Reconocimiento

Hay temas que me engasan. Como el de para quién se hace el arte. Muchos dicen que es sólo para el propio artista, que la opinión de un público que no está dentro del proceso creativo, es irrelevante. Parada frente a un cuadro de Pollock, es fácil pensar que a Mr. Jackson le valía un pito la opinión del observador. Pero luego están los renacentistas (Leonardo, Miguel Ángel, etc.) que eran mantenidos por familias ricas quienes les daban casa, comida, patrocinio, etc., con tal que pintaran cuadros porque les gustaban. O sea: ser punk está muy bien, hasta que hay que pagar el súper.

La creación conlleva un paso de presentación. Uno no tiene un hijo para esconderlo, al contrario, lo saca y lo enseña orgullosamente al mundo, ya que él haga su propia huella. Algo así podría pensar uno que es cualquier otra cosa. El ejemplo más obvio de querer que un tipo de arte sea apreciado es la comida: nadie cocina para que a la gente no le guste. Pero ni unos huevos. ¿Por qué va a ser diferente con un cuadro, una novela, una canción? Podremos hacerlos para un grupo reducido de gente, obvio no a todo el mundo le va a gustar un plato de lenguas de golondrina (existe, créanme). Pero a más de alguien le entusiasmará y allí encontramos un reconocimiento externo, que tal vez no era nuestra meta principal, pero que se siente bien.

Y allí está el punto. Uno hace las cosas porque las tiene que sacar (¿o qué, ustedes creen que las confesadas que a veces me echo por aquí son todas agradables?). Y las crea para que sean auténticas, para que tengan vida propia y, sobre todo, para que ya no lo posean a uno. Esa es la meta principal. Una vez se exorciza una idea, ya se puede compartir. Y se siente muy bien saber que a más de alguno le resuenan las cosas que le rondan a uno por el cerebro. Yo tal vez no me sentiré fascinada por los lienzos violentos de Kandinsky, pero los aprecio. Dudo que, si se hubiera enterado, le importara demasiado. Pero sí un poco.

La guía está afuera

Me encantan los gatos. La forma en la que se mueven, sigilosa, poderosa, su suavidad y agilidad, todo me parece precioso. Me encantaría parecerme a un gato. Pero creo que me parezco más a una paloma. No precisamente por la forma del cuerpo (espero), sino porque yo también me inflo con el arroz. Es una desgracia, no me puedo comer ni un rollo de sushi sin sentir que exploto. Otra cosa en la que me parezco es que, casi siempre, encuentro el Norte sin necesidad de una brújula. Es como que tuviera mi propio sistema de navegación interno. Lo cual me sirve para lo mismo que nada, porque no es como que yo vaya a emigrar a ninguna parte.

Y resulta muy simpático porque todo lo que nos sirve de guía en nuestras vidas, queda fuera de nosotros: un faro, el Norte magnético, una estrella, el sol, la luna… Todo eso es externo y durante toda nuestra existencia nos hemos dejado conducir por esos puntos inamovibles. En nuestra modernidad usamos satélites, pero al final es lo mismo. Igual en nuestras vidas. Muy difícil mantener un rumbo si sólo nos dejamos llevar por lo que tenemos dentro. Para todas las travesías grandes necesitamos algo que quede más allá nuestro, que nos sirva de motivación, de horizonte, de punto fijo. Puede ser el deseo de cumplir una meta, o un valor al cuál nos queremos apegar, el ejemplo de una persona o hasta el simple amor que quiere merecerse.

No se ha logrado nada grande en el mundo sin un objeto fijo a qué llegar. Y resulta muy importante conocer cuál es el que rige nuestras vidas, para no decepcionarnos cuando al fin llegamos a donde está. El mío es una vejez disfrutada en la mejor salud posible, al lado del hombre con el que mantuve creciendo un buen amor y unos hijos convertidos en personas de bien y con un Norte propio. Probablemente seguiré sin poder comer sushi. No se puede todo en esta vida.

