Mucho trabajo por delante

En el colegio me molestaban de gorda. Me decían así como algo así como «hipopótamo» o «cochebomba», sinceramente no recuerdo exactamente qué término de cariño utilizaban conmigo. Especialmente las chavas. Eran particularmente astutas para calificarme de la manera más odiosa y dolorosa que podían. Digamos que no fue agradable.

También digamos que ya pasó. Hace ya suficiente tiempo como para poder saludar a las personas con las que pasé esos bellos años de la juventud con una genuina sonrisa. No es que me junte con ellos, ni organice las reuniones de grado, pero tampoco les volteo la cara por la calle. Con los que tuvieron poco o ningún involucramiento con las chingaderas, incluso, podría decir que me agrada saber de ellos.

Pero todavía llevo en algún lado de mi corazón a la adolescente herida, ésa que le encantaría haberse podido poner un bikini enfrente de sus compañeros de clase y dejarlos con la boca abierta. Ella es una de las muchas manos que me empuja por la mañana a hacer pesas, la que me ayuda a no pasar a un restaurante de comida rápida, la que echa leños al fuego de la vanidad. No es mi mayor motivación, tengo otras, pero allí está y eso es innegable. Tampoco es bueno. Porque, mientras esté ella adentro, hay una llaga que, por muy pequeña que sea, sigue abierta y duele. Y no me ayuda a ser mejor persona.

Porque me ha pasado que por casualidad, de lejos veo a alguien de mi clase, sobre todo si son mujeres y están de espaldas y una sonrisa de satisfacción malévola llena mi cara cuando les veo el trasero de camión. Lo siento. No lo puedo evitar.

Y me da pena sentirlo, porque sé que no crezco como ser humano con esos sentimientos. Porque no son positivos en mi vida. Porque esa adolescente ya no existe y ya no debería pesar en mis acciones.

Lo que nos ata al pasado de forma negativa, es como la hiedra que ahoga un árbol. Los recuerdos deberían ser como los hongos: simbióticos, colaboradores, vitales, pero ocultos y positivos. Cualquier cosa que nos haga retroceder, la deberíamos tratar de superar.

A mí me falta mucho por hacer, sobre todo porque, como no tengo (ni quiero) relación con esa gente, me es muy difícil darme cuenta que todavía tengo esos sentimientos. Y me cuesta soltar la felicidad que me da pensar en la celulitis que se ha de ocultar bajo su ropa de viejos.

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