pregúntenle a cualquier madre competente.

El problema viene cuando se convierte en el compañero de viaje constante. Es algo que siento cuando no estoy haciendo nada «útil» por ejemplo, como si la vida no tuviera valor sin llenar hasta el último espacio. O cuando como algo nada saludable. También cuando pasan algunos días sin poder ejercitarme. El recuerdo de mis padres todavía me deja un sabor  amargo, porque no estoy segura de haber hecho todo lo que debía hacer por ellos.

Como con todo, la culpa tiene dos aspectos opuestos, pero igualmente válidos. Sin ella, la consciencia no tendría voz. Pero si abunda, es un seguro agujero negro.

Habrá que aprender a utilizarla para lograr alejarme de cosas que no quiero, pero no dejarme aplastar bajo un peso insoportable. Si alguno de ustedes tiene la fórmula, por favor, rólenla.

Has Sido Tú

Muy pocas relaciones de esas apasionadas al límite de la adolescencia duran más de la revolcada para quitarse la calentura. Lo que une a muchos es la química que queda en el cerebro después de la avalancha de endorfinas y otras vainas que se liberan con el placer. Nuestras neuronas nos dicen que hay intimidad emocional con una persona con la que apenas si hubo roce físico.

Luego están esas relaciones que suenan perfectas en papel, pero que no encienden ni una chispa de canchinflín, mucho menos las brasas del deseo (chalagrán). De allí una alta densidad poblacional en la despreciable Friendzone.

Y después está esa conjugación astral que parece casi mágica, poco menos que imposible. La que le enseña a uno a apreciar las letras ridículas de las canciones de Camilo Sesto y a tener discusiones filosóficas con la misma persona. La que le permite a uno enseñarse completamente desnudo, sin temor a ser juzgado, pero que todavía conserva la ilusión de mostrarse ante el otro con los mismos nervios de la primera vez. Cuando uno procrea para verse mezclado con el otro, pero espera que la progenie se largue a los 25 para quedarse solos de nuevo. Es conocerse hasta el pensamiento y descubrir nuevas cosas que admirar.

También es hacerse equipo sin perder la independencia. Discutir y pelear y dejarse de hablar, sin perder el respeto. Es ceder sin ponerse de alfombra.

Es poder identificarse con el «has sido tú» de Hombres G y los mordiscos, pero también con el cursi del «amor de mi vida».

 

 

La Competencia

Cuando platico con mis amigos digo muchas tonterías, como que yo no podría salir con otra mujer, porque no soportaría que nos compararan y estuviera más bonita que yo. No sé si es cuestión de género, o de diseño personal, pero yo si he vivido como si tuviera que ganar siempre.

Peor que eso, lamentablemente me ha costado muchísimo sacarme la mentalidad de suma cero. Hasta hace poco, si miraba a otra mujer con un cuerpazo, rápido me comparaba. Es de a poquito que he podido dejar de sentirme menos cuando miro a alguien que creo que es más. Menos mal sólo me pasa con la apariencia física, porque si fuera también con posesiones materiales, ya mejor me quedo en posición fetal.

Porque siempre hay alguien que tiene o es algo que uno quisiera. Eso es lo jodido de la competencia externa. Cuando en verdad el fuete de la excelencia debe venir de adentro.

A la única a la que le puedo y debo ganar es a mí misma. La vida sí es una competencia, pero el contrincante está en el espejo.

Una Cuestión de Control

Me da un poco de risa cuando alguien dice que tiene problemas de control. Porque no he conocido a nadie que diga lo contrario. Aparentemente a todos nos gusta sentir que tenemos influencia directa sobre las cosas a nuestro alrededor. Luego abre alguien la caja de pizza y, 9 pedazos después, esa ilusión de control se derrite junto al queso.