Todavía me puedo sorprender

Hay realidades tristes que me siguen afectando, pero que ya no me asombran: que haya niños abandonados, gente muerta por un celular, políticos ladrones. Tal vez es porque caen dentro de mi cosmovisión un tanto pesimista de la naturaleza humana. Creo que somos capaces de hacer cosas buenas y malas y que el ejercicio de esa capacidad es lo que nos hace buenas o malas personas.

Pero, por lo mismo que tengo una idea de lo que podemos/debemos hacer, mi compañeros de especie todavía logran hacer cosas que me toman desprevenida.

No entiendo, por ejemplo, cómo la gente agarra en contravía una calle. Se me escapa el por qué no esperan a que los ocupantes de un elevador salgan antes de arrempujarse para entrar. Me encachimban los papás que sueltan a sus hijos cual trogloditas en los juegos de lugares públicos sin supervisarlos.

Hace poco, llegué al colmo de mi sorpresa. Me recordaron que los prejuicios siguen vivos y coleando y que hay papás que se encargan de transmitir sus infecciones mentales a sus hijos. Menos mal que, en la misma conversación, también me topé con un ejemplo de lo mejor del espíritu humano.

Somos capaces de rescatar a la humanidad. Tenemos el potencial de ser verdaderos administradores del mundo, ejemplo para nuestros hijos, héroes de nuestras propias vidas. Espero poder escoger eso y no dejarme vencer por mi otra inclinación.

Lo que encontramos

Entre todas las clases extrañas que he tomado, una tiene un brillo especial. Fue en Austin, en un lugar que se llama «La Academia del Mago» que nada tiene que ver con Hogwarts, pero que no deja de ser mágico. El Doctor Nick Grant nos habló durante las 2 horas más cortas de mi vida acerca de verbalización de emociones, preferencias de comunicación, toma de energía personal. Todo esto me ha ayudado en el trato con otras personas. Pero lo que más me llamó la atención fue la parte en donde él explicó por qué tenemos «crisis de la mediana edad» y cómo se solucionan. Resulta que es un momento en nuestras vidas en el que ya definitivamente dejamos atrás la adolescencia y la juventud veinteañera, es como la mitad de nuestra maratón personal y nos cuestionamos qué hemos hecho y hacia dónde vamos. Nada de esto es nuevo, se encuentra en cualquier artículo de revista de consultorio. Lo que sí fue nuevo para mí fue en donde él explicó por qué es precisamente en ese momento cuando «se hacen sencillo» a las parejas (prevalecientemente a las esposas, pero hay suficientes casos inversos como para no decir que sólo y siempre son los hombres los que se buscan una muchachita).

Estoy segura que no le estoy haciendo honor a lo que aprendí, pues el Dr. Grant es un maestro consumado, pero voy a tratar de explicárselos como lo entendí y como lo recuerdo: Cuando encontramos una persona que nos llama la atención de una forma casi mágica, que no es nuestra pareja, lo que nos está halando hechizados NO es la persona en sí. Es que vemos en ella (o él) todo lo que percibimos que nos hace falta en nuestras vidas. Por ejemplo: llega un(a) muchachitx joven (ya nosotros no lo somos tanto), sin preocupaciones (al contrario de la montaña de facturas que debemos pagar), sin más responsabilidades que las propias (cuando nosotros nos tenemos que encargar de oficina, familia, pareja) y con energía para todo (y nosotros nos morimos del sueño a la hora de habernos despertado). ¿Ven por dónde va la cosa?

Y resulta que este encontronazo hasta es bueno, si uno lo sabe manejar: nos confronta con lo que nos está haciendo falta. Tal vez no podamos deshacernos de todas las carencias, pero dejar tirada casa, familia, hijos, trabajo, vida por salir corriendo detrás de una ilusión, tampoco es la mejor de las opciones.

