De nuevo, me sorprende tener perros. No sólo tenerlos, quererlos. Difícil darle de comer a un ser vivo y no tenerle cariño, supongo. Recuerdo que, salvo uno de los muchos perros en casa de mis padres, ninguno fue mío. Ahora lo son dos, con la sorprendente independencia de los pastores alemanes que, aunque educados, sí dejan saber que tienen personalidad propia.
He estado muy consciente últimamente de la necesidad de adaptarme. A mi edad. A la edad de mis hijos. A tener ganas. A no tenerlas. A perros y gatos y trabajo y comida. A tener rutinas y cambiarlas cuando no me sirven. A querer distinto. ¿Será esto fluir? Me da más paz. Al menos no me la quita. ¿Cómo transmitirle eso a mis hijos y que no lo tengan que aprender recogiendo pedazos de la vida que siempre se nos desarma. Porque hay que volver a armarla.
Tengo perros. Y gatos. Y adolescentes. Y todo cambia a mi alrededor. Y todo eso está bien.