Tengo tan poco auto-gobierno sobre mi enojo, que tengo que tomar un suplemento (maravilloso, SAM-e) que me ayuda a mantener el balance de mi mal humor. Muchas veces se me caen comentarios tan ácidos de la boca, que bien podrían corroer el metal. Despierto con el firme propósito de no juzgar y a la primera doñita mal vestida ya estoy pidiendo que no me dejen salir así de mi casa.

A la par de ese deseo de tener bien agarradas las riendas, todo el lenguaje del amor apasionado es de soltarlas: entregarse, dejarse ir, saltar al vacío. Verdaderamente los seres humanos somos especialitos.

Creo que mi ideal es tener la oportunidad de ceder el control, en contadas ocasiones y con la opción de recuperarlo en cualquier momento. La esperanza es inmortal.

El Más Allá

Independientemente de una visión religiosa de lo que sucede después de morir, el ser humano tiene el impulso de ser recordado, de dejar un legado.

No todos tenemos el tipo de vida que es conocida mundialmente, pero todos afectamos terceros. Nuestro nombre pasa por más bocas que las nuestras. Compartimos ideas que son inmortales.

Todos trascendemos nuestro paso por este mundo, ya sea por el recuerdo, costumbres, sentimientos que transmitimos a los hijos. En un aporte laboral que permitió algún avance. En lo que escribimos y gente que no conocemos asimila. Hasta en las fotos que compartimos con el mundo.

No hacemos nada en el vacío. Permítanme ir a vomitar del estrés. Porque mi aporte actual está resumido en dos personitas y no estoy del todo segura de no estarme cagando en ellos.

Sentirme Mula

Siento que éste va a ser mi post más difícil. Y con más faltotas. Lo estoy escribiendo con una mano. Por mula. Dí un mal golpe en karate y ¡zas! que me quebré la mano izquierda. Eso me pasa por querer desempeñarme a un nivel diferente a mi experiencia. En pocas palabras, por macha.

Pocas veces hago cosas que me salgan mal. Lo cuál limita un poco mi esfera de acción, porque no es como que todo me salga bien. Por favor no me tiren una pelota esperando que la agarre. O me agacho, o me da. Tampoco me suban en una bici.

Y así se va uno encajonando en lo familiar, en lo que uno puede hacer bien. Pero se pierde de crecer. La única manera de estimular el avance es salirse del camino que ya se recorrió. Aceptar que no todo le va a salir a uno ni perfecto, ni fácil y estar dispuesto a hacer el ridículo para aprender.

Entonces aquí me tienen, dando gracias que fue la izquierda y no la derecha, pero con un grado más en mi cinta. La próxima vez que me toque sacarme la madre, tal vez tendré más cuidado. No lo creo.

Libertad Dentro de un Cuadro

Les puedo decir qué estoy haciendo en cada hora de mi día. Planifico las vacaciones con meses de anticipación. Y, cuando viajo, tengo mapeado hasta el número y horario del transporte público que necesito tomar en cuál parada para que me lleve a mi destino, a donde, probablemente, tengo ya hecha una reservación, comprada una entrada, o un recorrido. Siendo pequeños, creo que mis hijos no sintieron hambre jamás, porque siempre comían a la misma hora (lo siguen haciendo).

El tener cuadriculado el transcurso de mis días me da una libertad inmensa. Porque mi mente se libera de estar pensando en detalles y, dentro del espacio aparentemente limitado que me da una rutina, encuentro una infinidad de posibilidades.

Conozco a muchas personas que compran boletos de avión de un día para otro y no saben a dónde van a ir a caer. Y está bien si les funciona. Creo que se me cerraría el ojo del tic nervioso. El otro lado de la moneda es que un esquema se vuelva una prisión y pasarse más tiempo preocupado si se puede cumplir lo planificado que en hacerlo verdaderamente.

Estoy aprendiendo a flexibilizarme, porque la vida no es tan rígida, ni tan ordenada como me gustaría. Y también eso es bueno. A veces cae bien salirse del cuadro.