Ser sinceros, saber que la vida es un camino que sigue siempre y que siempre vamos a estar luchando por/contra algo, es parte de lo bonito de tener cierta edad. Es el momento de ver hacia atrás y agarrar todo lo que hemos aprendido. Al final del día, estamos sólo a la mitad del camino y ahora sí somos dueños de nuestro mundo.

El perdón que se protege

Pedir perdón por algo que uno hizo mal cuesta, pero libera. Porque uno lleva a tuto un saco de culpa que pesa y que, cuando admite y se arrepiente, suelta y se aligera el camino de nuevo. Ahora, el que tiene que perdonar pareciera que le toca más pesado. Tiene que ver qué hace con el bulto que le soltaron. Tiene que dispensar al chatío que se lo fue a dejar. Y, encima de todo, muchas veces se espera que siga su vida como si nada hubiera sucedido.

El no perdonar es una de las causas psicológicas/espirituales más grandes de enfermedades físicas. Pareciera que se forma un foco de infección en nuestro cuerpo que nos mata poco a poco.

Cuando uno perdona, logra liberarse de todos los sentimientos negativos asociados a una persona o situación. Puede revisar ese recuerdo sin sentir dolor. Puede trascender y seguir adelante con su vida, sin estar anclado a un pasado que hace daño.

Pero, para mí, perdonar no significa no aprender. El solo hecho de ya no sentirse mal por algo que le hicieron a uno y de no desearle el mal a la persona que nos dañó, definitivamente no quiere decir que uno se va a volver a exponer a lo mismo. O sea, si ya sé que por un lado de la calle hay un hoyo, ¿para qué voy a ir a buscar si esta vez no me caigo y no como las otras mil veces que he pasado por allí?

Liberarse debe implicar un acto de toma de riendas de nuestros propios sentimientos. Sólo uno mismo sabe hasta dónde se protege o se expone. Y hasta cuántas veces pone la carita.

Mucho trabajo por delante

En el colegio me molestaban de gorda. Me decían así como algo así como «hipopótamo» o «cochebomba», sinceramente no recuerdo exactamente qué término de cariño utilizaban conmigo. Especialmente las chavas. Eran particularmente astutas para calificarme de la manera más odiosa y dolorosa que podían. Digamos que no fue agradable.

También digamos que ya pasó. Hace ya suficiente tiempo como para poder saludar a las personas con las que pasé esos bellos años de la juventud con una genuina sonrisa. No es que me junte con ellos, ni organice las reuniones de grado, pero tampoco les volteo la cara por la calle. Con los que tuvieron poco o ningún involucramiento con las chingaderas, incluso, podría decir que me agrada saber de ellos.

Pero todavía llevo en algún lado de mi corazón a la adolescente herida, ésa que le encantaría haberse podido poner un bikini enfrente de sus compañeros de clase y dejarlos con la boca abierta. Ella es una de las muchas manos que me empuja por la mañana a hacer pesas, la que me ayuda a no pasar a un restaurante de comida rápida, la que echa leños al fuego de la vanidad. No es mi mayor motivación, tengo otras, pero allí está y eso es innegable. Tampoco es bueno. Porque, mientras esté ella adentro, hay una llaga que, por muy pequeña que sea, sigue abierta y duele. Y no me ayuda a ser mejor persona.

Porque me ha pasado que por casualidad, de lejos veo a alguien de mi clase, sobre todo si son mujeres y están de espaldas y una sonrisa de satisfacción malévola llena mi cara cuando les veo el trasero de camión. Lo siento. No lo puedo evitar.

Y me da pena sentirlo, porque sé que no crezco como ser humano con esos sentimientos. Porque no son positivos en mi vida. Porque esa adolescente ya no existe y ya no debería pesar en mis acciones.

Lo que nos ata al pasado de forma negativa, es como la hiedra que ahoga un árbol. Los recuerdos deberían ser como los hongos: simbióticos, colaboradores, vitales, pero ocultos y positivos. Cualquier cosa que nos haga retroceder, la deberíamos tratar de superar.

A mí me falta mucho por hacer, sobre todo porque, como no tengo (ni quiero) relación con esa gente, me es muy difícil darme cuenta que todavía tengo esos sentimientos. Y me cuesta soltar la felicidad que me da pensar en la celulitis que se ha de ocultar bajo su ropa de viejos.

Doble Cara

Ejercitar una virtud no es difícil. Es no caer en el vicio que la acompaña lo que se vuelve complicado. La sinceridad se puede volver grosería. La disciplina se puede volver obsesión. La búsqueda de mejorar se puede volver compulsión por la perfección. El autoexamen se puede exteriorizar en ser juzgón. Y lo peor no es sólo encontrarle el defecto a la virtud. El verdadero problema es que muchas veces lo contrario de algo bueno no es algo malo. Es algo igualmente bueno y uno tiene que escoger entre ambos. Como cuando de chiquito le hacían a uno la estúpida pregunta de a quién quería más, si a su mamá o a su papá.

A mí me gusta inclinarme por la justicia. Mi profesión, mis preferencias, mi personalidad, todo, me facilitan ser ecuánime y rígida. Tiendo a ver el mundo en blanco y negro y me cuesta muchísimo ver los colores que bailan en medio. Pero la justicia sin misericordia es poco humana. Nuestra capacidad de adaptar una regla a la circunstancia de cada persona nos acerca a nuestro propio ser y nos ayuda a encontrarnos en los demás. Es algo que se me complica. Sobre todo cuando trato de encarrilar a mis hijos. En primer lugar, porque no les tengo consideración especial por ser «pequeños». Son personas y, aunque no tienen todo el alcance de un adulto, sí deben afrontar las consecuencias de sus actos: lo botaste, lo recoges. Lo rompiste, no te voy a comprar otro. Lo ensuciaste, lo limpias. Así mandé a la niña 6 meses al cole con la lonchera rota, porque le duró intacta lo que tardó en sacarla por primera vez de la casa…

Luego me recuerdo que los amo, que a veces necesitan un abrazo antes de un regaño, que probablemente me van a escuchar más fácilmente si les hablo en tono amable y me siento desgarrada entre dos virtudes que no sé cómo combinar.

La genialidad se esconde en ese término medio. Yo estoy muy lejos de ser genial.

El valor de las opiniones

Escribir me hace platicar conmigo misma. No es un ejercicio particularmente agradable, porque hay pocos psicólogos tan pisados como el que uno encuentra en el reflejo, pero ayuda a entenderse y eso es bueno. También ayuda a darse uno la justa medida de su valor, del que uno se asigna cada día y que le presenta al mundo. Es el precio que uno pide para relacionarse con los demás. Ya depende de cada quién si está dispuesto a pagarlo. Así he aprendido también en cuánto valoro la opinión de otras personas, las cercanas y las demás. Me ha liberado de muchos trabes y me ha afianzado en mi afinidad a cierta gente.

Pero también me ha puesto en mi lugar: mi opinión acerca de las cosas que no me conciernen no es tan valiosa como yo creía. Porque no podemos, en toda sinceridad, decir que lo que piensen los demás de nosotros nos importa poco y pretender que cada una de nuestras ideas sea recibida como maná del cielo. Hay contradicciones que sólo nos matan neuronas. ¿Y saben qué? Hasta entender que a terceros con los que no tengo mayor relación les puede venir de la posición superior de la brújula lo que yo piense, también libera.

Poder tener un set de creencias (soy católica, me encanta mi religión, pero no estoy tratando de convertir a nadie), costumbres (no celebramos Halloween, no viene Santa Claus, pasamos Navidad y Año Nuevo juntos), valores (en esta casa no se miente. Punto.) y tradiciones muy particulares, que no interfieran con la vida de otras personas fuera de nuestro círculo, sabiendo que al mundo le importa muy poco qué hagamos, permite que cada quien lleve su humanidad por el lado que quiera. Y escribo para detallar ese viaje.